
El hielo que flota sobre el océano alrededor de la Antártida alcanzó su mayor extensión anual. Ese día, el hielo marino antártico cubrió 17,59 millones de kilómetros cuadrados, una superficie equivalente a casi dos veces la de Brasil y el tercer máximo más bajo desde el inicio de los registros por satélite, a fines de 1978.
El dato fue difundido por la NASA y el Centro Nacional de Datos de Nieve y Hielo de Estados Unidos (NSIDC, por sus siglas en inglés). Aunque cada invierno el mar que rodea al continente se congela y amplía su cobertura, la cifra de este año se mantiene lejos de los máximos registrados durante la década pasada.
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La medición corresponde al final del invierno en el hemisferio sur. A partir de septiembre, los días se alargan, suben las temperaturas y el hielo comienza a derretirse hasta llegar a su menor extensión, habitualmente en febrero. Este ciclo se repite todos los años, pero la superficie que ocupa el hielo puede variar mucho de una temporada a otra.
La superficie helada de este año fue de 6,79 millones de millas cuadradas. En términos científicos, se habla de “extensión” cuando se suman las zonas del océano que tienen al menos un 15 % de hielo. Esa medida permite seguir los cambios de la capa helada desde el espacio y comparar un invierno con otro.
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El máximo de 2026 fue el tercero menor observado en casi cinco décadas de datos satelitales. El mínimo histórico, tanto para el máximo invernal como para el mínimo de verano, se registró en 2023. Por ahora, los científicos evitan atribuir un solo año a una causa específica y siguen la evolución de la serie para saber si los valores bajos se mantendrán.

Entre 1979 y 2014, el hielo marino de la Antártida mostró un aumento promedio cercano al 1 % por década. Sin embargo, ese crecimiento no fue constante. La región presenta oscilaciones amplias entre un año y otro, por lo que los especialistas ya advertían que era necesario observar períodos prolongados antes de sacar conclusiones.
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En 2012, 2013 y 2014, los satélites detectaron tres récords consecutivos de extensión invernal. Aquellos valores contrastaban con la reducción sostenida del hielo marino del Ártico. La situación cambió a partir de 2015 y, desde 2016, las extensiones alrededor del continente austral cayeron de forma marcada, con recuperaciones parciales en algunos años.
La forma en que se distribuyen la tierra y el océano ayuda a explicar por qué el hielo se comporta de manera diferente en los dos polos. El Ártico es, sobre todo, un océano rodeado por continentes. La Antártida, en cambio, es una gran masa de tierra rodeada por el océano Austral.
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Esa diferencia da al hielo antártico más espacio para avanzar sobre el mar durante el invierno. Pero también lo lleva hacia aguas de latitudes menos frías, donde puede derretirse con rapidez cuando vuelve el verano. Por eso, la extensión de hielo alrededor de la Antártida cambia de manera drástica entre septiembre y febrero.
Los mapas de la NASA comparan la concentración promedio de hielo durante esos dos meses entre 1990 y 2026. Las zonas blancas muestran las áreas con mayor presencia de hielo y las azules oscuras representan agua abierta. La diferencia entre ambas imágenes permite ver la expansión durante el invierno y el retroceso que ocurre después.
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La extensión no indica cuánto mide el hielo de espesor ni cuánto volumen contiene. Dos años pueden tener una superficie parecida, pero capas de hielo con características diferentes. Por eso, este indicador es una parte del seguimiento científico y debe leerse junto con otros datos sobre el océano y la atmósfera.
Para realizar estas mediciones, los investigadores utilizan instrumentos instalados en satélites que detectan la energía de microondas emitida de forma natural por la superficie terrestre. El hielo y el agua abierta emiten señales distintas, lo que permite diferenciarlos en las imágenes.
Una ventaja de este método es que las microondas atraviesan las nubes. De ese modo, los satélites pueden observar el hielo aun en condiciones de mal tiempo o durante la oscuridad invernal, cuando otras herramientas tienen mayores limitaciones.
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La serie de datos comenzó a fines de 1978 con el satélite Nimbus-7 de la NASA. Más tarde se añadieron registros de los satélites del Programa de Satélites Meteorológicos de Defensa y del satélite Aqua, que aportó observaciones entre 2002 y 2011. Desde 2025, los científicos también usan datos de GCOM-W, una misión de la Agencia de Exploración Aeroespacial de Japón.
Mantener una serie de observaciones continua es importante para distinguir un cambio de larga duración de una variación propia de un año determinado. Cada temporada aporta una nueva referencia sobre el comportamiento del océano que rodea al continente.
Los equipos científicos seguirán los máximos de invierno y los mínimos de verano para evaluar si la reducción observada desde 2016 se consolida o si la extensión vuelve a los niveles de otros períodos.
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La respuesta requiere años de mediciones comparables, porque el hielo marino antártico responde a una combinación de condiciones atmosféricas, oceánicas y estacionales.