14 de julio de 202612:5410'minutos de lectura
Andrea del Boca no necesita presentación: pasó de ser una niña actriz a consolidarse como un sinónimo del género de las novelas, aunque también su carrera estuvo signada por algunas polémicas sobre todo en los últimos años. Ahora, luego de su paso por Gran Hermano, habló con LA NACION sobre por qué una figura como ella decidió sumarse al reality y cómo es la relación con su hija, Anna Chiara.
—¿Qué sentís con respecto a tu reciente salida y cómo surgió la idea de entrar a Gran Hermano?
—Mi salida creo que fue un renunciamiento por amor. Se me mezclan los dos mundos, el mundo real, de mi madre y mi familia, con una cosa que admiro porque soy fan del formato. La génesis de querer entrar a la casa se dio cuando en el último programa de la edición pasada, Santiago [Del Moro] dijo en ese momento que en la próxima edición iban a poder ingresar gente conocida. Lo estábamos viendo con mi madre y mi hija, y ella me dice: “Mamá, tenés que presentarte”. La miré pensando que eso era más para su edad. Al día siguiente, Anna me dijo las palabras justas para moverme la estantería: “Mamá, salí de tu zona de confort”.
—¿Y con qué perfil decidiste entrar?
—Mi intención fue mostrarme como soy, sin un personaje de por medio, con mis partes lindas y feas, como cualquier persona. Entiendo que a veces el público te conoce por los personajes que una interpreta o yo siento que así es en mi caso. Una muestra una cara, una faceta, pero no es la cara real. A veces te levantás cruzada porque dormiste mal o por una contestación o alguna discusión, pero cuando entré a la casa, me propuse competir conmigo misma, no contra otro. A algunos les parecía raro, no me creían mucho, pero para mí era competir con mis propias vergüenzas, con el hecho de compartir el baño con 27 personas y con gente de distintas edades.
—¿Tenías algún prejuicio?
—No tenía prejuicios porque no quería saber nada de la historia de los otros participantes, sino que quería construir mi propia sensación, mi propia historia con cada uno de ellos. Solamente había trabajado con Divina Gloria y con Kennys, al que conocía porque habíamos hecho producciones juntos. Entonces yo quise conocer a los seres humanos sin conocer sus historias.
—¿Ser actriz te sirvió dentro de la casa al momento de expresar tus emociones?
—Sí y no. Primero, una no puede mantener un personaje 24/7; es imposible. Sin embargo, cuando me sentía vulnerable sí trataba de que mis emociones me ganaran para que no se aprovecharan de eso. Yo decía: “No se olviden de que soy actriz”. Ese era mi salvavidas para no mostrarme y que el otro no supiera mi punto débil, pero reconozco que quizás fue un error. Igual yo prefería ir a las placas para ver qué opinaba el público. Como artista, una está siempre dando examen porque el público es el que te elige a través del rating o de las entradas que vendés.
—¿Y en este reality?
—En el caso de este reality, ese rol lo cumplen las placas. Yo quería saber si el público aceptaba a esta Andrea porque acá no hay un personaje. Muchas veces cuando iba al streaming yo avisaba que iba a recurrir a algunos personajes que tenían guiño; por ejemplo, me ponía los aros de algún personaje o miraba a cámara, guiñaba el ojo y decía “Clarita” por Celeste siempre Celeste, como para que el público entendiera la reacción que había tenido. De alguna manera, lo hice en serio y esa era una forma de mostrar que estaba atenta. Cuando a Sol le propuse ir por el desafío que era para todos en la casa, quería bajar las revoluciones y que no nos peleáramos porque nos iba a afectar a todos. Entonces a cámara guiñé el ojo como diciendo “a ver qué les parece”.
“El corazón le gana a la cabeza”
—¿Sentís que tuviste una estrategia o te dejaste llevar por el juego?
—Creo que en mi caso, el corazón le gana a la cabeza porque yo no soy mental. Admiro a las personas que entran ahí y tienen una estrategia como la de Tato [Santiago Algorta], el ganador de la edición pasada, que era un estratega mental. Eso yo lo intenté, pero el corazón me pudo. Y la verdad es que en la vida pongo primero el corazón y me tiro a la pileta, y recién después pienso si hay agua o no. ¿Por qué voy a representar otra que no soy? Yo soy así, me juego por los míos, por mis convicciones, por mis ideales. No sé si como juego era interesante o no, pero yo soy fiel a mí misma.
—¿Cómo sentís que está tu relación con el público? Porque vos en el pasado te pronunciaste políticamente y eso te significó apoyo, pero también la aparición de detractores...
