A Mike Hamer lo llaman por su apodo desde 1977, cuando recién empezaba la residencia y un jefe decidió bautizarlo así por un detective de una vieja serie estadounidense. Desde entonces, hasta su mujer dejó atrás el Jorge de bautismo y lo llama Mike. Más allá de las presentaciones y a casi cinco décadas de haber comenzado su carrera en la obstetricia, el legado médico es invaluable: calcula que participó en entre 6.000 y 7.000 nacimientos y todavía se emociona cuando una familia vuelve al consultorio para mostrarle a su bebé.
Pero un día decidió dejar los partos y dedicarse de lleno a las ecografías. La elección tuvo que ver con su vida familiar y con el deseo de alejarse del estrés de atender nacimientos. Hoy disfruta especialmente de las imágenes 5D, que permiten a los futuros padres ver la cara de sus hijos antes de que nazcan. “La ecografía es un arte”, dice.
Pero no todo son imágenes que emocionan y familias felices. Una de las partes más difíciles de su trabajo sigue siendo comunicar que un embarazo se detuvo o que el bebé tiene un problema. Para Hamer, la formación médica no alcanza para acompañar esos momentos: hay que saber explicar lo que sucede y estar al lado de la paciente. “Hay que abrazarla”, resume en una cálida charla con Infobae.
Recibido con diploma de honor en 1976, el médico también repasa los avances de la medicina fetal, los estudios que permiten detectar posibles alteraciones durante el embarazo y los cambios sociales en torno a la maternidad. Entre anécdotas, humor y momentos difíciles, vuelve a una idea que resume su forma de entender la profesión: “Yo soy el médico del bebé”.
—Doctor Hamer, Jorge. ¿Cómo te llaman los pacientes?
—Las pacientes me llaman Mike, que es una larga historia.
—La quiero saber.
—Hace años había una serie famosa de un detective que se llamaba Mike Hammer. Cuando entré a la residencia en 1977, mi jefe me dijo: “Bueno Jorge, vos sos Mike”. Desde ese momento soy Mike para todo el mundo. Voy a dar charlas, tanto acá como en el exterior, y me presentan como el doctor Mike Hamer. Mi mujer también me llama Mike.
—Qué loco la elección del nombre, porque vos acompañás procesos donde los padres elegimos nombres.
—Sí, pero el nombre es algo que cada familia elige y tampoco se puede opinar, es complicado. Muchas veces me preguntan si me gusta y a veces no, entonces sonrío diciendo que me gusta si es el que les gusta a ellos. En lo que enfatizo, eso sí, es que no permitan que los hijos mayores elijan el nombre porque es una cosa propia de la pareja.
—¿Siempre quisiste acompañar embarazos?
—Cuando estudiaba Medicina no existían las ecografías como las conocemos hoy y hacíamos guardias para aprender, porque la facultad te enseñaba solo la teoría. En una rotación de Obstetricia, en un hospital de San Martín que entonces se llamaba Castex, un residente me dijo: “Hacé el parto”. Fue muy emocionante. Llegué a mi casa y dije: “Esto es lo mío”. Ser obstetra implica un esfuerzo muy importante, pero me emocionaba con cada nacimiento y estoy satisfecho con la elección que hice.
—¿Tenés idea cuántos partos acompañaste?
—En las últimas épocas hacíamos entre 20 y 25 partos con un grupo de obstetras. Trabajé entre 20 y 25 años como obstetra. Calculo que habré participado en unos 6.000 o 7.000 nacimientos.
—Es un montón. ¿Te reconocen por la calle?
—Sí. Una vez estaba en Estados Unidos con mi familia viendo un partido de Messi y se acercó una señora con un chico de 14 años y me preguntó si era el doctor Hamer. Me contó que yo le había hecho ecografías y me presentó al hijo que había hecho nacer. Es fuerte, es lindo.
—Las mujeres generamos un vínculo muy personal con el obstetra durante esos nueve meses. Después del nacimiento, a veces queda una especie de nostalgia.
