Lucas de la CalCorresponsal Shanghai
Actualizado Jueves, 24 septiembre 2026 - 20:09
Mientras decenas de jefes de Estado continúan en Nueva York el ritual anual de la Asamblea General de las Naciones Unidas, con sus discursos sobre multilateralismo y paneles para administrar las guerras del mundo, los dos hombres más poderosos del planeta, los que de verdad pueden alterar esas contiendas, se sientan en otra mesa.
Donald Trump y Xi Jinping, cara a cara en Washington. Otra fotografía de lo que el presidente estadounidense bautizó como el G-2: una rendición semántica para colocar al líder supremo de China a su misma altura.
Xi llega a la cumbre con algo más que una lista de asuntos pendientes: la sensación de que el tiempo corre a su favor. En Pekín, el recibimiento trascendió la etiqueta. China llevaba años reclamando que Estados Unidos la trate como una potencia de igual rango.
Que Xi haya sido agasajado con extraordinarios honores y que Trump hable de él como de un amigo respetado es material político de primera clase para la propaganda china. A un año del congreso del Partido Comunista Chino (PCCh) que debe rubricar su cuarto mandato, Xi exhibe ante su pueblo una imagen invaluable: negocia de tú a tú con un presidente estadounidense que, delante suya, enseña su rostro más dócil.
El guion es todavía más confortable porque Trump llega desgastado. La guerra con Irán ha elevado el coste político y económico de la Casa Blanca; las legislativas de noviembre se acercan. Michael Schuman, analista de The Atlantic, ha descrito la escena con crudeza: Xi ha sabido neutralizar a Trump. Mientras la atención de Washington salta de Teherán a Ucrania, Pekín refuerza su músculo industrial, blinda su autonomía tecnológica y se presenta ante el Sur Global como la potencia estable.
"A lo largo de sus 14 años en el poder, el presidente chino ha actuado deliberada y sistemáticamente para debilitar a Estados Unidos", apunta Schuman. "Su viaje a Washington parece estar perfectamente sincronizado para explotar la debilidad de su anfitrión y principal rival estratégico, debilitado últimamente por el aumento de los precios internos, la caída en picado de los índices de aprobación y la costosa guerra en Irán. Esta coincidencia temporal hace que el espectáculo del supuesto líder del mundo libre adulando a un dictador comunista sea más que vergonzoso".
La guerra arancelaria puede ser el mejor ejemplo para ilustrar el actual cambio. Washington calculó que una China debilitada por el ladrillo y el consumo flojo no resistiría. No ocurrió. La tregua que ambos pactaron evitó una escalada y las exportaciones chinas volvieron a acelerarse: su superávit global camina hacia el billón de dólares por segundo año consecutivo. La amenaza de los aranceles no desaparece, pero ha dejado de parecer el garrote infalible que prometía Trump.
Xi tiene otra palanca: las tierras raras y otros minerales críticos. Estados Unidos conserva su superioridad en semiconductores de vanguardia; China puede complicar cadenas de suministro enteras. De esta cita no se esperaba una gran paz comercial, sino la prolongación de la tregua, como así ha ocurrido. Hay una nueva fecha límite para cerrar un acuerdo comercial: el 10 de enero.
Estos días, algunos funcionarios chinos presumían que, frente a Trump o a cualquier otro presidente estadounidense, Xi siempre juega con la baza del tiempo. Estar al frente de un régimen autoritario, pero previsible y estable, se ha convertido en una ventaja en el tablero geopolítico actual.
Y donde esa paciencia puede producir mayor rédito es en Taiwan. En mayo, Trump reconoció haber hablado con Xi sobre una venta pendiente de armas a la isla por 14.000 millones de dólares y la definió como una ficha de negociación. La operación sigue paralizada.
Para Pekín, que Washington consulte con China el armamento destinado a Taipei ya supone una concesión excepcional: contradice décadas de política estadounidense y abre la puerta a cambiarla por aviones Boeing, compras agrícolas o mayores compromisos sobre el fentanilo. Aunque a los principales socios asiáticos de Trump (Japón y Corea del Sur) esto no les haga ninguna gracia: si la disuasión estadounidense se convierte en moneda de cambio electoral, el estrecho de Taiwan se vuelve menos seguro.
Xi llega también a Washington diplomáticamente reforzado. Se dejó ver en septiembre con el ruso Vladimir Putin, el iraní Masoud Pezeshkian y el turco Recep Tayyip Erdogan en la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái en Kirguistán; en Nueva Delhi compartió después escenario con Putin y el indio Narendra Modi en los BRICS.
El líder chino es el protagonista de nuevos bloques que ya no aceptan que Occidente dicte sólo las reglas. Ante los BRICS, Xi volvió a denunciar que "el unilateralismo y la política de poder" avanzan contra corriente y declaró imparable la marcha hacia un mundo multipolar.
Xi adopta cada vez más la pose de medidor del Sur Global mientras que Estados Unidos paga el coste militar y reputacional con la guerra de Irán. China se presenta como la potencia paciente que no dispara, no invade y no se desgasta, aunque compre petróleo iraní, estreche su alianza cada vez más con Rusia y proteja sus propios intereses con el mismo cálculo frío que reprocha a Washington.