La educación argentina enfrenta una contradicción cada vez más preocupante: mientras casi todos los adolescentes están dentro de las aulas, una proporción cada vez menor consigue avanzar en los tiempos previstos y adquirir los conocimientos fundamentales. Según un nuevo informe de Argentinos por la Educación, solo 19 de cada 100 jóvenes de 15 años transitan su escolaridad sin atrasos y alcanzan los niveles mínimos de aprendizaje en Lectura y Matemática, un resultado que expone las dificultades del sistema educativo para transformar la asistencia escolar en conocimientos efectivos.
El dato surge del informe Índice de Resultados Escolares en América Latina: ¿Calidad vs. Inclusión? El trabajo combina información de las pruebas internacionales PISA 2025 con encuestas de hogares de nueve países latinoamericanos para evaluar no solamente cuántos adolescentes concurren a la escuela, sino también cuántos lo hacen en el año correspondiente a su edad y con los aprendizajes esperados.
Los resultados muestran que Argentina alcanzó una cobertura escolar del 97% entre los adolescentes de 15 y 16 años, una de las más elevadas de América Latina. Sin embargo, cuando se incorporan las variables de sobreedad y desempeño académico, el porcentaje de jóvenes de 15 años que cumplen simultáneamente las condiciones consideradas por el estudio se desploma al 19%.
La diferencia entre ambos indicadores constituye una de las principales señales de alarma. Estar dentro de la escuela no necesariamente significa avanzar al ritmo esperado ni adquirir las herramientas básicas para continuar estudiando.
El índice no implica que el 81% restante de los adolescentes carezca por completo de conocimientos. Lo que establece es que solamente el 19% reúne al mismo tiempo tres condiciones: asistir a la escuela, cursar el grado correspondiente a su edad y alcanzar al menos el nivel mínimo de competencia tanto en Lectura como en Matemática.
UN DETERIORO QUE SE PROFUNDIZÓ DURANTE 16 AÑOS
La situación adquiere mayor gravedad al observar su evolución histórica. Lejos de tratarse de un resultado aislado, el estudio identifica un retroceso persistente en el desempeño educativo argentino desde 2009.
Ese año, el 26% de los jóvenes de 15 años cumplía las condiciones del Índice de Resultados Escolares (IRE). En 2012, el porcentaje descendió al 23%, un nivel que se mantuvo en 2018. Posteriormente, cayó al 22% en 2022 y finalmente alcanzó el 19% en 2025.
En términos concretos, Argentina perdió siete puntos porcentuales en 16 años, lo que representa una disminución relativa cercana al 27% respecto del nivel inicial.
El 19% constituye, además, el registro más bajo del país dentro de la serie analizada. Para 2015 no se dispone de un dato argentino comparable, debido a problemas de muestreo reportados en aquella edición de PISA.
La evolución resulta particularmente llamativa porque ocurrió mientras aumentaba la proporción de adolescentes escolarizados. En 2009, la asistencia de los jóvenes de 15 y 16 años alcanzaba el 90%. Para 2025, había trepado al 97%.
Es decir, el sistema consiguió incorporar a una mayor proporción de adolescentes, pero ese avance en inclusión no estuvo acompañado por una mejora equivalente en los resultados de aprendizaje y las trayectorias escolares.
LOS APRENDIZAJES BÁSICOS MUESTRAN UNA FUERTE CAÍDA
Uno de los datos más inquietantes del informe aparece al analizar específicamente el desempeño académico.
De acuerdo con los resultados de PISA utilizados en el estudio, en 2009 el 47% de los estudiantes argentinos evaluados alcanzaba simultáneamente el nivel mínimo de competencia en Lectura y Matemática.
En 2012, esa proporción había descendido al 40%. En 2018 se ubicó en el 37%, mientras que en 2022 cayó al 28%. La última medición, correspondiente a 2025, mostró un nuevo retroceso hasta el 25%.
De esta manera, la proporción de estudiantes evaluados que logra los conocimientos mínimos en ambas materias cayó 22 puntos porcentuales entre 2009 y 2025.