—Sí, y muchas veces ese vínculo continúa. Hay pacientes que vuelven y te presentan a sus hijos. También les pregunto a algunas futuras abuelas quién les hizo el parto y no se acuerdan. Evidentemente, si no lo recuerdan, es porque el vínculo no fue tan bueno.
—Hace unos años dejaste de atender partos y te dedicaste de lleno a la ecografía. ¿Por qué?
—Me fui a vivir a Israel porque la crisis de 2001 no me ofrecía un futuro para mis hijas, pero tiempo después decidimos volver porque entendimos que ese no era nuestro país. No es fácil emigrar a los 50 años. Cuando regresé, tuve que decidir si quería seguir viviendo con el estrés que implica la profesión o dedicarme por completo a la ecografía, que ya venía haciendo desde hacía tiempo. Fue una decisión familiar: mis hijas eran chicas y no estaban de acuerdo, pero mi mujer sí. Yo era presidente de la Sociedad Argentina de Ecografía y eso me abrió un campo muy interesante, estar en el hospital con residentes de 30 años me permitió abrir los ojos y pensé: “Esto es lo mío, es arte”. Me había cansado un poco de la obstetricia y realmente la ecografía es un arte.
—¿Por qué decís que la ecografía es un arte?
—Porque hay mucho por hacer, hago ecografía 5D y ahora, además, se incorpora la inteligencia artificial. De hecho, a veces el resultado no me gusta y, aunque la gente se vaya emocionada, les digo que vuelvan en dos semanas para repetir el estudio porque no estoy satisfecho con la imagen. Es como un pintor que rompe su propia pintura.
—No es que veas algo que te preocupa o que pueda representar un peligro, sino que no te convence el resultado.
—No, una cosa son las ecografías morfológicas, en las que buscamos descartar patologías, y otra son las que yo llamo ecografías sociales. Para mí son muy importantes porque generan un bonding, como dicen los estadounidenses: una interacción entre el papá, la mamá, el bebé, los abuelos y toda la familia. Es un momento emocionante. Tengo imágenes de personas que se pusieron a llorar cuando vieron a su bebé en 5D o con inteligencia artificial, y yo también me emociono con ellos.
—¿Vos les pusiste el nombre de ecografías sociales?
—Sí, ese nombre se lo puse yo.
—¿A partir de qué momento del embarazo se pueden hacer?
—En cualquier momento, pero se hacen especialmente para ver la cara del bebé, que es a partir de la semana 25 o 26. Antes, el bebé es muy chiquito y la imagen puede no ser tan linda. Entre las semanas 27 y 32, la ecografía 5D suele dar resultados muy gratificantes. Cuando encontrás una buena imagen y la familia se emociona, es realmente lindo.
—Es la primera foto del bebé.
—Exactamente. Muchas familias me mandan fotos de sus hijos recién nacidos y me dicen que son idénticos a la imagen 5D. A veces yo no les encuentro tanto parecido, pero eso depende de cada mirada. Publicamos esas fotos en mis redes, sean los bebés lindos o feos, porque quiero reconocer el esfuerzo de las mamás que, en pleno puerperio, se toman el tiempo de sacarles una foto y mandármela. ¡Si no tienen tiempo para nada!
—¿Cuántas ecografías sociales puede hacerse una mamá durante el embarazo?
—Generalmente, con una alcanza.
—O sea que la frenás vos, porque yo me acuerdo que, cuando estaba embarazada, podía ir cada dos semanas.
—Podés venir todas las veces que quieras, pero yo las freno porque no tiene sentido que vuelvan a pagar por lo mismo. Además, cuando vienen a hacerse otro tipo de ecografía, muchas veces les vuelvo a mostrar al bebé porque me gusta.
—¿Cuál es la ecografía que a vos más te emociona hacer?
