Diez claves que dejó la victoria de Bolsonaro para Argentina: Milei sale fortalecido, pero hay una advertencia y una señal para Cristina Kirchner

2026/10/05

El presidente argentino Javier Milei y el victorioso candidato brasileño Flavio Bolsonaro

El presidente argentino Javier Milei y el victorioso candidato brasileño Flavio Bolsonaro

La sorpresiva victoria de Flávio Bolsonaro sobre Luiz Inácio Lula da Silva tuvo un fuerte impacto político en Brasil y la región, pero también dejó, al menos, 10 señales para la Argentina. Javier Milei salió fortalecido después de haber apostado por el candidato del Partido Liberal cuando todavía aparecía detrás en los sondeos, aunque el resultado encendió una advertencia para la Casa Rosada: volvió a mostrar las dificultades que tienen los oficialismos latinoamericanos para conservar el poder. También dejó una señal para Cristina Kirchner y el peronismo: Jair Bolsonaro, preso e impedido de competir, eligió a su hijo, le transfirió su base electoral y Flávio ganó la primera vuelta. Cristina, también condenada y fuera de competencia, puede encontrar allí un argumento político para 2027: impulsar a un dirigente identificado sin matices con su liderazgo, capaz de retener su electorado y enfrentar a Milei en un escenario de fuerte polarización. Y, además, las encuestas volvieron a fallar: la mayoría daba primero a Lula y Bolsonaro terminó imponiéndose por casi dos puntos.

Para analizar qué enseñanzas había dejado Brasil para el escenario argentino, Infobae consultó a Federico Aurelio, director de Aresco; Facundo Nejamkis, director de Opina Argentina; Lucas Romero, director de Synopsis; y Mario Riorda, consultor y profesor de comunicación política. También recogió la lectura de fuentes del Gobierno y del peronismo. Los diagnósticos tuvieron matices, pero confluyeron en algunos puntos: el crecimiento regional de la derecha, la dificultad de los oficialismos para sostenerse en el poder, el peso creciente de la polarización y la necesidad de mirar con mayor cautela las fotografías que ofrecen las encuestas.

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En la Casa Rosada, la primera reacción fue reivindicar la apuesta de Milei. El Presidente había viajado el 25 de julio a Brasil para participar del acto de nominación de Flávio Bolsonaro como candidato del Partido Liberal. Una fuente oficial recordó que en aquel momento la medición de AtlasIntel que utilizaban como referencia ubicaba a Lula con 40% y a Bolsonaro con 32%. Milei decidió involucrarse de todos modos. En el Gobierno conectaron aquella decisión con su respaldo temprano a Donald Trump, cuando Joe Biden todavía presidía Estados Unidos y distintas voces le habían aconsejado evitar una identificación tan abierta.

La lectura oficial, sin embargo, convivió con otros datos menos cómodos. Brasil confirmó la fortaleza de una derecha con la que Milei se identificaba, pero el derrotado había sido un presidente que buscaba continuar en el poder. La elección mostró, además, que el rechazo a un gobierno podía concentrarse rápidamente, que la polarización podía dejar sin oxígeno a las terceras fuerzas y que un líder condenado podía conservar una enorme capacidad para organizar a su espacio a través de otro candidato. Esas fueron algunas de las claves que comenzaron a analizarse en la política argentina.

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Milei apostó "all in" y ganó en las elecciones presidenciales que hubo en la región
Milei apostó “all in” y ganó en las elecciones presidenciales que hubo en la región

La primera lectura del resultado brasileño remitió a una característica que Javier Milei convirtió en parte de su manera de intervenir en la política internacional: apostó fuerte aun cuando el escenario permanecía abierto. Una suerte de jugador que fue all in, sin esperar a que las probabilidades terminaran de acomodarse a su favor.