El resultado significa que apenas uno de cada cuatro estudiantes argentinos incluidos en la medición alcanza simultáneamente el nivel 2 de desempeño de PISA en Lectura y Matemática.
Ese nivel constituye el umbral de competencias básicas utilizado por la evaluación internacional. Para el cálculo del índice, los investigadores consideran a quienes obtienen al menos 407,47 puntos en Lectura y 420,07 puntos en Matemática.
El estudio destaca que alcanzar ese umbral en ambas áreas es una condición fundamental para considerar satisfactorios los aprendizajes.
La diferencia entre el 25% que alcanza los niveles mínimos en las pruebas y el 19% del índice general responde a que este último incorpora también la asistencia escolar y la progresión sin sobreedad.
Los datos revelan que el problema no se limita a las dificultades para avanzar de año: también existe un deterioro considerable en la adquisición de los saberes fundamentales.
MÁS ADOLESCENTES CURSAN CON ATRASO ESCOLAR
A la caída de los aprendizajes se suma otro fenómeno que el informe identifica como preocupante: el aumento reciente de la sobreedad.
Este indicador mide la proporción de estudiantes que, a los 15 años, cursan grados inferiores a los que deberían corresponderles según su edad.
En Argentina, la sobreedad había mostrado una mejora importante durante buena parte del período estudiado. En 2009 alcanzaba al 38% de los estudiantes de 15 años y, tras distintas fluctuaciones, había descendido al 16% en 2022.
Sin embargo, la medición de 2025 registró un cambio de tendencia: la proporción de adolescentes con sobreedad volvió a crecer hasta el 21%, cinco puntos porcentuales por encima del nivel registrado tres años antes.
El fenómeno puede estar asociado con distintas situaciones que alteran las trayectorias educativas, entre ellas la repitencia, el ingreso tardío al sistema escolar y las interrupciones temporales de la escolaridad.
El documento señala que las reglas de promoción, los criterios de evaluación, los límites de inasistencias y las condiciones para pasar de año también influyen sobre la evolución de las trayectorias.
En ese sentido, advierte que las discontinuidades educativas se profundizaron durante la pandemia de COVID-19, debido al cierre prolongado de establecimientos y las dificultades para mantener una vinculación pedagógica continua.
No obstante, el informe no atribuye exclusivamente a la pandemia el deterioro argentino, que ya se observaba en mediciones anteriores.
EL DESAFÍO DE APRENDER, ADEMÁS DE PERMANECER EN LA ESCUELA
La investigación plantea que las evaluaciones tradicionales ofrecen una mirada incompleta de los sistemas educativos cuando consideran únicamente los resultados académicos.
Un país puede presentar buenos puntajes entre los alumnos evaluados, pero mantener fuera del sistema a una proporción importante de adolescentes. También puede registrar niveles elevados de asistencia sin garantizar aprendizajes suficientes.
Por ese motivo, el Índice de Resultados Escolares integra las dimensiones de inclusión y calidad educativa.
En el caso argentino, esa combinación deja al descubierto una dificultad estructural: la expansión de la escolarización no consiguió traducirse en una mejora de los conocimientos básicos ni en un avance sostenido de las trayectorias.
La asistencia del 97% demuestra que el país logró mantener a la enorme mayoría de sus adolescentes vinculados con la educación formal. Sin embargo, el 19% que reúne las condiciones de escolaridad en tiempo y forma expone los límites de ese avance.
Los resultados también muestran que la dificultad no puede explicarse únicamente por la cantidad de estudiantes que repiten o se atrasan. Incluso entre quienes participan de las evaluaciones, los niveles de aprendizaje registran una caída pronunciada.
Así, el informe vuelve a colocar en el centro del debate educativo una cuestión que excede la presencia de alumnos en las aulas: cómo garantizar que el tiempo transcurrido dentro de la escuela se traduzca efectivamente en conocimientos, continuidad y oportunidades educativas.
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