Roberto Bolaño, José Saramago, Mario Vargas Llosa, Margaret Atwood... ¿A qué autor no ha capturado todavía con su cámara Daniel Mordzinski? El argentino, popularmente conocido como el fotógrafo de los escritores, sonríe cada vez que le hacen esta pregunta pero prefiere no contestar y guardarse sus futuros retos para él mismo. “Lo que puedo decir es que el primero fue Borges y, por ahora, el último David Uclés”, responde finalmente, mientras enseña en su teléfono una fotografía nocturna del autor de La península de las casas vacías tocando la guitarra frente al puente Luis I, a orillas del Duero. Ambos coincidieron hace unos días en el festiva Babell, que quiere hacer de Oporto uno de los mayores puntos de encuentros literarios de Europa.
Los festivales son precisamente el hábitat natural de Mordzinski, que ha empalmado este con el Mar de palabras de Santo Domingo. “En un mes puedo hacer 14 vuelos transatlánticos. El año pasado me dio una trombosis, supongo que de tanto volar, pero aquí sigo”, confiesa sin borrar su sonrisa, como si no le temiera a nada. Sea como sea, el vuelo a la ciudad portuguesa parece que le vale la pena, pues inaugura aquí la exposición Imágenes cautivas, que pone el foco en la libertad de expresión y en la resistencia cultural ya que exhibe instantáneas de autores que alguna vez han estado encarcelados, ya sea literalmente, como José León Sánchez, o de forma metafórica, como Salman Rushdie.
No resulta extraño pues que el sitio elegido para exhibir su muestra sea el Centro Portugués de Fotografía, pues este está emplazado en la antigua prisión de la Cadeia da Relação, un edificio cargado de simbolismo que albergó a presos políticos y a figuras de la cultura, entre ellos el escritor Camilo Castelo Branco. “Este relato ya sé que tiene mucho sentido al esto haber sido una cárcel. Pero no solo lo dota de razón el el espacio sino que, también, el mundo loco que habitamos, en el que parece que se están agotando las libertades”.
Las instantáneas están tomadas a lo largo de sus casi cinco décadas de carrera. La primera fue a Jorge Luis Borges, en 1978. “Entonces no existía un proyecto claro. No sabía que iba a convertirme en el fotógrafo de los escritores. De hecho, durante un tiempo me sentía extraño cuando me llamaban así”, admite. Este primer disparo, realizado con la cámara de su padre, se realizó durante la filmación del documental Borges para millones, para el cual Mordzinski trabajaba como segundo asistente de dirección.
Desde entonces no ha parado, aunque no tiene contabilizados cuantos literatos lleva retratados ya que eso significaría convertirlos en números y él solo se centra en las personas, en hallar su alma. El lado humano es lo que lo mueve y, encontrarlo, se ha convertido en su profesión, aunque de eso se empezó a dar cuenta en París, dos años después de empezar. “Hasta entonces lo sentía como coleccionar mariposas, pero ahí empecé a ver que había retratado a mucha gente y que esto podía tener un sentido”.
¿Nació entonces un método Mordzinski? “No existe tal cosa, Cada situación distinta y, a menudo, surgen imprevistos. No obstante, sí puedo decir que todas, por distintas que sean, tienen algunas cosas en común. Son fotos rápidas, pues del periodismo aprendí la importancia de la rapidez. Si fuera lento, se perdería la esencia. Son también seguras y divertidas, además de respetuosas, ya que nunca voy a traicionar a mi retratado”.
Si bien el pacto entre fotógrafo-escritor lo mantienen intacto desde hace 48 años, pues estos le terminan haciendo confesiones de todo tipo, “que guardo con mucha discreción”, hay otras tantas anécdotas que sí que se pueden contar. Como cuando acompañó a Vargas Llosa a vestirse con el tradicional frac antes de recibir el Nobel de Literatura. “Era muy reservado con su intimidad, su esposa siempre me lo advirtió. Entonces recordé que era un amante de la tauromaquia y le hice el símil con que parecía que iba a vestirse con el traje de luces antes de salir a la plaza. Se me acercó y me dijo: ‘Hagamos esa foto’”.
También recuerda las historias que le contó José León Sánchez, quien fue condenado injustamente a cadena perpetua por el robo de unas joyas y un homicidio en 1950, lo que lo llevó a pasar 20 años entre rejas. “Allí aprendió a escribir y fundó el periódico y la escuela para reclusos. Debió ser una experiencia terrible pero, pese a todo, eso lo convirtió en escritor”.
Momentos que guarda en su memoria para siempre y a los que da el mismo valor, ya sean protagonizados por unos grandes de las letras o un autor que publica su primera novela. “Es más, a estos últimos les tengo en especial consideración y cariño, pues su mirada está más cargada de ilusión e inocencia que el resto”.

Lara Gómez (Barcelona, 1993) es licenciada en Periodismo por la Facultat de Comunicació i Relacions Internacionals Blanquerna y está especializada en cultura y género. Aunque lo intentó, nunca llegó a aprender alemán. Su gran pasión es escribir, por lo que todo aquello que ve es material sensible para transformarse en un pequeño relato o en un guion. Sueña con cubrir los Oscars in situ.