Ya lo había hecho con Donald Trump durante la presidencia de Joe Biden, cuando el regreso del republicano a la Casa Blanca todavía no estaba asegurado. Después repitió esa lógica en las elecciones presidenciales de América Latina: tomó partido, se involucró públicamente y respaldó a los candidatos con los que había construido afinidad política. Lo hizo con Daniel Noboa en Ecuador, José Antonio Kast en Chile, Nasry Asfura en Honduras, Laura Fernández en Costa Rica, Keiko Fujimori en Perú y Abelardo de la Espriella en Colombia. Todos terminaron ganando sus respectivas elecciones.

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Brasil fue la apuesta más reciente y, por el peso político y económico del país, una de las más significativas. Una fuente del Gobierno recordó que el 25 de julio Milei viajó para participar del acto de nominación de Flávio Bolsonaro como candidato presidencial del Partido Liberal. Ese día, según la medición de AtlasIntel que seguían en la Casa Rosada, Lula tenía 40% de intención de voto y Bolsonaro 32%. Milei no esperó a que esa diferencia se redujera: viajó, se mostró con Flávio y lo respaldó explícitamente.

Lucas Romero destacó justamente ese componente personal. Para el director de Synopsis, el resultado tuvo “un valor simbólico muy importante para Milei”, entre otras razones porque “Milei se jugó yendo personalmente a apoyar a Bolsonaro”.

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El Presidente celebró inmediatamente el resultado. “LA LIBERTAD AVANZA EN BRASIL”, escribió, antes de felicitar a su “querido amigo” Flávio por la “histórica elección”. También planteó que Argentina y Brasil tenían por delante la posibilidad de profundizar una relación que definió como comercial, cultural y política.

En el Gobierno, la secuencia reforzó una lectura que ya venían haciendo a partir de las elecciones anteriores: Milei asumió riesgos políticos que otros dirigentes evitaron y los candidatos por los que se pronunció terminaron ganando. Esa sucesión de apuestas alimentó en la Casa Rosada la idea de que el Presidente argentino había ganado una centralidad particular en el escenario hemisférico y podía empezar a ocupar un lugar de primus inter pares entre dirigentes con los que había construido vínculos políticos.

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El senador Flávio Bolsonaro ofrece declaraciones luego de conocer los resultados oficiales de los comicios celebrados este domingo, en Brasilia (Brasil). EFE/ Andre Borges
El senador Flávio Bolsonaro ofrece declaraciones luego de conocer los resultados oficiales de los comicios celebrados este domingo, en Brasilia (Brasil). EFE/ Andre Borges

La victoria de Flávio Bolsonaro también reforzó una tendencia que excedió al caso brasileño: el avance de fuerzas de derecha y centroderecha en América Latina dejó de aparecer como una sucesión de episodios aislados y empezó a configurar una corriente regional.

Federico Aurelio puso números a ese proceso. Según el relevamiento que hizo el director de Aresco, las fuerzas de derecha o centroderecha ganaron 14 de las últimas 20 elecciones realizadas en América Latina. “El resultado beneficia a los espacios de la derecha”, sostuvo al analizar el impacto que podía tener Brasil sobre la Argentina.

Facundo Nejamkis hizo una lectura similar, aunque puso el acento en la persistencia del fenómeno. “Hay una ola de derecha en la región, de derecha más radicalizada en algunos casos, un poco menos en otros”, explicó el director de Opina Argentina. Y agregó una definición central para entender el proceso: “Esa ola vino para quedarse”.

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(Infobae en Vivo)
El consultor Federico Aurelio

Mario Riorda también identificó esa tendencia entre las principales enseñanzas de la elección brasileña. Para el consultor, en el resultado pesó el “aglutinamiento” ideológico que se produjo en la recta final y una “consolidación de una ola presidencial de derecha en América Latina”.

La reacción del oficialismo argentino siguió esa misma interpretación. Patricia Bullrich sostuvo que “se unen todos los vientos en una misma dirección en Latinoamérica” y vinculó el resultado con una eventual etapa de mayor integración entre Argentina y Brasil. Santiago Caputo, en cambio, eligió una frase de tono épico: “La victoria en la guerra no depende de la cantidad de soldados, sino de las fuerzas que vienen del Cielo”.

