Han pasado exactamente 728 días, pero para Saray Ruiz y Ernesto Martínez el tiempo se detuvo un 29 de octubre de 2024. La tragedia más mortífera del siglo en Valencia arrebató las vidas de su padre y sobrina, Francisco Ruiz Martínez y Elizabeth Gil Martínez, cuyos cuerpos todavía no han aparecido.
De las 233 víctimas mortales que dejó la riada, según el recuento oficial, son los únicos restos que siguen sin hallarse. Comparten el mismo dolor y eso les ha permitido sobrellevar la situación en la medida de lo posible. Ernesto, además, llora la muerte de su hermana.
Ambos reciben a EL ESPAÑOL cuando está a punto de cumplirse el segundo aniversario de la catástrofe. La herida sigue abierta, pero no pierden la esperanza.
Elizabeth Gil Martínez, de 38 años, viajaba con su madre, Elvira, en un Ford negro por Cheste cuando les sorprendió la riada. Las dos se dirigían al hotel La Carreta, pero nunca llegaron. A los pocos días el cuerpo sin vida de la hermana de Ernesto apareció en el barranco del Poyo, pero dos años después sigue sin haber rastro de su sobrina.
Cámaras de vigilancia, datos de rastreo y batidas organizadas extendieron el área de búsqueda hasta Quart de Poblet, a 24 kilómetros del lugar donde se les perdió la pista. No se encontró nada.
Su tío no fue consciente de la tragedia hasta días después, tras quedar incomunicado en su casa de Chiva, uno de los municipios más afectados.
Al no recibir respuesta ni de su hermana ni de su sobrina empezó a movilizarse: "Llamé a una prima policía de Madrid para poder conseguir los vídeos que le mandó Eli a su jefe. Sin saberlo, iban grabando su muerte en directo".
Una llamada del cuartel de la Guardia Civil y formalizar la denuncia fueron los siguientes pasos para comenzar un tedioso proceso que no ha llegado a su fin.
Ernesto asegura "ser un superviviente" desde pequeño, cuando superó la polio y, aunque el fallecimiento de sus familiares le ha pasado factura, dice estar "fuerte".
Pero hay diferentes maneras de afrontar y sentir. Saray lleva peor el duelo. En estos dos años, ha ido "a remolque", "intentando luchar contra todos esos sentimientos".
Su padre Francisco Ruiz Martínez, de 64 años, estaba en el polígono de Montserrat con sus dos nietos cuando la riada los alcanzó. El desbordamiento del río Magro arrastró su coche.
Con rapidez, rompió las ventanas para salvar a los pequeños y los subió al techo del vehículo. Su acto heroico salvó las vidas de los hijos de Saray, pero él no tuvo la misma suerte y fue arrastrado por la tromba de agua ante la mirada de los menores.
"Mi problema es que no exteriorizo el dolor. Eso me ha llevado a tener episodios de tics nerviosos, temblores e insomnio. Ahora mismo estoy de baja, porque cuando pasó todo no me la cogí. Por el camino también perdí a mi madre el año siguiente", cuenta.
"Ese cúmulo de cosas me ha llevado a sumirme en una depresión y estar ahora mismo en tratamiento. Seguimos con la incertidumbre de no haber encontrado todavía los cuerpos ni de mi padre ni el de Eli", prosigue.
Porque aquel 29 de octubre, la hija de Francisco evitó que su padre cogiera el coche desde Montroy, pero los mensajes nunca llegaron.
Lo más aterrador de su relato es la intuición que sintió aquella tarde: "Pensé que sí habían salido del chalet y no me digas por qué me puse a ver el vídeo de boda de mis padres. Eran las 18:00 de la tarde".
"Hasta las 23:30 de la noche yo no soy consciente de que ha habido un problema gordo. Uno de los chiquillos me tocó al timbre. Tenían 10 y 5 años y vinieron con la policía. Me contaron lo que había pasado. Los policías no sabían nada. Un vecino los rescató", recuerda.
Efecto placebo
Los dos familiares de las víctimas de la dana coinciden en que lo más desgarrador es "no tener un sitio donde llorar", aunque para dar algo de descanso a la mente han creado sepulturas "ficticias", como si se tratase de "efecto placebo".
"Es un duelo muy complicado. No sé si en algún momento podremos llegar a procesarlo correctamente", afirma Saray, mientras Ernesto tiene fe en que podrán encontrar a su sobrina, igual que sucedió con su hermana.
El hombre habla en ese momento de Iván, el hijo de Elizabeth que acaba de cumplir los 20 y vive solo. Perdió a su madre y a su abuela y, después, a su abuelo. Ahora su tío Ernesto es "su palanca, su apoyo".
