Hace 150 años la fiebre del caucho en la Amazonia transformó la selva y generó consecuencias tan graves como el genocidio de grupos indígenas. En pleno siglo XXI, esa región, que conforma el más diverso ecosistema del planeta, peligra por la deforestación, la minería ilegal y el tráfico de especies. La omisión estatal y la corrupción, pero también la codicia de traficantes y organizaciones de delincuencia explotan la biodiversidad y han convertido la región en ruta de economías ilegales.
Es por ello que quien gobierne Brasil en los próximos años “va a tener el desafío gigante de proteger la Amazonia, de enfrentar los mercados ilegales y de buscar una forma más regional de consolidar la protección de este ecosistema”. Con estas palabras, la socióloga Lucía Dammert resume el reto que representa su preservación para Brasil, y en particular para quien sea electo presidente.
A menos de una semana de la elección presidencial en esa nación, Lucía Dammert, autora del libro Anatomía del poder ilegal. Violencia, crimen organizado y corrupción en América Latina (Ariel /Planeta, que está por publicarse en inglés), señala: “La desestabilización de la Amazonia generaría consecuencias en África, en Europa, en todos lados. Tiene que haber otras respuestas, no sólo es ver a la Amazonia como un recurso económico a explotar, sino también a proteger”, sostiene la investigadora peruana, profesora de la Universidad de Santiago de Chile.
Advierte: “No podemos permitir que la Amazonia se convierta en el hub del poder ilegal en América Latina; para eso requerimos capacidades diferenciales de los Estados y que se pongan de acuerdo, pero no sólo los Estados amazónicos, sino otros del planeta”.
Aunque Brasil es el país que concentra más de la mitad de la Amazonia, la preservación requiere de la acción de los nueve países por donde se extiende este bioma. Y ahí es donde el tema político es determinante porque los esfuerzos de protección requieren de acciones conjuntas, que no son fáciles en una región que ha virado casi toda hacia la ultraderecha.
La investigadora, en videollamada con EL UNIVERSAL, describe que, frente a la Amazonia, Jair Bolsonaro, que gobernó entre 2019 a 2023, poco hizo por frenar la minería ilegal y, más bien, permitió que se extendiera la frontera agrícola para el cultivo de soya. En sus distintos gobiernos, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva ha emprendido acciones de defensa y, en el periodo actual ha impulsado una respuesta común de los países amazónicos a los distintos problemas. Por eso resulta crucial el resultado electoral de este domingo 4 de octubre o del domingo 25, en caso de una segunda vuelta, y cuando los candidatos punteros son Lula da Silva y Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente.
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Con 8.4 millones de kilómetros cuadrados de extensión, es decir, casi el doble del tamaño de la Unión Europea, la Amazonia se prolonga por nueve países —Brasil, Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú, Venezuela, Guyana, Surinam, y el departamento de Guayana Francesa.
El recorrido del río Amazonas, que parte de Perú pero que derrama su biodiversidad desde Ecuador hasta el Atlántico, ha terminado por recibir también el eco de problemas sociales, políticos y económicos que involucran a la región. Eso afecta el ambiente y el hábitat de numerosos grupos indígenas, muchos de los cuales no han tenido contacto con otras sociedades.
Lucía Dammert, que ha analizado el creciente problema de organizaciones criminales en las ciudades de Brasil, con estructuras sofisticadas como el Primer Comando de la Capital (PCC) y el Comando Vermelho (CV), y numerosas pandillas, distingue lo que pasa en el Brasil rural.
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“La Amazonia, en general, es una zona que ha sido históricamente abandonada de la presencia estatal, probablemente Brasil es el país que más esfuerzos ha hecho por tener presencia, pero al final del día ahí se han desarrollado varios mercados ilegales. La cocaína, producida en Perú y en Colombia, tiene en la región rutas de salida, y Brasil es un consumidor importante”, declara.
Dammert añade que en los últimos 10 años se han desarrollado otros mercados ilegales, como la minería ilegal del oro, que no es artesanal sino que está representada por “verdaderas industrias ilegales del oro fluvial”, que por diversos métodos lo legalizan para su exportación. Esa minería ilegal del oro es uno de los booms ilegales en la Amazonia, y ha sido una de las luchas que más ha dado el actual gobierno.
“Pero tienes además grupos ilegales vinculados a la tala de madera, robo de animales exóticos —sobre todo pájaros—, y de otros recursos de fauna y flora de la región; así como a la trata de personas, no solamente de mujeres para la explotación laboral y sexual, sino también hombres jóvenes que sacan de ciudades intermedias y los llevan como población esclava”, describe la investigadora.
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De acuerdo con la Fundación GAIA, las presiones sobre la región son la expansión de la agricultura intensiva, la ganadería, las concesiones mineras, la construcción de carreteras y el aumento de hidroeléctricas. A su vez, un informe del Instituto de Investigación Ambiental de la Amazonía (IPAM) describe que otro de los graves problemas es el de los incendios derivados del acaparamiento de tierras y la consecuente deforestación.
Frente a estos problemas, resulta paradójico cómo muchos pueblos del Amazonas carecen de recursos básicos mientras que los grupos de la delincuencia ahí mismo tienen acceso a sistemas de comunicación especializados y a armas, lo que les permite continuar con sus estructuras y mercados ilegales.
En opinión de Lucía Dammert gran parte de los problemas de América Latina han terminado por verse reflejados en la región, incluidas la pobreza y la desigualdad. Es por ello que las políticas de quien llegue a la presidencia de Brasil van a comprometer el futuro de toda la región.
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“Creo que Brasil en los últimos años ha hecho un esfuerzo muy significativo, pero está luchando en medio de una región amazónica con muchas dificultades y desafíos. Si gana Lula, yo esperaría que se siga avanzando en las respuestas que ha emprendido. Si gana la derecha [con Flávio Bolsonaro], y todos los países de la zona están en la derecha y entienden que hay que proteger la Amazonia, podría ser positivo. El problema es si todos están a la derecha y todos están de acuerdo en que lo que hay que hacer es explotar los recursos naturales hasta el fin de los días. Ahí tendríamos un mayor problema”, concluye Lucía Dammert.
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