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El resultado brasileño reforzó así el espacio regional con el que Milei buscó identificarse desde el comienzo de su gobierno. Pero esa misma secuencia de elecciones contenía otra regularidad, menos favorable para la Casa Rosada: detrás de buena parte de esos triunfos de la derecha también hubo derrotas de los oficialismos.

El presidente argentino, Javier Milei, fue uno de los primeros dirigentes internacionales en felicitar a Bolsonaro por el resultado
El presidente argentino, Javier Milei, fue uno de los primeros dirigentes internacionales en felicitar a Bolsonaro por el resultado

La misma secuencia regional que el Gobierno leyó como una expansión de fuerzas ideológicamente cercanas a Milei dejó, sin embargo, una advertencia mucho menos favorable para la Casa Rosada: una gran cantidad de esas elecciones terminaron con derrotas de los gobiernos que buscaban conservar el poder. Brasil volvió a repetir ese patrón. Lula había derrotado a Jair Bolsonaro cuatro años antes y esta vez quedó segundo frente a Flávio.

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Federico Aurelio destacó que, según su relevamiento, 20 de los últimos 24 oficialismos perdieron las elecciones en América Latina. “Si bien el Gobierno lo puede tomar como algo favorable por esta ola del triunfo de la derecha y el centroderecha en Latinoamérica, también está dentro de la lógica del castigo a los oficialismos”, explicó el director de Aresco.

Lucas Romero llegó a una conclusión similar con una serie más extensa. “Desde 2018 para acá, las últimas 33 elecciones presidenciales en Latinoamérica, con ésta vamos a tener 28 triunfos de gobiernos de oposición”, sostuvo. Para el director de Synopsis, esa continuidad marcó “la tendencia de las dificultades que tienen los oficialismos para reelegir”.

Captura - FACUNDO NEJAMKIS, ANALISTA POLÍTICO DIR. DE “OPINA ARGENTINA” – Infobae en Vivo
Facundo Nejamkis, de Opina Argentina

Facundo Nejamkis también puso el foco en ese fenómeno. “Evidentemente la gente tiene un estado de insatisfacción con la política que lleva a los oficialismos a una situación de mucha fragilidad y que les dificulta mucho los proyectos de sostenerse en el poder”, afirmó. Y resumió el caso brasileño con una comparación directa: “Este es el mismo Lula que le ganó hace cuatro años al padre de Flávio Bolsonaro y hoy pierde la elección”.

Mario Riorda ubicó la misma cuestión como la primera de sus conclusiones sobre Brasil: a los oficialismos les había costado ganar las reelecciones presidenciales y, frente al descontento, los electores habían tendido con frecuencia a buscar un cambio.

Para Milei, ésa fue la contracara del festejo. Brasil fortaleció a un aliado ideológico, pero también mostró la derrota de un presidente en ejercicio. En 2027, el mandatario argentino ya no competirá desde el lugar de quien canaliza el rechazo al sistema político, como ocurrió en 2023: llegará a las urnas defendiendo una gestión y buscando conservar el poder.

El rechazo puede encontrar un candidato que lo concentre

A Lula no le alcanzó y terminó derrotado por Flavio Bolsonaro, pero buscará revertir el resultado en el balotaje
A Lula no le alcanzó y terminó derrotado por Flavio Bolsonaro, pero buscará revertir el resultado en el balotaje

La derrota de Lula dejó otra señal para la política argentina: una cosa era el nivel de rechazo que acumulaba un gobierno y otra, muy distinta, la capacidad de la oposición para convertir ese descontento en votos. Durante buena parte del ciclo político brasileño, la desaprobación del Presidente no había tenido necesariamente una traducción electoral equivalente. Flávio Bolsonaro consiguió finalmente convertirse en el principal receptor de ese malestar.

Federico Aurelio puso el foco precisamente en ese mecanismo. “Hay en Brasil más desaprobación de la gestión de Lula que aprobación, y Bolsonaro tuvo la destreza de monopolizar esa desaprobación”, explicó el director de Aresco.