—Para mí la ecografía más interesante, desde el punto de vista técnico, es el scan morfológico de las semanas 21 o 22, porque permite evaluar la anatomía del bebé, buscar posibles alteraciones y detectar algunas patologías que incluso pueden tratarse dentro del útero. Además, exige mucha habilidad del ecografista para conseguir todas las imágenes que necesita. Yo suelo disponer de media hora para hacerlo y mientras voy explicándole a la paciente qué estoy buscando y por qué. La ecografía no es solamente una cuestión manual: hay que hablar, explicar qué vamos a hacer y qué significa cada cosa para que se queden tranquilos.
—¿Esa es la ecografía que a vos más te conmueve?
—Todas pueden conmoverte, porque en cada ecografía podés encontrar algo diferente. Si venís a controlar la vitalidad del bebé y está todo bien, es una alegría. Pero también puede pasar lo contrario y si veo que el bebé no está bien, tengo que agarrar el teléfono y llamar al médico. Y hay que hablarlo delante de la paciente, porque el bebé es de ella.
—¿Cómo se le dice a una familia que no hay latido?
—Es una situación muy difícil. Cuando ocurre en el primer trimestre, la paciente se da cuenta de que algo pasa porque yo demoro en decirle que está todo bien, algo que normalmente hago enseguida. Empiezo a buscar y, cuando le digo que no veo latido, muchas veces ya entiende la situación, pero también hay que explicarle qué significa. Casi el 30 por ciento de los embarazos se pierde y, aunque no tengo el dato exacto, el 80 por ciento de esas pérdidas se debe a causas genéticas. A veces, si se detuvo un embarazo es porque la madre naturaleza es mucho más sabia que todos nosotros y nos hizo el favor de que se detenga, entre comillas.
—De alguna manera, no iba a avanzar, por un motivo u otro.
—O llega a la semana 12 con complicaciones. Cuando uno explica esto, la mitad del vaso lleno, la gente se va triste, llorando, pero lo entienden y vuelven. Y eso es lo más importante, cuando a un obstetra o a un ecografista le va mal con una paciente, puede pasar que no vuelva a atenderse con él. Nos pasó a todos, porque no somos infalibles. Pero muchas de las personas que reciben la noticia de que el embarazo se detuvo vuelven si uno se los explica bien y eso significa que el vínculo quedó.
—Comunicar que no hay latido en el primer trimestre es doloroso, porque están en juego las expectativas y los sueños de esa pareja. ¿Qué pasa cuando el embarazo está más avanzado?
—Es complicadísimo. Desde el segundo trimestre, la pareja ya puso muchas expectativas: empieza a armar la habitación y a imaginar cómo será la vida con el bebé. A todos los obstetras y ecografistas nos tocó atravesar una situación así. Yo me siento completamente identificado con el feto y con todo lo que implica, no puedo decirle a la paciente que está todo bien y mandarla a hablar con su médico sin explicarle nada. Eso sería cruel, entonces le informo lo que veo. Las reacciones son muy distintas, pero hay que estar ahí y abrazarla.
—Se pone el cuerpo.
—Y transmitir que uno también está emocionado, porque uno está shockeado en ese momento. Si estás frente a un embarazo de 30, 35, 36 semanas, o incluso un poquito más que me ha tocado, antes del término, es muy fuerte y hay que estar al lado de la paciente. A los alumnos les explico que tienen que desarrollar empatía rápidamente, incluso antes de apoyar el transductor, porque uno nunca sabe qué va a encontrar. La facultad no te enseña eso. ¿Cómo lo aprendí yo? No lo sé, la vida.
—Pero uno se sigue poniendo mal ante esa situación.
—Sí, claro. Llego a casa y lo comparto en familia, mi mujer es nutricionista, tiene una espalda grande y me contiene.
—¿Qué es lo más lindo de decirle a una paciente?
