En su registro, acaso más emocional que milimétrico, todo esto comenzó a echar raíces cuando cursaba segundo básico, con seis o siete años, y relojeó en la biblioteca de su colegio un libro infantil que contenía la historia de Roy Sullivan, el guardaparques estadounidense que entre 1942 y 1977 resistió siete impactos directos de rayos. En adelante, acorralado por una mezcla de curiosidad, demasiado tiempo para leer y la complicidad de sus compañeros de curso, Joaquín Barañao se decidió a arrancar un archivo relleno de historias como esa, es decir, anécdotas olvidadas, pequeños secretos de la cotidianeidad que confinó en su cabeza y algún bloc de notas. Mientras tanto, durante su cuarto año en ingeniería civil de la Universidad Católica, se fue convenciendo de que el internet era el futuro y que dominar el arte de crear páginas web le garantizaría capitalizar el fenómeno. En esa quijotada, de pronto reapareció su inventario de datos curiosos: era el pretexto (contenido) que necesitaba para dar forma a su primer o a sus primeros sitios. Pero también el problema: su objetivo inicial de diseñar páginas web fue devorado por la idea de acunar y alimentar su propio catálogo. Así, en síntesis, en 2003 nació datosfreak.org.
—Y después fue cambiando —cuenta Barañao al diario pop—, pasó de ser la página más fea de Hispanoamérica a ser una página no tan fea y no tan mal pensada.
Claro, originalmente diseñó las cosas de un modo que, para hallar un nuevo dato, era necesario scrollear infinitamente hasta dar con el final. Ahora, cada historia habita una de las ocho categorías que ofrece el sitio (anecdotario, conocimiento, cultura, día a día, etimología, históricos, locales, seres vivos) y su búsqueda es cientos de veces más amable.
Lo que sucedió luego, durante un viaje, en algún cibercafé mientras se entregaba a sus proyectos, fue que resolvió doblar la apuesta:
—Pensé: además de esta dimensión pasiva de maravillarse con el mundo, necesito también una dimensión activa, algo que yo haga. Entonces, para darle esa dimensión activa, dije: voy a transformar esta enorme base de datos de curiosidades en un relato coherente. Porque la página web son datos inconexos que no te permiten leer con soltura echado en tu cama. Dije: voy a escribir una historia universal. Y ahí voy a poder contar los datos en contexto, a modo de relato. Y lo voy a pasar la raja y voy a volver del viaje a buscar pega en un banco, no sé, en algo.
Pero cuando publicó, en diciembre de 2014, su Historia universal freak (un año después lanzada por Editorial Planeta), se percató de que esto era lo suyo.

—Lo pasé tan bien que un 28 de julio estaba caminando cerca de la Universidad de Colombia, escuchando a David Bowie y viví mi epifanía. Ahí dije: no, yo me voy a dedicar a esto mientras pueda, hasta que se me acabe la plata.
Desde entonces: Historia universal freak, volumen 2, Historia freak del fútbol, Historia freak de la música, Historia freak del cine vol. 1 y vol. 2, Historia freak de Chile vol. 1 y vol. 2, ¿Qué nos pasó Chile?, Dinología freak y, ahora, desde hace un par de semanas, Historia freak de la Segunda Guerra Mundial.
En sus palabras:
—Han pasado doce años y yo diría que ya me quedé acá.

—El concepto freak se suele utilizar para describir algo o alguien inusual, excéntrico, apasionado por un asunto. ¿Cómo confluye, por ejemplo, con la historia, con el fútbol, con la música y ahora con la Segunda Guerra Mundial?
—Sí, como bien dices, freak tiene más de una acepción. Esto comenzó en el siglo XIX. La acepción de freak eran estas personas con deformaciones, ¿cierto? Y claro, mi definición, y que nació de manera más bien espontánea cuando estaba en el colegio, porque mis compañeros de colegio me pedían datos freak (por eso que llamé así a la página), es que son hechos asombrosos, inesperados. El inesperado es importante porque hay algunos hechos que son asombrosos, pero que son esperados. Por ejemplo, si tú me preguntái cuál es la persona más alta del mundo, yo te diría, bueno, medía 2 metros 72. Y es súper asombroso, pero es esperado, ¿cachái? Entonces eso es una distinción relevante. ¿Y cómo confluyen? Bueno, yo te diría que en cada gran actividad humana, en este caso la guerra, pero también en el fútbol, en la música, en el cine, cuando tienes a mucha gente durante muchos años, estadísticamente hay una necesidad de que se produzcan hechos de este tipo. Aunque en el caso de la guerra, como todos los recursos están extremados, como las personas están estiradas al máximo en sus necesidades y en respuestas a lo que se ven enfrentados, entonces eso se exacerba y se concentra.