Para el consultor, la comparación con la Argentina abrió un interrogante importante para 2027. Según las mediciones que manejaba Aresco, alrededor del 60% desaprobaba la gestión de Milei, pero el peronismo reunía aproximadamente 30% de intención de voto. Es decir, apenas la mitad del universo crítico con el Gobierno encontraba en ese momento representación electoral en la principal fuerza opositora.

“De ese 60% que desaprueba Milei, hay un 30% de intención de voto del peronismo”, precisó Aurelio. Esa distancia explicaba por qué el nivel de rechazo a la gestión no podía trasladarse automáticamente a una proyección electoral contra el Presidente.

(Infobae en Vivo)
Lucas Romero, de la consultora Synopsis

El riesgo para la Casa Rosada aparecería si esa brecha comenzara a cerrarse. “Tendrá que estar atento el Gobierno a que el peronismo no crezca o que el peronismo no genere alianzas con algunos espacios que le permitan capitalizar mejor ese porcentaje importante hoy que hay de desaprobación de la gestión de Milei”, advirtió.

Brasil mostró que un electorado descontento podía permanecer disperso durante buena parte de un mandato y concentrarse cuando aparecía una candidatura capaz de ordenar la oposición. Para el Gobierno argentino, por eso, el dato relevante no era solamente cuánto rechazo acumulaba Milei, sino si de cara a 2027 surgía un dirigente o una alianza con capacidad para transformar ese rechazo en una mayoría electoral.

Lula da silva - bolsonaro - elecciones brasil

La elección brasileña dejó otra señal para 2027: la existencia de múltiples candidatos no impidió que el electorado terminara concentrándose casi por completo alrededor de dos opciones. Flávio Bolsonaro obtuvo 47,03% y Lula 45,16%. Entre ambos reunieron 92,19% de los votos, mientras que ninguna de las alternativas restantes consiguió siquiera superar el 3%.

Lucas Romero consideró que esa concentración había transformado, en los hechos, la primera vuelta en una elección de dos. “Los procesos electorales tienden a polarizarse dramáticamente y anticipadamente. Casi que esta primera vuelta terminó siendo un proceso de segunda vuelta. Los dos candidatos se terminan llevando más del 90% de los votos”, explicó el director de Synopsis.

Y vinculó directamente ese comportamiento con el escenario argentino: “Creo que esto puede anticiparnos lo que podría ocurrir con la elección argentina en 2027”.

Facundo Nejamkis llegó a una conclusión similar. “Entre los dos polarizaron la elección de entrada. Se concentraron más del 90% de los votos entre los dos actores”, señaló. Para el director de Opina Argentina, Brasil dejó una enseñanza concreta: “Cuando el proceso de polarización se desata, es posible que las dos fuerzas principales concentren una parte muy significativa del voto”.

Mario Riorda
El consultor y profesor de Comunicación Política, Mario Riorda

Mario Riorda agregó otra consecuencia del mismo fenómeno: “Un electorado dividido suele anticipar una ciudadanía polarizada”. La concentración alrededor de dos grandes opciones no sólo había condicionado el reparto de los votos, sino que podía prolongar esa división más allá de la jornada electoral.

El dato abrió una discusión para la Argentina. A más de un año de las presidenciales de 2027 podían aparecer terceras fuerzas, candidatos provinciales o intentos por construir una alternativa por fuera de La Libertad Avanza y el peronismo. Brasil mostró, sin embargo, que esa fragmentación inicial podía desaparecer cuando la campaña ingresaba en su etapa decisiva y los votantes percibían que la disputa real había quedado reducida a dos polos.

Ese proceso resultaba especialmente relevante porque conectaba con las dos claves anteriores: si una oposición conseguía concentrar el rechazo al Gobierno y, al mismo tiempo, la elección se polarizaba anticipadamente, el margen electoral para las opciones intermedias podía reducirse de manera drástica.

