Hubo un tiempo en el que los ballets en televisión se presentaban como un artista estelar más. Los más longevos televidentes todavía recuerdan al Ballet Zoom, que llegó a tener hasta sintonía identificativa propia. El director Valerio Lazarov sabía otorgar de entonación de estrellas a los protagonistas de su show. Las bailarinas y bailarines lo eran. Los coreógrafos, también. Así cogió rango de estrella nacional el italiano Don Lurio. O Gisa Geert, Ricardo Ferrante o Sally O´Neil.
Pero con la escuela de José Luis Moreno todo empezó a cambiar en los grandes programas espectáculo. La televisión era más grande y el ventrílocuo llenaba sus decorados de hasta tres tipos de ballets: el "pop", el “español” y el "sexy", cantera de Yola Berrocal.
La premisa mutaba. Más importante del lado artístico, era que el fondo del decorado estuviera repleto de gente que transmitiera el ambiente de fiesta gigante. Muchos de estos programas además eran en directo y los trabajadores soportaban una presión laboral sin piedad. Los bailarines debían aprenderse varias coreografías en tiempo récord y no siempre en las mejores condiciones.
La interpretación del bailarín quedó fagocitada por una falta de dirección artística. Todo estaba al servicio del nervio que transmite sensación de acontecimiento inmenso, pero en el que se pierde la experiencia creativa que es la tele. Muchas luces sin ton ni son, muchos aplauso constante, mucha ida y venida a lo loco. El percal era salvado por los buenos cámaras y realizadores que tenía la curtida TVE, como Lorenzo Zaragoza, capaz de hacer realizaciones sublimes del caos del brilli brilli y el cartón piedra de las Noches de Fiesta.
Ahora no hay demasiados grandes programas musicales. Se cuentan con los dedos de la mano. Menos aún con un elenco de baile fijo, palabra que es crucial: porque la audiencia fiel reconoce a las bailarinas y bailarines. Vuelven a ser protagonistas del show al estilo de los setenta y ochenta, al estilo de aquellos Un, dos, tres... donde cada personaje frente a la cámara tenía un papel, pero con la actitud aprendida hoy. Porque en eso sí que la televisión ha cambiado a mejor. Hay una profesionalización de los bailarines en la tele. No realizan solo los pasos de la coreografía, interpretan con el carácter con el que se traspasa a cámara. Sucede en Tu cara me suena (coreografiado por Miryam Benedited), como también en el Benidorm Fest (coreografiado por Borja Rueda), OT (coreografiado por Vicky Gómez), pasó con BSO de Emilio Aragón de Movistar Plus (coreografiado por Iker Karrera) y los últimos especiales con actuaciones musicales propias de Cachitos de hierro y cromo (coreografiados por Estíbaliz Mardones y Cristian Soto).
Un oficio en la que no hay trabajo fijo, en el que puedes estar en el prime time más visto, bailar con la artista del momento y, cuando se apagan los focos, sentir el vacío profesional de qué pasará mañana. Siempre con esa trampilla de la inestabilidad bajo tus pies. Pero, a pesar de todo, ya no son solo un fondo de plano. Incluso buscamos sus nombres propios en los créditos de los programas. Yanira Ruiz, Ana Acosta, Lohitzune Rodríguez, Rafa Soto, Marc Montojo, Pol Soto, Yeray Costa, Zulema Santana, Nora hidalgo, Álvaro Gómez, Saydi, Sam Vázquez, Estefanía Granados, Pablo Brotons , Benjamin Brousse, Valeria Nieto, Daniel Lozano...
Cuando no son un mero truco para abarrotar de libido el fondo del decorado, alcanzan el más difícil todavía entre tanto impacto audiovisual: contar. Hasta quedarnos con su cara.