—La gratificación es poder decirles que está todo bien. Las pacientes que me conocen esperan que las felicite y a veces termino de hacer el estudio y me dicen: “Te falta una palabra”. Y sí, me olvidé de decir “felicitaciones”. También me emociono cuando hago una ecografía 5D y la imagen queda bien. Es una experiencia muy linda para todos.
—Hoy también se puede analizar el ADN fetal. ¿Para qué sirve?
—El ADN fetal proviene de fragmentos que libera la placenta, llamada trofoblasto. Al analizar cuánto material genético hay de cada cromosoma, podemos detectar si hay una cantidad diferente de la esperada y sospechar alguna patología. Es un estudio muy certero, con una sensibilidad del 99,9%, y se hace en la Argentina. En Buenos Aires, un alto porcentaje de las pacientes que veo ya se lo hicieron, lo que facilita mucho mi trabajo; en el interior todavía hay menos posibilidades de acceder. Por eso sigue siendo importante la translucencia nucal (TN), que combinada con marcadores bioquímicos, permite detectar alrededor del 92% de las patologías que buscamos.
—¿La TN se basa en estadísticas?
—Trabajamos con un programa desarrollado por Kypros Nicolaides, un médico chipriota que vive en Londres y es una referencia mundial en medicina fetal. Ingresamos los datos de las mediciones ecográficas, que deben hacerse de una manera determinada, junto con los resultados bioquímicos, y con esa información, el programa calcula el riesgo.
—¿Y a partir de ese resultado decidís si conviene hacer un estudio más invasivo?
—Yo siempre digo que si ese número te deja tranquila, cada uno decide cómo seguir. Hay padres que dicen que no quieren correr ningún riesgo y en esos casos, se puede recurrir al ADN fetal o a una punción. Pero cuando el riesgo es muy bajo, como uno en 5.000, el riesgo del procedimiento invasivo puede ser mayor, por eso hay que explicar bien las opciones. La ecografía no consiste solamente en saber manejar el equipo y hacer las mediciones, también hay que conversar con la paciente.
—¿Sigue siendo algo muy costoso o ya lo cubren las prepagas?
—Ahora hay algunas prepagas que lo cubren. Sino tiene un costo que en relación a lo que costaba anteriormente, bajó, pero no es barato, no está accesible a toda la población general. No se puede realizar en hospitales públicos, pero sí se puede hacer la translucencia nucal.
—Cuando una familia recibe un resultado tiene que decidir qué hacer con esa información. ¿Cómo se aborda eso?
—Muchas veces me preguntan: “¿Usted qué haría?”. Yo no puedo responder eso, porque estaría induciendo una decisión y cada persona tiene que saber qué quiere para su vida. Hay patologías cuyo pronóstico puede ser muy complicado durante el embarazo o después del nacimiento, y eso hay que explicarlo. La salud mental también es muy importante, por eso son decisiones individuales, que deben tomarse con información y acompañamiento.
—Y después están las familias que vuelven con el bebé.
—Eso es muy emocionante. Que te traigan al bebé, con regalo o sin regalo, no importa. Lo lindo es que vuelvan y ver la cara de felicidad de la mamá y del papá. Yo a veces les hice cinco o seis ecografías durante el embarazo y después los tengo ahí, con el bebé en brazos.
—¿Les buscan parecidos en las ecografías?
—Sí, todos los días. También te mandan la foto de la 5D y la del bebé recién nacido sacada de la misma manera que estaba en la panza. En las ecografías también dicen si tiene un parecido a tal, o los labios de tal y yo me callo la boca, porque es parte del juego y la dinámica, entre comillas, de ese show que realmente es muy gratificante.
—¿Cuándo empezaron a aplicar inteligencia artificial?
—Hace unos dos años empecé a utilizar inteligencia artificial para recrear las caras. No siempre sale bien: si el bebé está muy cubierto o no se distinguen la nariz, la boca o los ojos, el resultado puede ser malo. Yo les recomiendo hacerlo si tienen ganas, pero no es obligatorio, hay gente a la que no le gusta. Hasta tengo otro programa que hace sonreír, abrir los ojos, es demasiado verso. A mi nieta se lo hice aunque mi hija no quería, pero son las libertades que tengo (risas). Lo vimos con mi mujer y fue parecida al final.
