El emperador que buscó el elixir de la inmortalidad y “la encontró” en una letal bebida de mercurio líquido: lo mezclaba con vino y hierbas medicinales

2026/07/24

Qin Sh Huangdi, primer emperador de China y unificador del reino (Wikimmedia)

Qin Sh Huangdi, primer emperador de China y unificador del reino (Wikimmedia)

Mientras Aníbal Barca asumía el control de las tropas cartaginesas en Hispania, poco antes del estallido de la Segunda Guerra Púnica, y Filipo II de Macedonia, padre de Alejandro Magno, comenzaba su reinado, China daba por finalizada una sangría interna provocada por las constantes guerras entre los reinos combatientes. Era el año 221 a.C. y Qin Shi Huangdi se había proclamado el primer emperador de la historia de China.

Qin Shi Huangdi había conseguido lo que ningún otro había logrado hasta entonces: reunificar los seis reinos bajo un mismo trono. No lo logró con palabras ni carisma, sino a golpe de hierro. Mediante la violencia convenció a todo un país de las ventajas de tener una sola lengua escrita, una moneda única y un sistema estandarizado de medidas. Y del mismo modo mandó conectar los primeros muros de la Gran Muralla China con el trabajo forzado de miles de soldados, campesinos y prisioneros.

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Fue esta misma brutalidad de la que autores contemporáneos y posteriores se inspiraron para describir la figura de un hombre cruel y sin escrúpulos obsesionado con vivir para siempre y por encontrar el elixir de la inmortalidad. Estaba tan seguro de su existencia que ordenó que los jefes locales de las aldeas de China dedicaran todos sus esfuerzos en hallar este milagroso brebaje.

Sin embargo, la represión que llevó a cabo contra el pueblo le granjeó infinitud de enemigos; muchos de ellos, más que dispuestos a asesinar al emperador. “Siempre lo perseguían sicarios, así que tomó elaboradas precauciones para asegurarse de que nadie supiera dónde estaba”, escribe el historiador Sam Kelly en su ensayo Ramsés II era un fumeta (Grou, 2026). Entre ellas, amurallas carreteras, excavar túneles subterráneos o cubrir las ventanas con gruesas ventanas.

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Un termómetro de mercurio (Wikimmedia)
Un termómetro de mercurio (Wikimmedia)

Ante la incapacidad de sus súbditos de encontrar el elixir de la inmortalidad, mandó a sus sacerdotes a que crearan ellos mismos la receta. Y la prepararon, pero lejos estaba de ser un brebaje para la vida eterna. Lo que los consejeros de Qin Shi Huangdi utilizaron fue mercurio líquido.

“Los chinos llevaban mucho tiempo creyendo que el mercurio tenía propiedades sobrenaturales. Parecía desafiar las leyes de la naturaleza porque era un metal, como el hierro o el acero, pero no era sólido, sino un líquido que fluía como el agua. Además, era brillante, plateado y tenía un aspecto genial. La ciencia antigua siempre dictaba que si algo parecía genial, sin duda debía ser mágico”, escribe Kelly.

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Los alquimistas convencieron al emperador de que el mercurio era el ingrediente clave de una bebida que serviría para vivir para siempre. Mezclaron el metal líquido con vino y demás hierbas medicinales que estimulaban el ritmo cardíaco y aumentaba los niveles de energía. Gracias a este mejunje, “el emperador bebía el delicioso brebaje, se sentía de inmediato eufórico y revitalizado”.

Qin Shi Huangdi en un retrato del siglo XIX, copia de uno original de 1609.
Qin Shi Huangdi en un retrato del siglo XIX, copia de uno original de 1609.

No obstante, a nadie le sorprende descubrir que en absoluto el mercurio era el elixir de la vida eterna. Como explica el experto, el mercurio líquido se convierte en vapor a temperatura ambiente, y el cuerpo humano absorbe esos vapores, que desde los pulmones se extienden a la sangre, los órganos y el cerebro. “Por lo tanto, si bebes o inhalas mercurio, te matará”.

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Qin Shi Huangdi, el emperador chino que intentó vivir para siempre, acabó muriendo envenenado por mercurio a manos de su círculo más cercano y leal. Y lo hizo mientras recorría aquel reino que él mismo había unificado en su carruaje. Sin embargo, esta historia no sirvió de aprendizaje para sus sucesores, quienes siguieron confiando en el mercurio como elixir de vida, así como en el plomo, el arsénico y otros venenos.