De los campos de Iowa a la alfombra roja de Trump: el regreso de Xi Jinping a EEUU con una cálida bienvenida y una prórroga comercial

2026/09/24

En 1985, Xi Jinping durmió en la habitación de un adolescente aficionado a Star Trek en Muscatine, Iowa. Tenía 31 años, era un dirigente local del Partido Comunista en el condado chino de Zhengding y había viajado con una delegación interesada en la cría de cerdos y los usos del maíz. Estados Unidos y China apenas llevaban seis años de relaciones diplomáticas. Nadie en aquella casa podía saber que el huésped que observaba los recuerdos de una serie sobre viajes al futuro acabaría regresando como presidente de la potencia que disputa a Washington ese futuro.

Cuarenta y un años después, el viaje desembocó el miércoles en otra escena difícil de imaginar entonces. El avión de Xi aterrizó en la Base Conjunta Andrews, a las afueras de Washington, y Donald Trump fue a esperarlo al pie de la escalerilla. También estaba Melania Trump para dar también la bienvenida a la primera dama china, Peng Liyuan.

Las dos parejas se saludaron sobre una alfombra roja desplegada en la pista; sonó una banda militar, se dispararon salvas y un bombardero B-1 sobrevoló la ceremonia. El rugido hizo que Trump torciera el gesto. Xi permaneció impasible.

Un presidente estadounidense suele recibir a sus invitados en la Casa Blanca, no en el aeropuerto. Xi, de hecho, no acudió a la pista cuando Trump viajó a Pekín en mayo. La diferencia de protocolo es deliberada. Trump reservó al líder de su principal rival una atención que rara vez concede a los gobernantes de países aliados. Este jueves añadirá una ceremonia de Estado, una revista militar y una cena junto a los grandes empresarios tecnológicos estadounidenses.

"El presidente Trump es un maestro del arte del espectáculo", escribió en redes Graham Allison, ex decano de la Escuela de Gobierno Kennedy de la Universidad de Harvard, quien opinó que la cálida bienvenida demostraba el "respeto sin precedentes" del presidente estadounidense por el líder chino.

Al Trump que irrumpió en política acusando a China de vaciar las fábricas estadounidenses ahora se le caen continuamente los elogios en público hacia su homólogo chino. Ha pasado de presentar a Pekín como el gran culpable del declive industrial de su país a cuidar una relación personal con Xi. Un cambio que no ha borrado la rivalidad entre las dos superpotencias. En todo caso se podría decir que Washington ha descubierto -y padecido- cuánto cuesta presionar a China cuando esta tiene las mismas o más armas para responder.

La guerra arancelaria del año pasado llevó a ambas economías a amenazarse con gravámenes superiores al 100%. Pekín respondió usando su posición dominante en las tierras raras, indispensables para fabricar desde automóviles hasta equipos militares. La escalada terminó en una tregua, no en la rendición de ninguna de las partes. El miércoles, antes incluso de que los presidentes se sentaran a negociar, el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, anunció que ambos países habían acordado prolongar esa tregua, que expiraba en noviembre, hasta el 10 de enero.

La mayoría de los analistas internacionales sostienen que Xi llegaba a su primera visita de Estado a Washington en 11 años con más margen del que Trump hubiera querido concederle. China conserva una palanca decisiva en minerales críticos; EEUU mantiene la suya en los semiconductores avanzados y los equipos necesarios para producirlos. Trump necesita exhibir resultados antes de las elecciones legislativas de noviembre y gobierna bajo la presión de una guerra con Irán que ha encarecido la energía.

Pekín tampoco atraviesa por su mejor momento interno: el consumo de los hogares sigue débil y la crisis inmobiliaria pesa sobre su economía. Aunque Xi, arropado por la estabilidad política de su régimen, puede permitirse una negociación más larga.

La inteligencia artificial concentra estos días gran parte de la atención. No se trata solo de qué país desarrollará los modelos más potentes o venderá más chips. Ambos gobiernos contemplan también el riesgo de ciberataques, fallos de sistemas avanzados e incidentes con consecuencias para la seguridad nacional. En las conversaciones preparatorias del pasado domingo, Bessent propuso a su homólogo chino, He Lifeng, un mecanismo para avisarse cuando un incidente relacionado con la IA alcance ese nivel de gravedad.

Washington parece que quiere hablar con Pekín sobre los peligros de una tecnología cuya ventaja estratégica pretende conservar. Pero en los medios estatales chinos apuntan a la desconfianza de que el diálogo sirva para limitar su desarrollo mientras EEUU mantiene los controles sobre los chips más sofisticados. Los equipos de ambos países ya hablaron en mayo de abrir consultas sobre IA y nunca llegaron a formalizarlas. Un canal de comunicación sería un avance; un acuerdo capaz de frenar la competición parece mucho menos probable.

Sobre la mesa de la cumbre están también las compras chinas de bienes agrícolas y aviones estadounidenses y los precursores del fentanilo. Trump aspira a terminar con anuncios que pueda presentar como victorias comerciales. Xi busca que Washington rebaje restricciones sin entregar la capacidad de presión que le ha permitido llegar hasta aquí.

Taiwán, como en otras ocasiones, es la conversación más delicada. Pekín reclama la isla y observa con atención las ventas de armas estadounidenses. Sus dirigentes aspiran a obtener de Trump un lenguaje más favorable a sus posiciones. Cualquier cambio relevante, sin embargo, alarmaría a los aliados de EEUU en Asia. La guerra de Irán añade otra fricción: Washington mira hacia el mayor comprador del petróleo iraní en busca de ayuda para contener a Teherán, mientras Pekín no da señales de querer asumir las exigencias estadounidenses.

Este jueves muchos focos están puestos en la cena de Estado. Entre los invitados se espera a dirigentes de compañías como Apple, Nvidia y OpenAI, una muestra de hasta qué punto la disputa tecnológica se ha instalado en el centro de la relación. El presidente chino, en cambio, llegó sin la delegación de grandes empresarios chinos que se había barajado para el viaje.

Nadie espera que Trump y Xi salgan de Washington anunciando el final de la rivalidad entre las dos superpotencias. El objetivo más realista es impedir que una nueva ronda de aranceles, un incidente militar o una crisis con la IA vuelva a empujarlas al borde de la ruptura.