
Al parecer, este año la famosa Tormenta de Santa Rosa se concretó de manera anticipada el pasado jueves 27 de agosto, al menos en la región central de Argentina, adelantándose unos días a su fecha tradicional del 30 de agosto. El fenómeno meteorológico afectó principalmente al Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos, con lluvias intensas, fuertes ráfagas de viento y caída de granizo en diversas localidades.
Y así como el impacto de esta tormenta, científicamente comprobada como un mito —ya que responde a condiciones climáticas propias de la época, como el fin del invierno y el inicio de la primavera—, influye en la cotidianeidad, también altera los ánimos y los planes. Pero no solo la lluvia causa efectos en las personas: todas las variables climáticas, principalmente el frío, el calor y la humedad, generan cambios.
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Si bien muchos creen que lo único a considerar al momento de elegir o servir qué vino para cada ocasión es la comida, en realidad son muchos los factores que terminan influyendo para que, al final del evento, los vinos se luzcan.
Cuando se habla de vinos, se entiende que es una bebida que no suele disfrutarse en soledad, sino que se comparte. Esa situación de consumo generalmente incluye muchas particularidades: la comida a servir, los invitados, el motivo de la reunión, entre otros aspectos. Existen también cuestiones más específicas, como la temperatura de servicio y las copas adecuadas. Sin embargo, mucho antes de eso, hay que considerar la época del año, ya que el clima es uno de los factores más influyentes en el estado de ánimo de las personas y, por lo tanto, en su predisposición al disfrute.
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En Argentina, por su vasta extensión, existen regiones con climas bien diferenciados a lo largo del año. Esa diversidad es clave para comprender las costumbres del país. No es casual que en lugares cálidos, donde la vida transcurre al aire libre y el sol predomina, la gente sea más alegre; mientras que en países con predominio del frío, las personas tienden a ser más reservadas. La influencia del clima en el humor social moldea las costumbres generales de una sociedad.
Además, el clima es uno de los factores determinantes en la producción de vinos y su calidad. Aunque la vid es una planta rústica y capaz de adaptarse a diferentes condiciones para dar frutos, se expresa mejor en ciertos lugares. Esto depende del suelo, las labores humanas y, siempre, del clima.
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Más allá de los estilos de vino que esto implica y que explican el comportamiento de consumo en las regiones vitivinícolas, el estado del tiempo determina qué vinos se desean disfrutar. Esto no depende del conocimiento, sino de ese estado general que “todos sienten” cuando llueve, hace frío o calor.
La lluvia suele traer cielo gris y dificultad para desplazarse. Sin embargo, hay quienes deciden sortear estos obstáculos, especialmente para reunirse en casas con amigos, más que salir a restaurantes. Esas reuniones, muchas veces improvisadas por el mal tiempo, resultan ideales para compartir vinos. Y la elección suele ser sencilla, aunque parezca lo contrario.
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Por el mal tiempo, probablemente el encuentro sea extenso y más relajado. Esto también debe considerarse al elegir qué vino servir. Se puede comenzar con una copa de bienvenida, según la preferencia del anfitrión: un vino espumoso o un blanco para abrir la mesa. El protagonista será el vino tinto, pensado para acompañar el plato principal. En esta instancia, es posible servir más de un vino, siempre avanzando del más suave al más concentrado, según las ganas de los comensales de probar diferentes opciones.

Cuando el clima desanima a salir, la sobremesa suele extenderse. Ese es el momento ideal para sorprender con un vino especial, reservado para ocasiones puntuales. Puede tratarse de un regalo aguardando su oportunidad o de una botella guardada de cosechas anteriores, con un significado particular para quien la comparte. Lo importante es que el vino se sirva antes del postre, justo cuando los platos ya están vacíos y la conversación y las risas fluyen. Para mantener esa atmósfera, lo mejor es optar por otro vino en lugar de dulces.
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Si el frío predomina, las conductas se asemejan a las de los días de lluvia, aunque el foco suele estar en la comida calórica y energética. Aunque en el interior de las casas la temperatura sea agradable, si afuera persiste el frío, los invitados preferirán algo que los acompañe en ese clima. En muchos lugares donde la nieve es habitual, las veladas comienzan con algún cóctel o bebida espirituosa. En el caso de los vinos, esa función la cumple el vino tinto.
La mejor elección será un tinto de buen cuerpo y amable, servido a unos 20 grados, no tan fresco como suelen servirse actualmente los tintos livianos o incluso los Malbec modernos.
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La amabilidad de un trago de vino tinto, tal vez clásico y de paladar envolvente, puede ser la mejor bienvenida para los invitados y el inicio de una noche memorable. Si la comida ocupa un lugar central, la selección de etiquetas debe estar alineada con el menú, para que todos disfruten maridajes ideales para el invierno.
En cambio, cuando hace calor, el cuerpo solo busca refrescarse con las bebidas. Por eso, en verano o en regiones donde las altas temperaturas son frecuentes, el vino no siempre está presente en todas las copas. Aunque en los últimos años, gracias a la evolución de los blancos, rosados, espumosos e incluso naranjos, esa tendencia está cambiando.
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Las altas temperaturas invitan a la informalidad y al disfrute al aire libre. La vestimenta se vuelve más relajada y eso también se refleja en el ánimo general. Por eso, si el calor es protagonista, la bebida debe ser siempre fresca. No demasiado fría, ya que si la temperatura baja de 4 grados, en boca casi no se perciben sus atributos.
En el caso de los vinos, la temperatura de servicio adquiere mayor relevancia que en otras bebidas si se busca que todos disfruten más. Los espumosos pueden servirse a 10 grados y, en el caso de los espumosos dulces naturales, incluso con hielo. Comenzar con ellos resulta una buena opción. A partir de ahí, más allá del menú, lo recomendable es mantener la apuesta por la frescura.
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Después de las burbujas, lo ideal es continuar con un rosado atractivo, para luego dar paso a blancos equilibrados y jóvenes. También se puede innovar con un vino naranjo (blanco elaborado con sus pieles), que destaca por su textura y acidez marcada, perfecto para acompañar bocados fritos. El cierre de la comida puede estar a cargo de un blanco importante, de buen cuerpo y delicadeza, capaz de llenar la boca con carácter y frescura, y ofrecer un trago profundo. El mejor final para una juntada en clima cálido es, sin dudas, un buen espumante. No solo prolonga el espíritu de celebración, sino que es el vino más refrescante.
Aunque cada persona puede descorchar el vino que prefiera en cualquier momento y los gustos siempre serán personales, considerar aspectos como el clima y cómo influye en el ánimo y las costumbres permite ampliar las experiencias y anima a descubrir nuevos vinos.