Flávio Bolsonaro en una cabina de votación a la izquierda y Luiz Inácio Lula da Silva con sombrero frente a otra cabina a la derecha
Pronósticos de las encuestas para la elección entre Lula y Flávio Bolsonaro en Brasil

La elección brasileña volvió a poner bajo discusión el alcance de las encuestas como herramienta para anticipar un resultado, pero también para registrar con precisión el clima político de una sociedad. En la recta final, la fotografía predominante mostraba a Lula en primer lugar. Las urnas terminaron revelando un escenario diferente.

La recopilación de Poder360 sobre los 14 últimos sondeos nacionales había ubicado a Lula numéricamente adelante en diez, a Flávio Bolsonaro primero en tres y había registrado un empate. Los estudios tenían metodologías, muestras y márgenes de error diferentes, pero coincidían mayoritariamente en el orden de los dos principales candidatos. Finalmente, Flávio obtuvo 47,03% y Lula 45,16%: el candidato que aparecía segundo en la mayoría de las mediciones terminó ganando por 1,87 puntos.

Lucas Romero destacó precisamente esa divergencia. “El resultado debe ser interpretado como un gran triunfo de Bolsonaro porque no era lo que las encuestas anticipaban”, sostuvo el director de Synopsis.

Facundo Nejamkis fue más allá de la discusión sobre el pronóstico. “La sorpresa, en términos de lo que predecían las encuestas, vuelve a poner en el centro de la escena que las encuestas son un elemento no de medición exacta del clima político, sino de tanteo”, afirmó el director de Opina Argentina.

El problema, entonces, no quedó limitado a haber errado quién terminaría primero. Brasil volvió a mostrar que las encuestas podían ser herramientas defectuosas o insuficientes no sólo para proyectar un resultado electoral, sino también para detectar movimientos del electorado, intensidades de apoyo o cambios en el clima político que podían terminar expresándose con fuerza el día de la votación.

La Casa Rosada siguió ese dato con especial atención. Fuentes del Gobierno consideraron que lo ocurrido en Brasil obligaba a tomar con mayor cautela las mediciones argentinas y reforzaba una hipótesis que circulaba en el oficialismo: que Milei podía conservar un nivel de respaldo mayor al que registraban algunas encuestas.

No había, naturalmente, una comprobación de que eso estuviera ocurriendo en la Argentina. Pero el resultado brasileño aportó un argumento político para relativizar las fotografías actuales. Si la mayoría de los estudios realizados hasta pocas horas antes de una elección no había conseguido captar correctamente el orden final de los candidatos, las mediciones tomadas a más de un año de 2027 debían ser consideradas como aproximaciones al escenario y no como una representación definitiva de la correlación de fuerzas.

El resultado brasileño dejó una comparación inevitable para el peronismo argentino. Jair Bolsonaro estaba preso, había sido condenado y no podía competir, pero conservó la capacidad de ordenar a su espacio, eligió a su hijo como candidato y consiguió transferirle buena parte de su capital político. Flávio no sólo retuvo ese electorado: lo amplió.

La comparación con 2022 fue contundente. En aquella primera vuelta, Jair Bolsonaro había obtenido 43,20% y 51.072.345 votos. Flávio alcanzó ahora 47,03% y 56.103.231 sufragios: más de cinco millones de votos adicionales y casi cuatro puntos porcentuales por encima de lo que había conseguido su padre.

Ese antecedente podía ofrecerle a Cristina Kirchner y al peronismo un argumento político para 2027. La expresidenta también estaba condenada e impedida de competir. La experiencia brasileña mostró que esa situación no necesariamente anulaba la capacidad de un liderazgo para intervenir decisivamente en una elección si conseguía impulsar a un candidato identificado sin matices con ese espacio, capaz de retener su núcleo electoral y sumar nuevos votos.

Fuentes del peronismo consultadas por Infobae observaron especialmente ese aspecto del resultado. La pregunta que abrió Brasil fue si Cristina podía encontrar un dirigente que funcionara como una representación inequívoca de su liderazgo y, al mismo tiempo, tuviera capacidad para disputar eficazmente con Milei en una elección polarizada.