—Revisando toooda tu obra, ¿cuál de estos temas que tú has abordado te ha parecido a ti de alguna manera más freak?
—Tengo un favorito, pero no va a ser el favorito de todo el mundo. Lo de los signos zodiacales fue algo que surgió en Babilonia en el siglo V antes de Cristo. Y en aquella época, la conformación de los astros en el cielo era distinta a la que hay ahora, porque ha ocurrido un fenómeno que se llama precesión. O sea, la Tierra no solamente tiene el fenómeno de traslación y rotación, hay varios más. Hay uno que se llama precesión, que es como si fuera un trompo que va, el eje no es perfectamente fijo, ¿cachái? Sino que se va moviendo un poco. La consecuencia de eso es que cuando se definieron los signos zodiacales, las posiciones eran distintas a las que uno ve hoy. El 82% de la gente no nació en el signo zodiacal que ellos creen que nacieron. Entonces, cuando alguien dice, no, es que yo soy súper Tauro, si yo soy súper Tauro, hay un 82% de probabilidad de que esa persona no sea Tauro, ja, ja.
—Comentabas que asuntos como la Segunda Guerra Mundial pueden narrarse de cierta manera, por equis divisiones, etc., pero también está esta opción que tú propones, de probar que la historia tiene una porción de historieta. ¿Cómo llegaste a esa decisión y cómo fue el proceso de investigación?
—Hay infinitos libros sobre la Segunda Guerra Mundial. Ahí pongo el ejemplo de las divisiones. Son libros que tú leís, empezái, y bueno, “que la XV división aérea se lanzó”… y te empezái a marear. Luego están los libros del tipo 300 curiosidades de la Segunda Guerra Mundial para leer en el baño. Yo creo que el primer tipo de libro obviamente que es súper importante y tiene que existir, eso no lo estoy cuestionando, pero, porque no es objetivo, dejan fuera pasajes que son muy memorables y que ayudan al aprendizaje. Y no es que yo esté criticando a esos autores, entiendo que su función es otra. Y están, como digo, estos otros, que te cuentan las curiosidades, pero uno termina de leer el libro y dice, bueno, me enteré de cosas entretenidas, pero no aprendí historia. O sea, no sé de la Segunda Guerra. Yo puedo saber que Hitler, según la autopsia soviética, tenía un solo testículo. Pero no sé realmente de qué se trató, o sea, por qué pasó lo que pasó. Entonces, mi objetivo es fusionar ambas cosas. Que tú tomes un libro, lo leas y, al mismo tiempo, atesores esos pasajes memorables y aprendas de historia. Y de verdad que entre las drogas, entre los datos freaks y las ironías y todo, está la historia. Está lo importante. Entonces, si tú lo lees completo, salvo que seas un experto en el tema, vas a saber mucho más que antes. Yo, cuando leo, subrayo sobre todo dos cosas: aquellos pasajes freak y aquellos pasajes de alto poder explicativo. Es decir, cuando te pegái en el alcachofazo y dices, ¡ahhhh!, por esto fue que lo hicieron. Eso también. Entonces, respecto al método, yo he estado todavía, como conversábamos antes, seleccionando estas cosas, sistematizándolas en la página web, que existe, que tiene más de 7 mil datos. Y, entonces, la Segunda Guerra la tenía ya muy avanzada porque mi libro de Historia Universal, que es un libro de 360 páginas en papel, hoy día es un libro digital de 3200 páginas. Se llama La Historia Universal Freak Extendida. Yo lancé ese libro el 2014, han pasado doce años y durante estos doce años yo he ido trabajando en ese libro. Y hace un año decidí tomar uno de esos capítulos, que era la Segunda Guerra Mundial, y transformarlo en un libro exclusivo. Y para eso me senté a leer.
