Esta cuestión de mantener presente aquel pasado feliz también forma parte de su vida personal. Andrés Compagnucci siempre jugó al pinball y, tras varios años de pintar en lugares pequeños, cuando pudo construir su propio taller se dio un gusto. “En ese momento, las casas de juegos estaban desapareciendo y yo quería seguir jugando. Así que me compré uno”, cuenta.
A ese primero le seguirían después otros once y un amor incondicional que lo llevó a tener amigos jugadores de pinball en todas partes del mundo. Cuarto en el ranking de competidores argentinos, también forma parte de una liga internacional.
Popularizados durante las décadas de los 60 y 70 en bares, clubes, heladerías y otros espacios de entretenimiento, los pinballs se convirtieron en uno de los grandes juegos de salón de la época: una bola metálica impulsada por un resorte recorre un tablero inclinado mientras el jugador intenta mantenerla en movimiento. La palabra “flipper”, como se lo conoce popularmente en Argentina, nombra específicamente a las paletas inferiores utilizadas para golpear y devolver la bola.
La obra que exhibe en “40 años de vacaciones” —es la “colada” de la sección dedicada a los artistas— es prestada. Pertenece a un coleccionista que se la encargó y compró hace tiempo y que ahora la cedió para que pudiera formar parte de esta retrospectiva. El nivel de detalle es impresionante, al punto de que en la bola del juego se refleja la persona que está jugando: el dueño.
Aunque cuando lo terminó se prometió que no volvería a pintar uno porque “es mucho, muchísimo trabajo” —el que está expuesto le llevó un poco más de cuatro meses—, no cumplió. Es que el amor es más fuerte, dicen, y ya lleva cuatro obras dedicadas a esta pasión.
En la muestra, el cuadro del pinball se exhibe al lado de un juego real que está disponible para aquellos que quieran jugar.
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