Facundo Nejamkis puso el foco en la capacidad de supervivencia electoral de esos liderazgos. “Fijate si no lo que le pasó a Brasil: Bolsonaro no se pudo presentar, está detenido y su hijo prácticamente casi que gana la elección en primera vuelta”, señaló el director de Opina Argentina.

La experiencia brasileña no garantizaba que el mismo mecanismo pudiera reproducirse en la Argentina, pero sí introdujo un dato relevante para el debate interno del peronismo: un liderazgo impedido de ser candidato podía seguir condicionando una elección si encontraba quién expresara de manera eficaz su identidad política. Y en Brasil esa transferencia se produjo, además, en un contexto de polarización extrema, con más del 92% de los votos concentrados entre oficialismo y oposición.

Jair Bolsonaro estuvo presente en toda la campaña de su hijo, Flavio
Jair Bolsonaro estuvo presente en toda la campaña de su hijo, Flavio

Más allá de la transferencia electoral entre Jair y Flávio, la elección dejó una señal de mayor profundidad: el bolsonarismo demostró que podía mantener una enorme potencia política aun cuando su fundador ya no estuviera en condiciones de competir. La identidad construida alrededor del expresidente no desapareció con su salida del poder ni con su condena, sino que siguió organizando una parte decisiva del electorado brasileño.

Facundo Nejamkis destacó especialmente ese fenómeno. “Estos espacios políticos no son solo la expresión de un líder outsider que gana una elección, sino que después, independientemente de lo que le pase a ese líder, sostienen y mantienen su vigencia”, señaló el director de Opina Argentina.

Para Nejamkis, ésa fue una de las conclusiones más importantes que dejó Brasil para comprender el ciclo político que atravesaba la región. “La vigencia de los espacios políticos de derecha radicalizada, independientemente de si siguen en el gobierno o después pierden y están en la oposición, mantienen su potencia política”, sostuvo. Y agregó que ese proceso de radicalización “vino para quedarse, por lo menos por un tiempo”.

Mario Riorda abordó el mismo problema desde otra perspectiva. Entre las enseñanzas que extrajo de la elección, planteó que todo liderazgo terminaba agotando una parte de su imagen “mítica y heroica” y que la gran dificultad aparecía cuando un espacio no encontraba un relevo con capacidad para sostener su desempeño electoral.

Brasil mostró que una fuerza política fuertemente asociada a un liderazgo personal podía atravesar una derrota, pasar a la oposición y conservar una identidad reconocible para millones de votantes. El bolsonarismo no se había extinguido con la derrota de Jair frente a Lula en 2022 y cuatro años después volvió a disputar el poder con posibilidades concretas de recuperarlo.

La experiencia abrió también una discusión de más largo plazo para la Argentina. Si los movimientos construidos alrededor de liderazgos fuertes podían desarrollar una identidad propia, la pregunta no se limitaba a qué ocurriría con Milei o Cristina Kirchner en 2027, sino a cuánto podían perdurar el mileísmo y el kirchnerismo más allá de las figuras que les dieron origen.

Personas fuera de un local de votación en Río de Janeiro, Brasil, 2 de octubre del 2022. REUTERS/Lucas Landau
Personas fuera de un local de votación en Río de Janeiro, Brasil, 2 de octubre del 2022. REUTERS/Lucas Landau

La elección brasileña dejó otra señal relevante para la Argentina: no sólo importaba a quién preferían los votantes, sino también quiénes efectivamente concurrían a las urnas. Brasil registró una abstención cercana al 21%, un dato significativo en un país donde el voto era obligatorio.

Federico Aurelio puso el foco en ese fenómeno y en su impacto territorial. “Le perjudicó a Lula un porcentaje de abstención mayor que el habitual en Brasil, sobre todo en las zonas más favorables de Lula”, sostuvo el director de Aresco.

Para el consultor, la comparación con la Argentina resultó inmediata. El descenso de la participación electoral había aparecido también en los últimos comicios locales y nacionales como una expresión del descontento con la dirigencia y de una menor movilización política. “Hay que estar atentos también a cómo se desenvuelve el tema del abstencionismo en la Argentina”, advirtió.