—¿Qué leíste?
—Leí dos tipos de libros. Los libros serios que mencionaba antes. En general pasa que, bueno, tú pedís un libro completo de la Segunda Guerra. Es decir, no quiero un libro de la Batalla de Stalingrado, no quiero un libro de la Batalla del Alamein, quiero un libro completo de la Segunda Guerra Mundial, que de inicio a fin, nunca tiene menos de 800 páginas. Me leí varios de esos. Me leí a Andrew Roberts, me leí a Anthony Beevor, Ian Kershaw. Y después leí libros del tipo 300 curiosidades para leer en el baño. Que te permiten encontrar de manera bastante eficiente esas curiosidades que yo estoy pesquisando, pero que suelen ser libros poco confiables. Entonces hay que confirmar todo lo que sale ahí, en otro lado. Va a haber un porcentaje de cosas que son falsas. Y entonces voy subrayando, subrayando, subrayando, y trasvasijando, trasvasijando, trasvasijando.
—Claro, hoy internet es terreno fértil para las fake news. ¿Qué método ocupas para no caer en trampas?
—Totalmente, totalmente. Yo creo que, antes de Internet, por supuesto que había datos falsos y todo, pero no se propagaban con tanta facilidad. Hoy día se propagan muy fácil. ¿Por qué? Porque cuando hay algo que es llamativo, algo que es asombroso, uno quiere creerlo. Y como quiere creerlo, bueno, “qué lata tener que andar confirmando”, “tirémoslo nomás, digámoslo”. La sobremesa va a ser mucho más entretenida si uno lo dice, que si uno se pone a cuestionarlo. Entonces, eso hace que el terreno se pone peligroso. Además, pa’ qué decir, los motores de inteligencia artificial son súper mentirosos. Los uso, les pedí listados, pero como quien le pregunta a un amigo. Después había que confirmar cada uno y estaban llenos de mentiras. Ahora, al mismo tiempo, Internet también te permite verificar con mucha facilidad. O sea, hoy día, si tú querís verificar datos en tu oficina, buscái cuáles son los libros más confiables, quiénes son los autores más reputados, que igual nadie es infalible. Al final, hasta los más grandes se caen a veces. Hoy día eso también es muy eficiente de hacer. Una verificación que antiguamente te habría tomado tres horas en una biblioteca, hoy día lo hacís rapidito.
—Hay gente que va a entrar en tu obra con la Historia freak de la Segunda Guerra Mundial. Esencialmente pensando en ellos, ¿por qué conectar esta historia mediante estos datos? ¿Qué es lo que más te atrae a ti de hacer foco en lo llamativo por sobre, entre comillas, lo oficial?
—Yo te diría dos cosas. Lo primero es que hay tantos libros sobre la Segunda Guerra Mundial, que al sólo contar la historia básica no podría añadir valor agregado. Yo no podría a nadie recomendarle mi propio libro por sobre el de Anthony Beevor, porque le diría, viejo, esta cuestión está contada ya. Está contada hace mucho tiempo. Está contada por premios Nobel. Churchill se ganó el premio Nobel de Literatura después, aunque es tan larga su crónica de la Segunda Guerra que creo que nadie la lee, ja, ja. Entonces, eso es una cosa: cuando una historia ha sido contada tantas veces, tiene que haber un elemento diferenciador. Este es el mío. Y lo segundo que yo te diría, que por supuesto está relacionado, es que yo creo que las curiosidades ofrecen varias virtudes, varias ventajas. Una de ellas es que son ganchos para la lectura. O sea, permiten que gente que normalmente no está interesada en la historia, se interese. Segundo, yo diría, son lo que llamamos anclas en la memoria. O sea, son pasajes que se anclan en alguna parte de tu cabeza porque son mucho más memorables. Y eso es una especie de boya que te queda ahí y que te ayuda a recordar lo esencial. Que puede no ser freak, pero que lo freak es esta especie de ancla que queda ahí y que, pum, aquí estamos, aquí estamos ya. Y ahí podís ir desenrollando el resto del libro. Y además, una última cosa, es que a veces, no todos, pero algunos datos freak tienen poder explicativo intrínseco. O sea, tú solamente al enterarte del dato freak, te permite entender ciertas cosas. O sea, porque el dato en sí te habla de cierto tipo de cultura, te habla de la sociedad, te habla de cómo pensaba la gente. Eso pasa mucho, por ejemplo, con los japoneses. Hay una historia que me impresiona mucho. Es la de un general de la armada japonesa, Hitoshi Imamura. Lo condenan por crímenes de guerra. Una vez terminada la guerra, lo condenan a un tribunal australiano y le dan diez años de cárcel. Y él sale y dice: no, diez años es insuficiente. Entonces, creó una réplica de su celda en su casa y se autoencerró. Y estuvo ahí hasta su muerte en el año 68. Entonces, ese es un dato que ofrece poder explicativo por sí mismo, porque te habla de la mentalidad japonesa. Yo te diría, en realidad, de la mentalidad japonesa de los 40, para ser más preciso. Para un chileno del 2026 es incomprensible. Es tan inimaginable que uno pueda hacer algo así. Entonces, ese es otro motivo más por el cual creo yo que este tipo de libro tiene una razón de ser en el mundo.
