Javier Gómez de Liaño: Cela y la justicia

2026/08/08

Javier Gómez de Liaño

08/08/2026

Actualizado 09/08/2026 - 08:27h.

«La noción de lo justo y de lo injusto fue en mí una sensación precoz y la impotencia ante la injusticia, algo que me sublevaba y me hundía en hondos baches de tristeza. Mi reacción al sentirme invadido por la injusticia era siempre la misma: la huelga de hambre». Con estas palabras entresacadas de uno de los pétalos de sus memorias 'La Rosa' y que resumen el ideal de justicia que guio a Cela en sus aventuras y desventuras, comienzo estas líneas en homenaje a nuestro premio Nobel. Y a Marina, su «peto y espaldar», en atinada expresión de cariño y gratitud del propio Cela.

Como Alonso Quijano, Cela llevaba la justicia en el alma. Lo mismo que la libertad. Para él, ambas son nociones que deben funcionar ensambladas. Sería hermoso –dice en una entrevista concedida a Placido Fernández Viagas en el libro 'Togas para la libertad'– que el Estado de derecho fuera también y, fundamentalmente, Estado de justicia, que todo funcionase en perfecta armonía y que las leyes respondiesen a la mejor ciencia y voluntad de quienes las hacen. Para él, una ley justa es aquella que se «asienta sobre bases no extrañas al derecho natural ni a la inercia de la historia» y conocido es su lema ciceroniano de ser esclavos de la ley si queremos ser libres.

De Cela siempre me llamo la atención que su actitud –con «c»– ante el derecho no coincidía con la aptitud –con «p»– para el derecho. En 'Memorias, entendimientos y voluntades' confiesa su escaso entusiasmo por la carrera de leyes y cuenta como pasó por la facultad sin pena ni gloria. Incluso reconoce que sus experiencias en el viejo caserón de San Bernardo destilaron en él algunos ingratos recuerdos, como la comparación de los prostíbulos con las aburridísimas clases prácticas de Derecho procesal y algunas concretas ojerizas, como la que tenía a los procesalistas, a quienes en 'El asesinato del perdedor' equipara con los traidores y recomienda «no convivir con ellos».

No obstante, la capacidad de Cela como jurista se descubre por lo escrupuloso que es a la hora de emplear los términos jurídicos. Por ejemplo, en 'La colmena' destaca la discrepancia de don Ibrahim de Ostolaza y Bofarull, eterno aspirante a miembro de la Academia de Jurisprudencia y Legislación, con la definición que hace el catedrático de Derecho Civil don Felipe Clemente de Diego de la usucapión. Lo mismo que don Quijote, Cela es partidario de «no hacer muchas pragmáticas, y si las hicieres, procura que sean buenas, y, sobre todo, que se guarden y cumplan; que las pragmáticas que no se guardan, lo mismo es que si no lo fuesen».

Para la justicia, Cela solo desea aplomo y mesura. No quiere una justicia agitada ni brusca y hace notar que si la justicia pierde su frialdad, puede devenir en venganza, que es tan no deseable como los abusos contra los que se debe aplicar. «La justicia en caliente deja de ser justicia y entra en contradicción con su propia esencia», nos dice, al tiempo que recuerda aquel pensamiento de la escuela epicúrea de que «el mayor y mejor fruto de la justicia es la serenidad del alma».

Cela examina al microscopio los personajes de la justicia en su preciso perfil humano. Habla de que hay varios tipos de jueces, empezando por don Cosme, el de 'El asesinato del perdedor', que nos recuerda aquellas categorías de jueces de ingreso, ascenso y término, hasta llegar a la del magistrado del Tribunal Supremo, estamento para el que reclama el debido respeto por pertenecer a la cúspide de la carrera judicial y de la jurisdicción. A Cela tan mal le parece que no existan jueces como que existan malos jueces. Para él no es un buen juez aquel que carece de formación jurídica, madurez y experiencia. Lo que le gustan son los jueces independientes, pues está firmemente convencido de que en la independencia reside la confianza en la justicia. Nos lo dice expresamente en un artículo que publicó en 1976 –'La historia y sus modos'–, cuando advierte que «la justicia funcionará por sí misma tan pronto como se le devuelva su independencia», paso que deberá darse por los políticos que «sin querer servirse de ella por la eficaz vía de la designación y la coacción políticas sepan respetarla y prueben hacerlo».

Camilo José Cela nunca perdió de vista dos aspectos muy negativos en el difícil oficio de juez. Uno, la judicialización de la vida política; otro, la justicia de escenario o de plató. Varias veces me dijo que la sociedad estaba colonizada por los tribunales y que eso tenía nefastas consecuencias, entre las que destacaba la malsana inercia de clasificar a los jueces en conservadores, progresistas, moderados y hasta en jueces fachas y rojos. En este particular afirmaba que «la justicia es noción que se desvirtúa ante la presencia de cualquier adjetivo que no señale la frialdad más aséptica», a lo que añadía que uno de los factores del desviacionismo judicial era la modalidad de justicia en plaza pública donde los jueces no realizan su trabajo con la tranquilidad y sobriedad que sus funciones precisan. En un artículo que llamó 'Código de la representación' y publicó el 18 de abril de 1993, tras lamentar lo difícil que es que cada cual esté en su sitio, juzgó peligroso y desacomodado que un juez tuviera vocación de divo. ¿En quién estaría pensando? Un juez, nos dice, «debe carecer de afán de aventura y no aspirar a la prebenda ni, en su más insobornable y mantenida actitud, tampoco al poder porque sabe que, tarde o temprano, el poder corrompe». Y, por si fuera poco, Cela dedica a la judicatura española dos trabajos memorables. El primero es 'El mago de la tribu', donde habla de lo grave que resultaría que los jueces, por eso de las ideas propias y pintorescas, pudieran «confundir la moral, o su mera apariencia, con la justicia o su falaz y bien decorada ausencia», sugiriendo que sus dichos deberían ceñirse a providencias, autos y sentencias. El segundo es 'La función del juez'. En éste, después de definir a sus señorías como seres buenos, puros, inteligentes, rectos y sin más ambición que defender el derecho, se opone a la figura del juez fuera de órbita e invadido por ansias políticas.

En fin. Concluyo, pues no hay espacio para más. Después de lo escrito, sólo se me ocurre un epílogo. Buscar aquí o allí, en una u otra novela, en éste o aquel artículo, la esencia del sentido de la justicia en la obra de Camilo José Cela es buscar en vano. La justicia era una cualidad innata en él, algo que habitaba en el fondo de su ser y le acompaña más allá del final de sus días. A mí, Cela, el inmortal Cela, me recuerda la figura patriarcal del Rey Luis IX de Francia, sentado bajo el roble del Bosque de Vincennes, siempre dispuesto a dar a cada uno lo suyo.

Javier Gómez de Liaño

Es jurista y abogado