"De su madre habla en presente, como si hubiera la posibilidad de que llegara en este momento y se sentara con nosotros. Hemos creado un lugar para que él se aferrara a algo, cerca de su casa. Cuando a él le parece compra una flor y se la lleva a su madre. Es como rendirle ese culto", señala.
"Me llegó a llamar a las 3 de la mañana: 'Tío, ¿te vienes conmigo?'; '¿Dónde vas?'; 'Al barranco a buscar a mi madre'; 'Pero si yo no puedo ni entrar'. Para evitar este tipo de cosas, había que crear un refugio", añade.
En el caso de Saray, apunta que no termina de funcionar porque sabe cuál es la realidad: "Y por más que queramos enterrarla diariamente somos bombardeados con nuevas informaciones que cada vez duelen".
La hija de Francisco y el tío de Elizabeth pertenecen a la Asociación de Víctimas Mortales Dana 29-O que preside Rosa Álvarez, donde han encontrado una verdadera red de apoyo.
"Nosotros, simplemente con una mirada, sabemos dónde le duele el zapato al otro, porque nos duele en el mismo sitio. Quien mejor nos comprende es alguien que está en la misma situación. Debido a la tragedia se ha generado una familia. Cuando uno está débil, el otro lo coge, lo sujeta y lo levanta", explica él.
En búsqueda permanente
Dos años después, "siguen buscando". A Ernesto le consta que los equipos siguen trabajando en el barranco del Poyo, y compara la tarea a la labor arqueológica: "Con palas largas, de unos dos metros, los operarios van retirando la tierra, perfilando el terreno. En algunos puntos han llegado a profundidades de hasta ocho metros".
Asegura él que, cuando aparece un resto óseo, retiran la maquinaria y continúan el descubrimiento a mano. Saray, sin embargo, desconoce esta información.
Las comunicaciones también han sido diferentes para ambos: Ernesto ha recibido hasta cuatro avisos desde que comenzó la búsqueda; el último, este verano, pero se trataba de restos de animales.
Ella, en cambio, solo recuerda recibir una llamada durante el primer año. En este punto, critica la falta de coordinación entre administraciones y cuerpos de emergencia.
"Si estamos buscando vidas, deberían trabajar en equipo. Cuando hay una emergencia no podemos permitir que se estén pisoteando los unos a los otros y viendo quién es competente y quién no", reclama, convencida de que las discrepancias entre Bomberos, Guardia Civil, UME o Protección Civil han afectado a la búsqueda.
Ernesto, en cambio, prefiere no generalizar: "No podemos condenar a todo un cuerpo porque en un sitio se haya hecho mal".
Sus vivencias con las administraciones locales también han sido muy distintas: Saray asegura que desde el Ayuntamiento de Montserrat nunca le han contactado, mientras que Ernesto recibió la llamada del alcalde de su pueblo el mismo 31 de octubre.
Hallado un año después
Hace un año, en octubre de 2025, empleados de la empresa pública Tragsa hallaron en unos trabajos restos óseos que, tras un análisis de ADN, determinaron que correspondían a Javier, un hombre de 56 años que fue arrastrado por el agua en la localidad valenciana de Pedralba y que figuraba como uno de los tres desaparecidos todavía pendientes de localizar.
Esta víctima mortal ya había sido declarada legalmente fallecida mediante un decreto de un juzgado de Primera Instancia de Valencia fechado el 6 de marzo, en el marco de un expediente civil de jurisdicción voluntaria.
Javier desapareció junto a su hija, con síndrome de Down, cuando se encontraba en una vivienda en el campo el 29 de octubre. La Guardia Civil pudo localizar el cadáver de la chica pero no hubo rastro de su padre hasta un año después.
Para Saray y Ernesto, conocer esta noticia supuso un gran alivio y tener incluso más fe en encontrar a los suyos.
Dos vidas
Francisco era un hombre de carácter "fácil", siempre dispuesto a echar una mano a quien lo necesitara.
Su hija lo recuerda como alguien con recursos para resolver cualquier obstáculo y una mente despierta, capaz de inventar soluciones allá donde otros veían un problema. No le faltaba humor ni ganas de reírse, aunque, como cualquiera, también tenía sus días de renegar.
Eli era, según su tío, "tan delicada como una orquídea y tan fiera como una tigresa": sensible en muchos aspectos, pero con el carácter necesario para defender a los suyos.
Con historias distintas y un mismo dolor, las dos familias siguen esperando respuestas. Pero por el momento, su petición va más allá: exigen que se cumplan las normativas y que no se vuelva a construir en zonas inundables.
Francisco Ruiz Martínez fue declarado judicialmente fallecido el 25 de marzo de 2025 por el Juzgado de Primera Instancia de Picassent.
Elizabeth Gil Martínez consta judicialmente fallecida el 30 de mayo de 2025 por el Juzgado de Primera Instancia de Requena.