
Cada 16 de octubre, el Día Mundial de la Alimentación nos recuerda que el hambre, la desnutrición y la inseguridad alimentaria siguen siendo deudas pendientes. En el Perú, sin embargo, la efeméride debería obligarnos a mirar un problema más incómodo: no solo comemos poco, también comemos mal.
Comer es un acto tan cotidiano como caminar o hablar, pero infinitamente más vital. Se puede dejar de caminar y seguir viviendo; dejar de comer, o comer mal de forma sostenida, daña la salud tanto como dejar de respirar. La diferencia es solo el tiempo.
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Los alimentos son el vehículo de sustancias complejas que fortalecen al organismo y le permiten enfrentar la enfermedad. Un vaso de leche aporta proteína de alta calidad, calcio y vitamina D. La carne suma hierro y zinc. La clara del huevo ofrece una proteína excepcional, y la yema, fósforo y colina, claves para el desarrollo y la protección del cerebro. Cereales como la quinua o la kiwicha y tubérculos como la papa o el camote proveen carbohidratos; los frutos secos, grasas saludables y vitamina E; las frutas y verduras, vitaminas, minerales y antioxidantes.
Combinamos estos alimentos por tradición, cultura o economía (arroz con lentejas, pan con leche), pero esa mezcla debería responder a lo que cada persona necesita según su edad, sexo, salud y actividad física. Cuando la dieta incluye todos estos grupos con regularidad y en la cantidad justa, ni más ni menos, hablamos de una alimentación balanceada. Esa es la meta. Y también la distancia que nos separa de ella.
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En el Perú conviven la desnutrición y la sobrenutrición, y en ambos extremos se concentra buena parte de la población.
Según la FAO, en 2024 la inseguridad alimentaria moderada o severa alcanzó al 51.7% de los peruanos: más de la mitad del país tuvo dificultades para conseguir alimentos o, simplemente, no pudo hacerlo. El 12.1% de los menores de cinco años sufre desnutrición crónica, una condición que compromete su crecimiento y desarrollo de por vida. La anemia por deficiencia de hierro afecta al 36.1% de los niños menores de tres años (uno de cada tres) y al 22.7% de las mujeres de 15 a 49 años.
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En el otro extremo, más del 60% de los mayores de 15 años tiene sobrepeso u obesidad. El exceso de peso alcanza al 8.6% de los niños menores de cinco años y al 38.6% de quienes tienen entre 6 y 14 años. No es exceso de nutrición, sino de calorías: mucho carbohidrato y poca proteína de calidad, vitaminas y minerales. Hambre y obesidad son dos caras de la misma moneda: una dieta pobre.

¿Qué hacer? Primero, escuchar a quienes saben. Nuestra política pública está llena de supuestos expertos cuyo aporte real es mínimo. Una revisión reciente de información oficial de 18 países latinoamericanos concluyó que el Perú es el único con una política integral de prevención de la anemia ferropénica. El dato podría enorgullecernos si no fuera porque nuestras tasas de anemia infantil siguen entre las más altas del continente. Tenemos la política; nos falta que funcione.
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Eso exige que los nutricionistas participen en el diseño y la evaluación de los programas, que las intervenciones se midan por resultados y no por anuncios, y que la educación alimentaria llegue a las familias, los mercados y las escuelas.
El Día Mundial de la Alimentación no debería quedarse en una fecha del calendario. En un país que es potencia gastronómica y despensa de alimentos de enorme valor nutricional, que un niño crezca con anemia o con obesidad no es una fatalidad: es una decisión que, como sociedad, seguimos postergando. La pregunta no es cuánto comemos, sino qué tan bien estamos alimentando nuestro futuro.
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