Comemos mucho, nos alimentamos poco

2026/10/24

Un niño y una niña sentados a una mesa de madera con un tazón de lentejas, un plato de pescado con ensalada, limones y aguacates

Alimentos como la carne, los huevos, la leche y la quinua aportan nutrientes esenciales para el desarrollo y la protección del organismo. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Cada 16 de octubre, el Día Mundial de la Alimentación nos recuerda que el hambre, la desnutrición y la inseguridad alimentaria siguen siendo deudas pendientes. En el Perú, sin embargo, la efeméride debería obligarnos a mirar un problema más incómodo: no solo comemos poco, también comemos mal.

Comer es un acto tan cotidiano como caminar o hablar, pero infinitamente más vital. Se puede dejar de caminar y seguir viviendo; dejar de comer, o comer mal de forma sostenida, daña la salud tanto como dejar de respirar. La diferencia es solo el tiempo.

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Olla de estofado humeante rodeada de repollo, brócoli, tomates, choclo, zanahorias, champiñones, manzanas, peras, naranjas, plátanos, frambuesas, legumbres, avena, arroz y pan.
Una alimentación balanceada exige combinar los distintos grupos de alimentos de acuerdo con la edad, el sexo y el nivel de actividad de cada persona. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los alimentos son el vehículo de sustancias complejas que fortalecen al organismo y le permiten enfrentar la enfermedad. Un vaso de leche aporta proteína de alta calidad, calcio y vitamina D. La carne suma hierro y zinc. La clara del huevo ofrece una proteína excepcional, y la yema, fósforo y colina, claves para el desarrollo y la protección del cerebro. Cereales como la quinua o la kiwicha y tubérculos como la papa o el camote proveen carbohidratos; los frutos secos, grasas saludables y vitamina E; las frutas y verduras, vitaminas, minerales y antioxidantes.

Combinamos estos alimentos por tradición, cultura o economía (arroz con lentejas, pan con leche), pero esa mezcla debería responder a lo que cada persona necesita según su edad, sexo, salud y actividad física. Cuando la dieta incluye todos estos grupos con regularidad y en la cantidad justa, ni más ni menos, hablamos de una alimentación balanceada. Esa es la meta. Y también la distancia que nos separa de ella.

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Ilustración de un niño junto a una regla de madera, una pantalla con gráficos, un sensor en su brazo y un plato con huevos, aguacate y verduras.
La anemia por deficiencia de hierro perjudica al 36.1% de los niños menores de tres años y al 22.7% de las mujeres en edad fértil. (Imagen Ilustrativa Infobae)

En el Perú conviven la desnutrición y la sobrenutrición, y en ambos extremos se concentra buena parte de la población.

Según la FAO, en 2024 la inseguridad alimentaria moderada o severa alcanzó al 51.7% de los peruanos: más de la mitad del país tuvo dificultades para conseguir alimentos o, simplemente, no pudo hacerlo. El 12.1% de los menores de cinco años sufre desnutrición crónica, una condición que compromete su crecimiento y desarrollo de por vida. La anemia por deficiencia de hierro afecta al 36.1% de los niños menores de tres años (uno de cada tres) y al 22.7% de las mujeres de 15 a 49 años.

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En el otro extremo, más del 60% de los mayores de 15 años tiene sobrepeso u obesidad. El exceso de peso alcanza al 8.6% de los niños menores de cinco años y al 38.6% de quienes tienen entre 6 y 14 años. No es exceso de nutrición, sino de calorías: mucho carbohidrato y poca proteína de calidad, vitaminas y minerales. Hambre y obesidad son dos caras de la misma moneda: una dieta pobre.

Platos de comida gourmet y un trofeo junto a personas que reciben comida de una olla común en un asentamiento de Lima.
Una composición expone la brecha entre la alta cocina premiada del Perú y el uso de ollas comunes en sectores vulnerables de Lima. (Imagen Ilustrativa Infobae)

¿Qué hacer? Primero, escuchar a quienes saben. Nuestra política pública está llena de supuestos expertos cuyo aporte real es mínimo. Una revisión reciente de información oficial de 18 países latinoamericanos concluyó que el Perú es el único con una política integral de prevención de la anemia ferropénica. El dato podría enorgullecernos si no fuera porque nuestras tasas de anemia infantil siguen entre las más altas del continente. Tenemos la política; nos falta que funcione.

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Eso exige que los nutricionistas participen en el diseño y la evaluación de los programas, que las intervenciones se midan por resultados y no por anuncios, y que la educación alimentaria llegue a las familias, los mercados y las escuelas.

El Día Mundial de la Alimentación no debería quedarse en una fecha del calendario. En un país que es potencia gastronómica y despensa de alimentos de enorme valor nutricional, que un niño crezca con anemia o con obesidad no es una fatalidad: es una decisión que, como sociedad, seguimos postergando. La pregunta no es cuánto comemos, sino qué tan bien estamos alimentando nuestro futuro.

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Dr. Robinson Cruz