—En ningún momento en la casa hablé de temas políticos porque me parecía que era como embarrar la cancha y no me interesaba. Esa es una parte mía como individuo. Tengo el mismo derecho que tienen los cuarenta y pico millones de argentinos que tienen su opinión; vivimos en democracia y tenemos derechos y obligaciones como cualquier individuo, pero no quería mezclarlo con mi profesión. En algún momento la industria audiovisual estaba en riesgo y a los hechos me remito. No digo que esté todo terminado porque siempre hay un mañana, pero en este momento no tenemos esa industria que supimos tener y conseguir; me refiero a una industria que sea competitiva internacionalmente.
—¿Entonces...?
—Entonces sentí una necesidad personal. Una vez un productor me preguntó por qué me calentaba tanto por el mercado extranjero, ya que yo insistía en que todo eso se iba a cortar si no tenía continuidad la presencia internacional de nuestros productos, y así poder recuperar y volver a reinvertir. Es como me enseñaron cuando era chica, profesionales como Goar Mestre, Alejandro Romay o Raúl Lecouna.
—¿Qué te enseñaron?
—Se trataba de productores independientes y con la preventa que hacían, por ejemplo, a Italia, se podía producir casi toda una novela como Perla negra. Entonces yo no quería ser de las pocas, sino que siempre quise que hubiera muchas actrices argentinas porque cada una tenía su lugar, su espacio y eso es lo que arma una industria. Eso mismo es lo que celebro de los mexicanos, de los brasileños, que ellos realmente son una industria. Desde ese lugar es en el que me sentí con la necesidad y casi con la obligación de decir que uno tiene que ayudar a que esto se siga manteniendo aunque yo ya no haga novelas. Yo ya hice muchas ficciones en estudio y una ya busca otros espacios. Pero eso nunca lo llevé al terreno de Gran Hermano porque era innecesario. Uno puede discutir desde otras posturas ante la vida, sin utilizar golpes bajos; esa nunca fue mi intención. No sé si en el afuera lo quisieron llevar por ese lugar, pero yo no entré en esa.
—¿Qué significa tu hija Anna para vos hoy y qué futuro le ves?
—Yo le veo un tremendo futuro, ya se lo veía desde antes, pero creo que esto ayudó porque fue como el destete. Por un lado, como mamá, porque pobre mi hija a quien le dejé un montón de responsabilidades del día a día de las que ella no se encargaba. Nosotras vivimos con mi mamá de 95 años y mi tía de 93, que es toda una estructura doméstica de médicos, terapias físicas, cosas de dos adultas mayores. Y ella también tiene su propia vida, su realidad, sus estudios, su trabajo. Anna pudo mostrar toda su capacidad, picardía y chispa.
—¿Cómo la ves?
—Somos parecidas, pero ella es ella y yo soy yo. Ella tiene esa manera de expresarse que también sorprende porque muchas veces parece que es como un alma vieja, como yo le digo. Como mamá, celebro que dice las cosas con respeto, pero las dice. Es apasionada, va al frente y no se calla. A su edad yo era como Laura Ingalls, siempre papando moscas o cazando mariposas. Pero Anna también sorprende porque no todos los jóvenes en el medio utilizan sujeto y predicado.
—En la casa mencionaste algo sobre una novela vertical, ¿te ves haciendo algo en ese formato?
—No lo dije para hacerlo yo, sino que dije que lo veía como algo que podía hacer Anna. Es para otra generación. No sé si a mi público de las novelas le gustaría verme así; no sé si me veo en ese rol, pero sí me sorprende.
—¿Qué te dejó Gran Hermano?
—Creo que gané muchas cosas. Realmente siento que soy una ganadora, no desde el lugar del premio, pero sí en decir que pude estar ahí, pude vencer mis vergüenzas y miedos. Nunca fue mi intención competir con la gente más joven por el liderazgo; al contrario, me tiraba para atrás porque yo quería ir a la placa, que la gente me dijese si estaba bien o no; esa era la única manera de saberlo y así gané un público distinto.
—Un público que quizá no te conocía porque a través de este reality llegaste a gente nueva, ¿no?
-Claro, porque en este programa hay una parte del público que me veía las novelas, pero también hay otro sector más joven que por una cuestión de edad no me conoce y esa es la gente que me dice: “Mi abuela te veía o mi mamá lloraba igual que vos”.
—¿Y qué te pasa con esos comentarios o con la respuesta de la gente?
—Me dio orgullo ver el día en el que salí a una caravana que tocaba bocina y cantaba canciones que yo entonaba adentro de la casa y hasta encontrarme con una nena de seis años que me mandó un dibujo. Hay un público joven que me quiere, pero porque me conoció en la casa, me conoció por cómo soy, cocinándole pan al grupo como una demostración de amor. Y ese público que es más chico que mi hija me hizo respetar muchísimo más el formato de Gran Hermano porque ahora viví la casa desde adentro. Estar ahí es vivir todo desde una dimensión totalmente distinta y que haya ganado ese público nuevo que no me conocía por mi trabajo como actriz y que ellos me quieran por cómo soy, no deja de sorprenderme y me dan ganas de comprometerme aún más con mi carrera.