El impuesto invisible de nuestras fronteras

2026/08/29

Pluma invitada

Centroamérica no necesita convertirse en un solo país. Necesita convertirse en un solo mercado.

Hay impuestos que aparecen en la factura y otros que pagamos sin saberlo. Uno de ellos es el costo absurdo de mover productos entre los pequeños países de Centroamérica. Lo paga una madre cuando compra alimentos. Lo paga el pequeño empresario que quiere vender en el país vecino. Lo paga el agricultor que necesita fertilizantes o maquinaria. Y lo pagamos todos cuando nuestras empresas crecen menos y generan menos empleos.


Centroamérica tiene más de 50 millones de habitantes. Pero insistimos en funcionar como seis pequeños mercados, cada uno aferrado a sus trámites, permisos y fronteras, como si fuéramos enormes economías. Con frecuencia confundimos soberanía con burocracia, y orgullo nacional con aislamiento económico. Esa confusión no es ingenua: tiene consecuencias concretas en la vida de las personas y en la competitividad de nuestra región.


Según el Banco Mundial, un camión que atraviesa Centroamérica desde Guatemala hasta Panamá avanza, en promedio, a apenas 18.5 kilómetros por hora. Los costos logísticos pueden llegar a agregar hasta un 50% al precio final de algunos productos comercializados en la región. Cifras que deberían hacernos reflexionar sobre lo que estamos desperdiciando y el potencial que dejamos de aprovechar.


Ese costo no desaparece: termina en el precio que paga alguien. Con la unión aduanera entre Guatemala y Honduras, trámites fronterizos que podían tomar alrededor de 10 horas llegaron a realizarse en aproximadamente 15 minutos mediante procedimientos electrónicos integrados. Esa experiencia demuestra que el cambio es posible cuando hay voluntad de simplificar y de anteponer el interés común a las inercias burocráticas. Tuve el privilegio de formar parte del equipo del sector privado que acompañó su implementación. Vi de cerca algo que hoy parece obvio: eliminar trámites innecesarios en nuestras fronteras no es ceder soberanía. Es todo lo contrario. Estamos devolviéndoles tiempo y dinero a nuestras empresas y a nuestros ciudadanos.


Europa entendió esta realidad hace décadas. Países que durante siglos habían protegido celosamente sus fronteras decidieron crear un mercado común. No dejaron de ser franceses, españoles, italianos o alemanes. Simplemente dejaron de castigarse económicamente por comerciar entre vecinos.


Los beneficios del Mercado Único Europeo se estiman hoy en alrededor de 8% a 9% de su PIB. Esa cifra representa empleos, oportunidades y bienestar para millones de personas.


Centroamérica no necesita convertirse en un solo país. Necesita convertirse en un solo mercado. Que un producto autorizado en Guatemala pueda venderse en Honduras o El Salvador sin repetir permisos, registros e inspecciones innecesarias. Que nuestros sistemas aduaneros hablen entre sí. Que la frontera controle lo que realmente debe controlar, no que detenga durante horas un camión con mercancía perfectamente legal.


Esto no es un debate para economistas. Es una discusión sobre cuánto cuesta llenar la refrigeradora, cuánto cuesta producir, cuántos empleos podemos crear y qué oportunidades tendrán nuestros hijos. Es, en el fondo, una conversación sobre el tipo de región que queremos construir y el futuro que estamos dispuestos a heredar.


Somos países pequeños, y esa realidad no la podemos cambiar. Lo que sí podemos cambiar es la terquedad de seguir poniendo fronteras económicas entre nosotros. Europa descubrió que un vecino también puede ser un mercado. Centroamérica ya debería haberlo entendido.