—Pero esto del abrir los ojos, la sonrisa, no sabés cómo va a sonreír.
—No, pero los bebés abren los ojos dentro del útero y se sonríen, o hacen gestos como que se enojan, creo que es algo propio de la neurología. Y ahí nos emocionamos todos, incluido yo.
—Me encanta que te sigas emocionando. Sos el preferido de las famosas, te aman. Contame con quienes estuviste.
—Muchos. Atendimos a una tanda de jugadores de fútbol: le hicimos la ecografía a Julián Álvarez y a Nahuel Molina, después tuvieron los partos afuera. Muy agradables los dos.
—¿Choluleaste a alguien?
—A todos. Estoy atendiendo a algunas famosas que no puedo decir pero hay entre ellos jugadores de fútbol, entonces una vez que veo que está todo bien, que viene la felicitación, les pido una foto, una camiseta firmada. Soy fanático de River, pero viene cualquiera de San Lorenzo o de Boca y les pido también.
—Puede entrar al consultorio la persona más importante de la tierra y para esa persona, en ese momento, vos sos la persona más importante de la tierra.
—Sí yo me considero así sabés. Y eso me hace a esta edad mía seguir trabajando. Me emociono con eso. Y el cholulaje siempre está. El que dice que no, bueno.
—¿Alguna vez tuviste que manejar situaciones especiales por la privacidad de una paciente famosa?
—Sí, alguna vez pasó que una paciente quería que nadie la viera. Venía con varios autos y guardaespaldas, y había que hacer la ecografía a las once de la noche para que no hubiera nadie en la sala de espera. Hasta que un día dije que eso se había terminado, que tenía que venir como cualquier paciente y empezó a venir normalmente. En el segundo embarazo, vino de nuevo. Siempre respeté la privacidad de mis pacientes, atendí embarazos desde el primer trimestre y nunca salió de mí una información. Eso es una responsabilidad enorme.
—¿Existe el instinto de la mamá que siente qué sexo tendrá el bebé?
—Sí, es una situación que veo. La intuición no siempre acierta, por supuesto, pero a veces sucede.
—¿Las parejas siguen eligiendo no saber el sexo del bebé?
—Sí, aunque cada vez son menos. Algunas se hacen el ADN fetal y tildan la opción para que no les digamos el sexo. Otras quieren que se lo comuniquemos en un sobre para organizar una revelación de género. Antes me negaba a escribirlo, pero después encontré una manera: les pido que vengan con alguien de confianza y se los muestro directamente.
—¿Te gusta la fiesta de revelación del género?
—Hay que respetar todo. Hay cada día más y hay gente que gasta mucho dinero con todo esto.
—Hay cumpleaños de un año que son más importantes que casamientos.
—Que fiestas de 15, claro, sí.
—¿El monitoreo también es parte del universo ecografías o ya es otro?
—Es ultrasonido. Mi primer contacto con el ultrasonido fue en el año 80, un monitoreo fetal. Pero realmente no me gusta, no hay mucho arte ahí.
—¿Vos atendiste el parto de tus hijas?
—Sí. Carolina, mi hija mayor, quería que se las hiciera yo sí o sí. Pero para mí cada estudio era un suplicio, porque uno está preparado para comunicar cosas buenas y cosas malas, pero no a las personas más cercanas. Ella es muy pragmática y me había dicho: si hay algo malo me lo decís abiertamente. Por suerte, todo anduvo bárbaro.
—Si mi papá es el mejor, ¿por qué no voy a querer que me lo haga el mejor?
