Actualizado Viernes, 25 septiembre 2026 - 22:18
Bajo un calor aplastante y ante un llenazo inesperado, Alejandro Talavante salió de la trinchera, despejadísimo de cabeza, listo para conectar con los tendidos, valiente de corazón, desencadenado y sin complejos, fácil, tremendamente fácil. Y así cortó la única oreja y pudo cortar alguna más ofreciendo en sus dos faenas la versión más clásica y la versión más popular. Fluyó en sus dos vertientes, la clásica y la popular, siempre con la varita de la conexión. Sorteó el lote más vivo de una corrida de El Puerto y La Ventana que apuntó más notas de las que desarrolló por su contado fondo. De triunfo quizá en otra plaza de menor categoría, a la que se acercaron más los tres primeros toros antes de subir la seriedad la segunda mitad del envío salmantino. A últimas una faena sorda de Juan Ortega se quedó en el limbo del silencio.
A las 18.38, Alejandro Talavante tejió una hermosa madeja de ayudados por bajo y trincherillas para prender la chispa de la faena y, sobre todo, para sujetar al toro, pues los muletazos por alto habían sido una idea peregrina. Las querencias le llamaban desde el desordenado tercio de banderillas. Pero aquel animal de justa seriedad, tan fino y elástico, contaba con las mismas virtudes internas. Esto es: una embestida afinada y elástica que se estiraba por abajo. Talavante dejó la muleta puesta en la cara e hiló dos series fluidas, cerrada la última con un pase de pecho que elevó su categoría. Bermejo había pronosticado al ver el muletazo mirando al tendido que le iba a dar fiesta. Cuando el mansito se fue a tablas —cerca del portón de cuadrillas—, Talavante propuso la izquierda y allí mismo se la dio, la fiesta, digo. Antes cosió naturales que resultaron más brillantes a favor de querencia y después se metió con listeza en el lío de tirar la ayuda y pegarle uno por cada mano y los circulares y así. Cobró una estocada arriba y, en consecuencia, una oreja.
Cuando el reloj marcaba las 19.44, Alejandro Talavante volvió a hacer vibrar a la Maestranza con los enfibrados doblones que sometían al castaño quinto, de imponente perfil y revolucionada casta, el toro de más vida de todos. Talavante salió de nuevo de la trinchera, y emprendió una faena que prendió la mecha con una primera tanda que hacía presagiar —salvo la tropezada segunda ronda de derechazos— el camino del triunfo por la recta senda del toreo. Pero el extremeño se tiró otra vez al monte popular cuando se desprendió de la ayuda. Listo como el hambre, en comunicación con los tendidos y sin perder ni un gramo en su valiente exposición. Es como el doctor Jekyll y míster Hyde. Yo siempre espero más de Jekyll que de Hyde. Y quizá esté equivocado. Arriesgó Talavante por esa ruta hasta estar a punto de ser cogido en una espaldina y casi volteado en otra situación de apuro. Se puso el toro difícil para entrar a matar. Cazó un pinchazo hondo, sufrió con el descabello y escuchó dos avisos y una ovación. Sevilla valoró su entrega.
De la cabeza despejada de Alejandro Talavante pasamos a Juan Ortega, quien a las 18.56 dibujó cinco verónicas excelsas, hundiéndose en ellas, abrochadas con una cordobina y una media rodilla en tierra. Apuntó entonces el toro de generoso cuello una clase magnífica que volvió a verse en el galleo de frente por detrás. No en vano se llamaba Cuba. Otros no, pero también traían la estirpe de los Cubanosos en la sangre. Precisaba sensibilidad por su poder y fondos contados. A Ortega —y ahora hablamos de la inteligencia torera— no se le vio el tacto. Y, cuando por fin cosió en la segunda serie tres derechazos de ahora va a ser, le pegó dos doblones que fundieron al toro, dejándolo penitente, ¡ay! Ya no embistió más. Cuando quiso remontar con un último toro —cinqueño— verdaderamente serio y bueno pero sin final, no le hicieron caso. Bien con la derecha y muy bien por la izquierda. Juan Ortega interpretó los naturales de la tarde. Sin música, sin eco, sordos como la faena, que se quedó varada en el silencio.
Había abierto la corrida un toro castaño —primero con el hierro de La Ventana junto al 5.º y al 6.º—, hondo, de buena cara y buen y frágil aire. Ese tranco boyancón y quebradizo en banderillas. No hizo un feo más allá de las claudicaciones como señal manifiesta de su escaso poder. José María Manzanares, que ha dicho que estará en el toreo hasta que su cuerpo aguante, sin tener en cuenta los nuestros, armó una faena de aparcacoches. Cuando la corrida subió el peldaño de la seriedad con un cuarto escondido, Manzanares tampoco se mostró, atrincherado tras su vozarrón.
Plaza de la Maestranza. Viernes, 25 de septiembre de 2026. Segunda de feria. Lleno de "No hay billetes". Toros de El Puerto y de La Ventana del Puerto (1º, 5º y 6º); dos cinqueños (2º y 6º); los tres últimos más fuertes y serios; apuntaron mejores notas que las que desarrollaron; en un conjunto manejable de contado poder y fondo, destacaron el mansito 2º por estilo y el 5º, de mayor motor; bueno el 6º sin final.
José María Manzanares, de azul pavo y oro. Pinchazo hondo (silencio); estocada contraria (silencio).
Alejandro Talavante, de tabaco y oro. Estocada (oreja); pinchazo hondo y tres descabellos. Dos avisos (saludos).
Juan Ortega, de tabaco y oro. Pinchazo hondo (silencio); pinchazo, estocada atravesada y varios descabellos. Aviso (silencio).