—Adolf Hitler seguramente sea el nombre más vinculado por lejos a este conflicto bélico. Bajo tu investigación, todo lo que pudiste recopilar durante la elaboración del libro, ¿te parece un tipo freak?
—¡Sí..., o sea, olvídate, era súper freak, súper freak! ¿Por dónde partir? El tipo al final de la guerra tomaba un cóctel de drogas increíble, pero lo más sorprendente es que parte de ese cóctel de drogas era que se inyectaba semen de toro. Yo al principio lo leí y dije, noooo, esto es mentira, esto no puede ser verdad. Y no, está totalmente documentado. Bueno, veía películas de Disney en la mitad de la guerra. El tipo era súper freak. ¿Sabes por ejemplo que la relación con Eva Brown la mantenían oculta? Lo mismo que hicieron con John Lennon, querían que se mantuviera como un potencial magneto sexual. Pero a él nunca se le conoció una expresión de cariño público hacia ella. Y bueno, la importancia es que le daba los sueños. El V-2, este misil que casi a final de la guerra lanzaron los alemanes contra el Reino Unido y contra Países Bajos y Bélgica, lo aplaza por un sueño…, imagínate. Se acostaba tarde, dormía mucho, trabajaba muy poco. Esto es sorprendente, pero Hitler trabajaba muy poco. Toda su vida, siempre. Y entonces cuando empieza el desembarco en Normandía, el 6 de junio, se había quedado conversando con Goebbels hasta las 3 de la mañana y nadie se atrevía a despertarlo, po. Y los aliados avanzaban y avanzaban y, cresta, ¿qué hacemos con…? Todos temerosos de tomar decisiones porque el rey ahí estaba dormido. Así que sí, sin duda un personaje muy freak.

Historia freak de la Segunda Guerra Mundial, como ya advirtió aquí Barañao, es “el relato del extraordinario caldo resultante de presionar hacia el límite a una buena tajada de la humanidad durante 2.961 días”. Lo que se traduce en historias como la del general Hitoshi Imamura, y en otras (menos solemnes) como esta:
“En Leningrado debutó el Panzer VI, apodado Tiger por Porsche, el tanque más temido del momento. Joya de la ingeniería, pero difícil de operar. Para que tripulantes jóvenes, rebosantes de testosterona y asolados por síndrome del marinero, no perdieran la atención en su extenso manual, lo plagaron de chiste sucios, quintillas y caricaturas pornográficas protagonizadas por Elvira, una rubia tetona usualmente pintada de rojo para resaltar”.
Esta otra: “La SS tomó el control del Salon Kitty, un burdel berlinés de alto nivel frecuentado por ciudadanos prominentes y dignatarios extranjeros. Reemplazó al staff de prostitutas por chicas con formación de espía. “Buscamos mujeres y muchachas inteligentes, multilingües, de mentalidad nacionalista y también locas por los hombres”. Acumularon unas 25.000 grabaciones, aunque el grueso eran inútiles preferencias sexuales. Un ataque aéreo demolió el santuario del placer en 1942”
O en datos inverosímiles como el que involucra a una estrella pop: “Fruto del Lebensborn, la fecundación de mujeres “adecuadas” para sembrar el mundo de pequeños ariecillos, es Anni-Frid Lyngstad, hija de noruega con sargento alemán, y desde 1972 vocalista de ABBA”.