El dato obligó a incorporar una variable adicional para 2027. Un espacio podía conservar un nivel importante de adhesión en las encuestas y, sin embargo, verse perjudicado si una parte de sus simpatizantes decidía no concurrir a votar. En escenarios de alta polarización, la capacidad de movilizar al electorado propio podía resultar tan importante como sumar nuevos apoyos.

Mario Riorda aportó una dimensión complementaria al destacar el peso de las estructuras territoriales. Entre las enseñanzas que extrajo de Brasil, señaló que “las campañas se juegan por regiones” y que incluso una elección nacional podía fortalecerse si contaba con “socios regionales sólidos”, capaces de aportar una tracción adicional.

Para la Argentina, esa combinación entre abstención y territorio podía adquirir especial importancia. La participación no dependía únicamente de la imagen de los candidatos nacionales: también intervenían gobernadores, intendentes, estructuras partidarias y dirigentes locales capaces de movilizar votantes en cada distrito.

Brasil mostró así que la apatía electoral no era una variable secundaria. En una competencia ajustada, perder capacidad de movilización en territorios propios podía modificar el equilibrio general de una elección.

La sombra de un simpatizante del presidente brasileño y candidato a la reelección por el Partido de los Trabajadores (PT), Luiz Inácio Lula da Silva, se proyecta sobre una pantalla mientras la gente espera los resultados tras el cierre de las urnas en las elecciones generales de Brasil, en Río de Janeiro, Brasil, el 4 de octubre de 2026. REUTERS/Pilar Olivares
La sombra de un simpatizante del presidente brasileño y candidato a la reelección por el Partido de los Trabajadores (PT), Luiz Inácio Lula da Silva, se proyecta sobre una pantalla mientras la gente espera los resultados tras el cierre de las urnas en las elecciones generales de Brasil, en Río de Janeiro, Brasil, el 4 de octubre de 2026. REUTERS/Pilar Olivares

La última señal que dejó Brasil fue también una advertencia contra las interpretaciones lineales. El resultado no podía explicarse solamente por la economía, por el rechazo a Lula, por la identificación ideológica con Bolsonaro o por un único episodio de campaña. En una elección de esas características confluyeron factores políticos, sociales y culturales que actuaron al mismo tiempo.

Mario Riorda resumió ese fenómeno con una definición: “No hay un único motor electoral”. Entre los elementos que identificó mencionó “la ideología, la religión, el nacionalismo, la economía, el clasismo, el racismo y la injerencia internacional”, entre otros. “La disputa está en todos los frentes”, señaló.

El consultor también relativizó el impacto que solía adjudicarse a los escándalos durante una campaña. “Los escándalos tienen poco o ningún impacto electoral, como confirma buena parte de la literatura sobre el tema”, planteó. En electorados con identidades políticas fuertes, episodios que dominaban durante días la agenda pública no necesariamente modificaban la decisión de voto con la misma intensidad.

Riorda agregó otro elemento especialmente relevante para dirigentes, consultores y periodistas: la distancia que podía existir entre la conversación digital y el comportamiento real de la sociedad. “Tus algoritmos y hábitos de consumo digital pueden engañarte y hacerte perder perspectiva”, advirtió.

Brasil había mostrado precisamente los riesgos de interpretar una elección desde una sola dimensión o desde los universos políticos que cada sector veía en sus propias redes. El resultado final combinó identidad ideológica, malestar con el Gobierno, liderazgos fuertes, factores económicos, diferencias sociales y culturales y una campaña atravesada también por la disputa internacional.

Para la Argentina, la enseñanza fue que ninguna de las nueve claves anteriores podía explicar por sí sola lo que podía ocurrir en 2027. La elección brasileña había dejado tendencias, advertencias y antecedentes útiles para observar el escenario local, pero también había demostrado que el comportamiento electoral surgía de la combinación de múltiples factores que podían cambiar de peso a medida que avanzara la campaña.