29 de septiembre, 2026 - 07h11
Hay indicios históricos que atribuyen al rey Ptolomeo I de Egipto, fundador de la dinastía Ptolemaica, e íntimo amigo de Alejandro Magno, la idea de recopilar todos los libros, folletos o escritos, en general, que contenían todo el conocimiento humano que existía a esa fecha: geografía, medicina, filosofía, matemáticas, literatura, arquitectura entre otros. Tanto los asesores de Ptolomeo I como sus descendientes se embarcaron en la titánica tarea de adquirir, por las buenas o por la fuerza, miles de pergaminos y rollos para irlos depositando, clasificando y conservando en lo que luego se convertiría en la Biblioteca de Alejandría. Una de las iniciativas más importantes de la humanidad. Euclides probablemente escribió en ella sus “Elementos” de geometría, y fue allí donde se calculó la circunferencia de la tierra y se editaron las primeras épicas de Homero. Lamentablemente, con el tiempo los libros se deterioraron y terminaron devorados por un incendio en el 48 a.C. Hay quienes atribuyen a Julio Cesar semejante barbarie. En todo caso, con la destrucción de la mencionada biblioteca el mundo perdió acceso al pensamiento clásico, el que tomará siglos para volver a salir a la luz.
Hay indicios hoy en día de que la humanidad ha vuelto en cierta manera a incendiar los libros. No recurriendo al fuego, como tampoco ha sido esa destrucción obra de una dictadura como la relatada en la célebre novela Fahrenheit 451. No. Lo sucedido es algo peor. Las sociedades están destruyendo los libros y con ello el hábito de la lectura mediante su olvido. Los recientes resultados de la prueba PISA 2026 son descorazonadores. El nivel de comprensión de textos por parte de los estudiantes ecuatorianos es prácticamente nulo. Ello es consecuencia directa de la falta de lectura. Lo peor es que este es un fenómeno que crece vertiginosamente y no distingue géneros, clases sociales, nivel educativo, o edades.
No es una coincidencia que la mayoría de las obras literarias que despuntan en las listas de “los más vendidos” o best sellers, están redactadas a base de oraciones muy cortas, pues, esa es la forma de atraer hoy a los lectores. Y es que en realidad no es que se está leyendo menos. Las llamadas redes están, en efecto, llenas de textos. Lo que sucede es que son textos fragmentados, cada vez, más precarios y hasta abreviados. Novelas como En búsqueda del tiempo perdido de Proust o el Dr. Zhivago de Pasternack son prácticamente de imposible lectura hoy en día.
El nivel de análisis crítico es casi inexistente. El informe PISA lo confirma. Los estudiantes encuentran enormes dificultades en analizar críticamente textos y extraer conclusiones. Ello exige mucha introspección, tiempo y concentración. Cosas que ya no existen. E igual cosa sucede con adultos que ya han completado sus estudios y son profesionales. El hombre masa que profetizó Ortega y Gasset habría triunfado. Esta falta de lectura tiene un impacto escalofriante en la política. La ausencia de un sentido crítico es el alimento ideal de caudillos, demagogos y autócratas. Su poder se sustenta en la docilidad con la que sus medias verdades y enteras mentiras, sus mensajes fugaces y eslóganes son asimilados por la gente, que no dejan de mirar sus celulares. (O)