Hay, bajo el sol de la Toscana, un diminuto pueblo medieval que pervive impávido al paso del tiempo. Una hermosa villa que habla de raíces etruscas, de linajes renacentistas, de una tierra que devuelve el sabor del vino y el aceite de oliva. Lo llaman el Borgo de Castelfalfi y, más que una aldea histórica, es un baluarte en el que queda a resguardo la cultura, la gastronomía y las tradiciones auténticas.
Nada como estos borghi, construidos originalmente como fortalezas o ciudades estado, definen mejor la esencia del paisaje toscano, allí donde reside la Italia más romántica. Aquella que es el mayor escaparate del Renacimiento del mundo y la cuna de Miguel Ángel y Leonardo da Vinci, de Dante y Petrarca, de Puccini y Maquiavelo. Entre colinas alfombradas de viñedos, bosques de encinas y castaños, y campos en los que despuntan los cipreses como espigadas atalayas naturales, Castelfalfi condensa la magia de esta región que, a pesar de los eternos elogios, sigue siendo indescriptible.
Lee también
La historia escrita en los muros
Hizo falta apenas una restauración para que este lugar conservara el pulso cotidiano de sus 120 habitantes y, al mismo tiempo, emergiera como un destino al que venir a contagiarse de su memoria. Porque el relato de este borgo comienza con unos vestigios etruscos que datan del año 190 antes de Cristo, continúa con un castro fundado por Faolfo, un príncipe lombardo del siglo VIII, y culmina con el dominio florentino a partir de 1230, donde hasta entra en juego el poderoso influjo de los Medici.

Y siempre, la tierra como motor de vida en un enclave de clarísima vocación agrícola. El trigo, el olivo y la vid ya eran los cultivos principales en el siglo XIV, justo cuando se tiene constancia de la existencia del castillo que llega hasta nuestros días. La Rocca (es así como se le conoce) fue restaurado por el matrimonio que formaron Giovanfrancesco Caetani y Costanza de Medici, perteneciente a la famosa familia de mecenas. Una unión de la que da testimonio una placa de mármol y numerosos escudos que lucen los emblemas de ambos linajes, así como un retrato de la esposa, o más bien una copia, puesto que el original (atribuido a un artista florentino) descansa en la National Gallery de Londres.
Miradores y flores exóticas
Visitar hoy Borgo de Castelfalfi, a apenas una hora de Forencia y de Pisa, supone deambular por sus coquetas callejuelas hasta dar con este castillo, reconvertido en un codiciado escenario para la celebración de bodas y eventos con vistas a los campos infinitos. También pasar por la iglesia de San Floriano, un santo que es invocado como protector contra incendios, sequías y todo tipo de desastres naturales, y cuya festividad, el 4 de mayo, se celebra con toda pasión. Justo enfrente, una plazuela con fuente y bancos de mármol travertino dibuja el marco perfecto para las fotos de Instagram.

También supone descubrir la sofisticada villa que fue cambiando de manos a lo largo de los siglos, y frente a ella, lo que se conoce como Il giardino del popolo (el jardín del pueblo), creado por Antonio Biondi. A este terrateniente de Castelfalfi, que consagró su vida a la botánica, la ciencia debe el descubrimiento de flores como la lilium biondi y árboles como el magnolio biondi, cuyas semillas exóticas fueron aquí plantadas.
De compras exclusivas
Pero más allá de su valor histórico, este borgo es un enclave vivo. Lo atestiguan las tiendas que aparecen en el paseo: boutiques sofisticadas como Memories o Whyci Milano, perfumerías artesanales como Erbario Toscano y espacios gourmet como Alimentari, donde además de comprar productos típicos, se puede degustar una schiacciata, que es un pan similar a la focaccia, cocido al horno y condimentado con aceite de oliva y sal.

También se puede comer de maravilla en el restaurante Il Rosmarino, con recetas de La Toscana que practican la filosofía del campo al plato. Y, por supuesto, se puede dormir en el hotel que hace de Castelfalfi un refugio del lujo. Esto fue posible gracias a Sri Prakash Lohia, un magnate indonesio de origen indio que, en 2021, decidió incluir en esta bella aldea un sofisticado alojamiento de cinco estrellas.
Borgo di Castelfalfi, que ha tomado el nombre del lugar, no es un hotel cualquiera. Su posición, a modo de balcón sobre una finca de 1.100 hectáreas, lo convierte en un rincón privilegiado. Sus habitaciones miran al valle, forrado de viñedos y olivares, y el sol, al atardecer, tiñe los bosques de un tono anaranjado. La arquitectura toscana y el estilo contemporáneo ensamblan perfectamente en las suites, villas y apartamentos, de la misma manera en la que el entorno se fusiona con la piscina y con el campo de golf de 27 hoyos, uno de los más extensos de la comarca.

Fiel a erigirse en reflejo de la esencia del lugar, la propuesta gastronómica, comandada por el chef Davide De Simone, se hace eco de las recetas típicas y los productos locales, pero con un toque personal. Y los tratamientos del Rakxa Wellness Spa, basado en las prácticas de bienestar tailandesas, se enfocan en devolver la paz tanto al cuerpo como a la mente. Pero nada como las experiencias para vivir la esencia del territorio. Desde una búsqueda de trufas hasta una exhibición de halconería, pasando por un curso para aprender a hacer pizza o, los más sibaritas, un picnic gourmet entre viñedos o un vuelo en globo sobre el borgo. Todo ello conectado con esa forma de viajar sin prisa y atenta a los pequeños placeres. Aire incontaminado, noches silenciosas y calor humano. La dolce vita en su estado más puro.