—Otro dato que mencionas en el texto es el de la costumbre femenina de depilarse las piernas, que aparentemente comienza por “las pellejerías de la guerra”.
—No era común la depilación antes de la Segunda Guerra. En realidad esto es de Estados Unidos, toda la documentación que yo tengo es de Estados Unidos. Y bueno, el nylon había sido inventado hace muy poco por DuPont y era fantástico para paracaídas y para cordines de aviación. Entonces claro, cuando Estados Unidos entra a la guerra, después de Pearl Harbor, toda la producción de nylon es para la aviación, especialmente para paracaídas. Y claro, ya las medias rápidamente se habían cambiado a nylon. El otro gran material era seda, pero la seda venía de Asia y China, y pa’ qué decir Japón, estaba dificultado en el comercio, entonces las minas se quedaron sin medias. Y la costumbre era tapar los vellos con las medias. Ahora, si no tenemos medias, ¿qué hacemos? Y surgió una de las opciones, que era medias pintadas. O sea que tú comprabai un producto, una especie de liquid paper, no blanco por supuesto, y con eso te pintabai las piernas. Pero para que funcionara bien, no tenía que tener los vellos ahí. Entonces las minas empezaron a cortarse los vellos de las piernas. No hay estadística, así con datos de años y porcentajes de la gente que se depilaba. Esa respuesta no existe, lamentablemente. Pero sí sabemos que en los 60 ya era masivo, y que antes del 41 era una costumbre muy poco común. Hay un libro entero dedicado a esto, y le adjudica a ese motivo la masificación de la depilación de las piernas.
—También mencionas el final de Mussolini, sus restos en un armario que se vendió por tres mil euros en eBay. Así que ahora de seguro “alguien cuelga sus churrines en esta reliquia fascista”.
—El fin de Mussolini es bien dramático. Toda la historia de Mussolini durante la Segunda Guerra es bien increíble. Cuando los aliados invaden Sicilia, esto empieza a ir mal, y ahí lo destituyen, después lo apresan, y ahí hay un rescate organizado por Otto Scorzeny, que es un personajazo increíble, es como el Jean-Claude Van Damme de la Segunda Guerra. Y van en planeadores a una montaña italiana, a un centro de esquí, y lo rescatan, po. Y monta su nueva especie de republiqueta en el norte de Italia. Eso dura poco, y finalmente, ya cuando la guerra está terminando, lo agarran a él y a su amante, a Clara Petacci, lo cuelgan de unos ganchos de carne, y lo dejan colgando de una gasolinera Esso de Milán. Y ahí la gente lo mea, lo escupe. Las señoras comentaban qué mal gusto de Clara Petacci, que no usaba calzones. Pero en realidad tuvo que salir tan apurada que no alcanzó, nomás. Y sí, después lo que tú cuentas del armario, sí.
—Hay incluso un dato freak dentro de esta historia freak, ¿no? Dices en los agradecimientos: “Confío mucho en que la Universidad Católica nos perdonará por usar una sala cuna para traficar documentación sobre holocaustos y genocidios”.
—No, ja, ja, ja. Lo que pasa es que una persona, otro apoderado de la sala cuna donde estaba mi hijo, le gustaba mucho el tema, entonces me ayudó con las correcciones. Yo le mandaba el archivo digital y él me lo mandaba con comentarios y se lo pasaba a su señora que lo dejaba en la sala cuna. Entonces usábamos la sala cuna como espacio intermedio para traficar documentos sobre holocaustos y donde estallaba el siglo XX.
—Quizás sea muy pronto, pero… ¿entra en tus planes continuar esta saga, esta colección? ¿Tienes algún tema particular en mente?
—A mí me gustaría. Yo lo paso muy bien, y hay dos temas que a mí me llaman. Uno es la Primera Guerra, que eso es más o menos obvio, porque si bien el orden es al revés, se entiende mucho mejor. Y lo otro es una historia de la comida. Me gustaría mucho hacer una historia de la comida.