
La piel puede ser la primera señal de futuras enfermedades. Con esa idea como punto de partida, el reconocido neumonólogo español Bernardino Alcázar-Navarrete habló en exclusiva con Infobae sobre la marcha atópica, una trayectoria inmunológica que puede comenzar en los primeros años de vida con dermatitis atópica y, con el tiempo, derivar en asma, alergias alimentarias o EPOC. Detectarla a tiempo —remarca— “puede cambiar la vida de un paciente”.
El especialista, integrante del Departamento de Medicina de la Universidad de Granada y del Hospital Universitario Virgen de las Nieves, participó en InmunoXperience 2026, el encuentro científico realizado en Buenos Aires, donde más de 400 dermatólogos, alergistas, neumonólogos y otorrinolaringólogos de toda Latinoamérica analizaron cómo una misma inflamación tipo 2 puede expresarse en la piel, las vías respiratorias y los senos paranasales.
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La ciencia describe que algunas enfermedades cutáneas y respiratorias comparten esa base inflamatoria y que, en ciertos pacientes, la dermatitis atópica puede preceder a otras manifestaciones alérgicas. Por eso, detectar temprano ese mecanismo podría ayudar a orientar mejor el abordaje clínico y reducir el riesgo de complicaciones futuras.

—¿Doctor, qué ocurre en el organismo de una persona con marcha atópica?
—La marcha atópica se presenta en personas que, desde el nacimiento o en los primeros años de vida, tienen un sistema inmunitario que responde de manera distinta al entrar en contacto con proteínas y otros antígenos del entorno. Como consecuencia, pueden aparecer manifestaciones clínicas como la dermatitis atópica —una inflamación alérgica de la piel—, la sensibilización a alérgenos, otras alergias y también asma bronquial. Se trata de una condición frecuente en la población general. Las causas de su aparición todavía no están del todo claras y existen distintas teorías al respecto. Lo que sí se observa es que esta forma de respuesta del sistema inmune frente a estímulos habituales es cada vez más frecuente.
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—¿Qué puede pasar si no se detecta y controla a tiempo?
—Si no se controla desde el inicio aumenta el riesgo de desarrollar asma, asma grave, dermatitis atópica severa, alergias alimentarias y otras complicaciones. Por eso es fundamental detectarla a tiempo, especialmente en la infancia. En los niños, por ejemplo, existe una manifestación conocida como costra láctea, que en realidad puede ser una dermatitis muy intensa en el recién nacido. Ese cuadro ya funciona como un marcador de riesgo a futuro. Es decir, hablamos de signos que aparecen en los primeros días de vida, pero que pueden anticipar problemas que se manifiesten incluso 20 años después.
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El profesor afirmó que en las enfermedades respiratorias se está viviendo un cambio de era. “Es una etapa profundamente marcada por la irrupción de los fármacos biológicos, tratamientos de una eficacia extraordinaria que nos permiten pensar en una medicina mucho más anticipatoria. Es decir, en lugar de limitarse a tratar las consecuencias de la enfermedad, hoy existe la posibilidad de intervenir antes y modificar su evolución a largo plazo”.
Según le explicó a Alcázar-Navarrete a Infobae, el gran desafío es que, gracias a estos avances, dejen de ocupar ese lugar. “Creo que en los próximos años nuestro reto será identificar a tiempo qué pacientes tienen mayor riesgo de deteriorarse y ofrecerles antes el tratamiento adecuado. Si logramos eso, dentro de 15 a 20 años esas personas podrán tener la calidad de vida que hoy buscamos preservar”.
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La magnitud del problema en la región de Latinoamérica es considerable, afirmaron los expertos en un comunicado del encuentro. En dermatitis atópica, los datos citados indicaron prevalencias de 22,5% en niños de 6 a 7 años en Ecuador, 20,9% en Colombia en el mismo grupo etario, 24,6% en adolescentes colombianos, más del 10% en México y 9,7% en niños de Argentina.
En dermatología, el concepto de Carga Acumulada a lo Largo de la Vida (Cumulative Life Course Impairment CLCI) describió cómo la carga física y psicosocial de enfermedades crónicas de la piel puede sumarse con los años y producir un daño que, en muchos casos, resulta irreversible. La dermatitis atópica fue incluida dentro de ese marco junto con psoriasis e hidradenitis supurativa.
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Una revisión sistemática analizó 25 estudios y encontró 22 factores de riesgo asociados a esa carga acumulada. Los más estudiados fueron la gravedad de la enfermedad y las comorbilidades.
La buena noticia es que esta trayectoria inmunológica no es un destino inevitable: la ciencia hoy apunta hacia una ventana de oportunidad donde actuar a tiempo podría cambiar el rumbo de la enfermedad. Esta dejó de mirarse solo como un episodio aislado y pasó a interpretarse como una oportunidad de detección temprana en pacientes que podrían desarrollar otras expresiones atópicas a lo largo de la vida.
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La reunión científica insistió en que no todas las enfermedades comparten la misma historia natural. El reconocimiento de trayectorias clínicas, fenotipos y mecanismos permitió una comprensión más integral de cuadros como dermatitis atópica, asma, rinosinusitis crónica, EPOC y otros trastornos asociados con inflamación tipo 2.

