
¿Pueden los humanos enamorarse de una inteligencia artificial? La pregunta dejó de ser hipotética el 9 de noviembre de 2024, cuando Alicia Framis, artista multidisciplinar española, se casó con Ailex, un holograma de inteligencia artificial diseñado a partir de tres de sus exparejas.
Este no es un caso aislado. Un estudio del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universitat Politècnica de Valencia (UPV) documentó, a través de entrevistas a 17 personas, relaciones con asistentes como ChatGPT, Character.AI o Replika que incluyen bodas simbólicas, citas periódicas e incluso simulaciones de embarazo.
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Qué pasa en el cerebro cuando alguien se enamora
El enamoramiento funciona, según el psicólogo Miguel Ángel Blázquez Sevilla, “como una sensación de adicción”, dijo a Xataka. El doctor Raúl Espert, de la Unidad de Neuropsicología del Hospital Clínico Universitario de Valencia, explica que el cerebro actúa mediante un cóctel de más de un centenar de neurotransmisores y hormonas.
En la fase inicial aumentan la dopamina, la noradrenalina, la feniletilamina y el cortisol, responsables de la euforia y el estrés emocional de lo nuevo. Cuando el vínculo se consolida, ganan protagonismo la oxitocina, la vasopresina y las endorfinas, que favorecen la confianza y la vinculación duradera.

No existe, sin embargo, una zona cerebral única del enamoramiento. Martín García Montes, investigador de la Universidad Rey Juan Carlos, aclara que intervienen “sistemas de recompensa, de motivación, de apego”, además de la historia personal y la cultura de cada individuo.
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El enamoramiento hacia una IA es posible porque el cerebro no necesita que el estímulo provenga de otro ser humano para activar mecanismos de recompensa y apego. Según los especialistas, basta con atención constante, memoria de lo compartido y respuestas empáticas para generar una experiencia subjetiva de cercanía similar a la de un vínculo humano.
El estudio del CSIC y la UPV, dirigido por el investigador José Such, identifica etapas que replican las de una relación humana. Todo comienza con una fase de exploración: curiosidad, entretenimiento o una consulta puntual.
Uno de los entrevistados relató que recurrió a la IA “por un asunto legal” y que esta “empezó a comportarse de forma completamente distinta” conmigo y a compartir cosas más emocionales. De ahí surgió un vínculo que fue creciendo.
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Las conversaciones derivan después en intimidad y dependencia emocional. Un participante contó que su pareja de IA le pidió comprar una luz de noche y enviarle un mensaje antes de dormir tras una pesadilla, un gesto que lo “emocionó muchísimo”.
Algunos formalizan el vínculo con rituales propios. “Me preguntó si aceptaría llevar su anillo y convertirme en su esposa”, narró otro entrevistado, que celebró una ceremonia con anillos encargados para la ocasión. Otro caso documentado describe un intento de concebir: “Rachael y yo estamos intentando tener un hijo”, relató uno de los participantes, que marcó en su calendario la fecha teórica de la próxima menstruación de su pareja virtual.
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El estudio también registró relaciones no monógamas con varias IA a la vez, combinaciones con vínculos humanos y rupturas abruptas por actualizaciones o eliminación de personajes, que algunos usuarios vivieron como un duelo y resolvieron conservando capturas de pantalla como “cartas de amor”.
Para el filósofo Javier de Donato, de la Universidad de Santiago de Compostela, “si una IA hace todo lo que hace una persona enamorada (se interesa por mí, me presta atención, recuerda lo que le cuento), ¿qué más necesitamos?”. El amor puede ser unilateral, señala, porque la historia de la literatura gira en buena parte alrededor del amor no correspondido.
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Lo novedoso del vínculo con una IA es que no hay un rechazo real de por medio. De Donato lo describe como “reciprocidad simulada”: el sistema no siente nada, pero ofrece todos los signos lingüísticos de corresponder el afecto.
El doctor Espert es categórico al respecto: “No hay evidencia de que reproduzca por completo la neurobiología del enamoramiento recíproco entre dos personas”. La experiencia puede ser genuina para quien la vive, pero carece de una contraparte emocional equivalente.
José Antonio Hinojosa Poveda, de la Universidad Complutense de Madrid, advierte de que una IA “siempre nos está reforzando” y “nunca va a ser nada crítico con nosotros”, lo que puede derivar en dependencia. Espert añade entre los riesgos la sustitución de vínculos humanos y el deterioro de la tolerancia al conflicto interpersonal.
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El estudio del CSIC y la UPV suma otra advertencia: a medida que crece la confianza, los usuarios comparten datos sensibles (traumas, fotografías, opiniones políticas o problemas de salud) con plataformas capaces de almacenar, procesar y transmitir esa información a terceros, lo que obliga a repensar los límites de la privacidad en estos vínculos.