—Con mi otra hija, Daniela, fui a Estados Unidos, donde la atendía un grupo de médicos que le hizo un scan fetal y le pregunté a ella si quería que la revisara y me dijo que sí. Entonces busqué algo que siempre trato de ver en las ecografías, que es el cuerpo calloso, una estructura del cerebro que no le habían revisado en ninguno de los estudios anteriores y estaba. Con eso ya me quedé tranquilo. Pero, más allá de eso, a veces no es fácil tener que comunicarles algo que no está bien a los pacientes, y mucho menos a tus propios hijos.
—¿Quién pregunta más durante la ecografía: la mamá o el papá?
—Generalmente, la mamá y los papás están mirando ahí recelosos. En alguna oportunidad preguntan ellos, pero la que maneja la situación es la mamá, que suelen llegar con más información porque leen, consultan. Con todo respeto lo que digo, se empoderan y tienen derecho porque tienen al bebé en la panza. Pero bueno, lo generó con el marido, yo siempre les digo: “Vos hiciste un laburo muy importante”.
—Las mujeres sin ellos, podemos. Ellos sin nosotras, es difícil.
—Sí, es muy filosófico todo eso, pero tenés razón. Ahora hay trasplantes de úteros con los que se han tenido partos después. Es una técnica muy complicada: se trasplanta para hacer un in vitro, se embarazan y después hay que retirarlo.
—¿Cuál fue el avance científico que más cambió el embarazo durante tu carrera?
—La ecografía, sin ninguna duda. Le dio un vuelco total al embarazo y cambió la medicina fetal. Después aparecieron el ADN fetal y otros avances, pero para mí la ecografía fue lo que transformó todo. Me recibí en 1976, con diploma de honor. Ahora van a cumplirse 50 años y me convocaron para recibir un reconocimiento. En todo este tiempo vi cambios increíbles en la reproducción y en el ultrasonido.
—Mike, ¿hay algo que no hayamos hablado que te parezca importante contar?
—Que respeten las indicaciones médicas y que se animen a preguntar si sienten que no les están pidiendo los estudios necesarios. Desde una ecografía transvaginal hasta la translucencia nucal, el scan fetal o los estudios para evaluar la vitalidad del bebé, cada control tiene su importancia. También hay estudios que permiten evaluar el riesgo de preeclampsia, una complicación grave del embarazo que se detecta ya en la semana 12 y que con una aspirina y media de 100 miligramos se reduce el riesgo en un 90 por ciento. El médico tiene la obligación de formarse y explicar, y las pacientes tienen derecho a saber qué estudios necesitan y por qué.
—¿Hasta qué edad te encontrás pacientes?
—Yo he visto pacientes de 52 años que hacen ovodonación y hace poco se conoció en Córdoba el caso de una mujer de 62. La maternidad cambió, vienen muchas mamás solas y no es que estaban esperando el príncipe azul, sino que la vida se les pasó porque se formaron, estudiaron y cuando llegaron a los 38, 39 años, deciden ser mamás, así como otras no lo quieren ser y hay que respetarlo. A veces me dicen: “¿Está bien lo que hice?”. Y yo les respondo que, por supuesto, está bien. Es su derecho ser mamá y nadie puede quitárselo. Y vos sabés que la mayoría de las veces que digo esto la gente me abraza.
—Y hacer un tratamiento también cuesta, hay que ponerle el cuerpo.
—Los tratamientos no son fáciles, y no hablo solamente de lo económico. También implican un esfuerzo personal y emocional. Por suerte, las técnicas mejoraron y las posibilidades son mayores. Además, cuando una mujer está sola y tiene un bebé, su mamá, su futura abuela, o el resto de su familia la acompaña. Eso muestra que la sociedad cambió y entonces la mentalidad de los médicos también tiene que cambiar.
—Como mujer, encontrar profesionales empáticos, que te expliquen lo que pasa y te cuiden en un momento de tanta vulnerabilidad, es un montón, así que muchísimas gracias.
—“Soy médico de fetos”, le escuché decir a un médico joven que ahora está en Estados Unidos y me quedó dando vueltas. Y sí, eso soy: el médico del bebé.