Catalejo
Sin partidos ni candidatos reales, las elecciones están condenadas a empeorar al país a causa de los malos aspirantes.


Guatemala es, sin duda, país suigéneris, único, singular. En uno de los ejemplos más claros, se está preparando para elecciones generales como parte de la democracia, pero tanto sus partidos como sus candidatos merecen ser escritos entre comillas, un signo de puntuación utilizado para burla ante un término mal aplicado. Los partidos de verdad requieren varias condiciones: tradición, organización, membresía, actividades periódicas, bancadas en el parlamento integradas por personas con varias de las características partidistas. Aquellos sin estas cualidades son únicamente “dizque” políticos inexpertos o simples aprendices o, peor aún, gente dispuesta a cambiar de nivel socioeconómico por la vía del enriquecimiento ilícito, descarado y corrupto.
Su vida es corta, pero se multiplican cada vez más en el siguiente proceso electoral. Por eso mismo son candidatos sin partido y partidos sin candidato. Muchos de ellos provocan hilaridad cuando el ciudadano común y corriente se da cuenta de los engaños sufridos por quienes gastan su dinero para crear a un aspirante, infructuosamente, por supuesto. En otros casos, muy pocos pero notorios, son hábiles propietarios de una agrupación de este tipo e insisten en promesas mantenidas pese a ser notoriamente imposibles, al menos en la manera como prometen con descaro la solución inmediata de problemas de larga data. Es producto del convencimiento de la ingenuidad ciudadana y del deseo de tener una mejor vida en nuestro milenario planeta Tierra.
Para decidir si estos criterios son merecidos o no, hay una forma muy fácil: revisar los mensajes de los aspirantes ahora ya en campaña extraoficial, así como sus semblantes y su apariencia. La primera pregunta debe ser si muestran confiabilidad, lo cual no tiene relación alguna con su edad, si tiene arrugas o no, por ejemplo. A nivel personal, decidir a quiénes de ellos invitaríamos a tomar algo en alguna cafetería o en nuestra casa, y si sabemos de motivos para dudar de su honorabilidad. Ciertamente, de los 30 o más aspirantes, algunos de ellos pasan esa prueba. Para finalizar, si tienen experiencia política práctica y si su lenguaje es claro pero localizado fuera de la vulgaridad. Si insulta y grita, sus ideas son débiles, equivocadas y carentes de valor alguno.
La realidad de falta de candidatos y de partidos para la presidencia se muestra también cada vez más en los numerosos comités cívicos ediles. Esto se comprueba fácilmente cuando se realiza un recuento de los participantes en las campañas presidenciales y en los resultados de las elecciones, incluyendo a aquellos aspirantes al Congreso o a las alcaldías. Es una prueba fundamental de subdesarrollo político entre los ciudadanos capacitados para emitir su sufragio. También lo es de multiplicidad de ilusos, “propensos a ilusionarse con demasiada facilidad sin tomar en cuenta la realidad”, “lo que ocurre de verdad”. Triste pero realmente, se agrega también la prueba de ignorancia, prima hermana de la inocencia e ingenuidad. (Diccionario de la Lengua Española).
La multiplicidad de partidos de juguete y de aspirantes ingenuos fue resultado de la exageración de la libertad permitida por los constituyentes con la errónea idea de lograr de esa forma la práctica de la democracia. No fue así a causa de los deseos de tantos ilusos. Por eso, vale la pena repetir, es urgente realizar cambios para las condiciones necesarias para competir con alguna posibilidad y para tener una base ideológica verdadera. Uno de los peores resultados es el rechazo de los ciudadanos maduros y valiosos para participar en el Congreso, por ejemplo. De no haber siquiera unos pocos cambios de decisiones equivocadas, pero a ello se agrega la participación de generaciones jóvenes envueltas en la bruma del fanatismo ideológico de cualquier clase.
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