Respecto al asma, un estudio en seis ciudades de Colombia reportó una prevalencia de síntomas del 10,4%. En México, la Fase I del Global Asthma Network documentó sibilancias en 10,2% de escolares de 6 a 7 años y 11,6% de adolescentes de 13 a 14 años.
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En cuanto a la EPOC, el panorama es igualmente preocupante. En Argentina, el estudio EPOC.AR estimó una prevalencia de 14,5% en adultos de 40 años o más, proyectando que más de 2,3 millones de argentinos viven con la enfermedad. En Colombia, PREPOCOL encontró una prevalencia espirométrica global de 8,9% en personas de 40 años, 6 mientras que en Ciudad de México se reportó 7,8% en adultos de 40 años o más.
Un estudio de cohorte citado en el encuentro siguió a más de 2.400 personas desde la infancia hasta los 53 años e identificó seis trayectorias distintas de función pulmonar. Tres de ellas concentraron el 75% de la carga total de EPOC en la adultez.
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En ese trabajo, quienes mostraron un declive acelerado desde edades tempranas tuvieron un riesgo hasta 35 veces mayor de desarrollar EPOC en comparación con quienes mantuvieron una trayectoria promedio. El dato reforzó la idea de que el curso respiratorio también puede definirse mucho antes del diagnóstico en la vida adulta.
Lo positivo es que las pruebas recientes mostraron que tratamientos biológicos dirigidos a vías inflamatorias específicas pueden mejorar la función pulmonar y revertir parte de esos daños estructurales, con resultados que incluso superaron a los observados con corticoides inhalados.
Sobre ese aspecto, Bernardino Alcázar-Navarrete afirmó que los avances en tratamientos biológicos, basados en anticuerpos monoclonales, representan una revolución en el manejo de enfermedades respiratorias atópicas. Estos fármacos específicos pueden mejorar significativamente la calidad de vida de los pacientes cuando se administran al individuo correcto, identificando moléculas responsables y patrones inflamatorios específicos. El uso de estos tratamientos ha transformado el abordaje clínico de dichas enfermedades en los últimos años, según el experto.
Los tratamientos biológicos han permitido intervenir sobre mecanismos inmunológicos específicos en pacientes seleccionados. En asma grave, los ensayos clínicos mostraron reducciones de exacerbaciones y hospitalizaciones, además de mejoras en función pulmonar y control de la enfermedad. También estos tratamientos pueden reducir el uso de corticoides sistémicos en pacientes con asma grave. Esto es relevante porque la exposición repetida o prolongada a corticoides sistémicos se asocia con un mayor riesgo de efectos adversos agudos y crónicos, y ese riesgo aumenta con la exposición acumulada.

El profesor Alcázar-Navarrete explicó qué son los fármacos biológicos: “Se trata de medicamentos elaborados a partir de proteínas, en particular anticuerpos monoclonales. Es decir, son anticuerpos diseñados para actuar de manera muy específica contra una molécula determinada, del mismo modo en que el organismo genera anticuerpos frente a una vacuna, pero en este caso dirigidos a un blanco concreto. Esa especificidad es, justamente, una de sus principales ventajas”.
—¿Cuánto hace que estos tratamientos se utilizan en medicina?
—Desde hace más de dos décadas. De hecho, el científico argentino César Milstein, ganador del Premio Nobel de Medicina, es considerado el padre de los anticuerpos monoclonales. Tras unos primeros años en los que los resultados de los ensayos clínicos no fueron los mejores, en los últimos 15 años se produjo una verdadera revolución en el tratamiento de las enfermedades respiratorias gracias a estos medicamentos.
—¿En qué pacientes pueden cambiar la evolución de la enfermedad los anticuerpos monoclonales?
—Cuando se indican en el paciente adecuado, pueden cambiarles la vida a las personas. Esto ocurre en enfermedades como el asma, la EPOC o la poliposis nasal, siempre que exista un perfil biológico determinado y que las moléculas implicadas en la enfermedad estén elevadas o desempeñen un papel central en su desarrollo. En esos casos, el impacto del tratamiento puede ser extraordinario.

El experto destacó que la EPOC, una enfermedad producida por el tabaco, que ha tenido un desarrollo más lento en terapias biológicas, ahora muestra resultados prometedores al identificar y seleccionar bien a los pacientes con inflamación tipo dos, que representa cerca del 30% de los casos, y que pueden beneficiarse del tratamiento con medicamentos biológicos para reducir crisis.
Finalmente, Alcázar-Navarrete remarcó: “Para un médico, pocas cosas son tan gratificantes como escuchar a un paciente decir, después de iniciar un tratamiento biológico: ‘Doctor, esto me cambió la vida’. Ese tipo de respuesta refleja con claridad el valor que estos avances pueden tener en la práctica clínica y en la calidad de vida de las personas”.
El mensaje que emerge del encuentro organizado por Sanofi es, al mismo tiempo, urgente y esperanzador. Urgente, porque el daño que genera la inflamación no controlada comienza mucho antes de que los síntomas graves aparezcan. Y esperanzador porque la ciencia sugiere que existe una ventana de oportunidad temprana en la que intervenir sobre la barrera cutánea podría prevenir el desarrollo de nuevas enfermedades alérgicas.
Al mismo tiempo, identificar con precisión el mecanismo inflamatorio y el fenotipo de cada paciente permite orientar mejor las decisiones terapéuticas en enfermedades como el asma grave, la rinosinusitis crónica, la EPOC y otros trastornos asociados con inflamación tipo 2.