La ‘Casita del cielo’, el misterioso chalet en el tejado de un edificio de Buenos Aires en el que un español quería dormir la siesta

2026/08/08

La también conocida como ‘Chalecito Díaz’ fue construida hace 100 años, antes incluso que el icónico Obelisco, en la terraza de la mueblería Día, la más grande de sudamérica y propiedad de un inmigrante español.

En lo alto de los edificios muchas ciudades cuentan su historia. En las cúpulas, tejados y esculturas se puede ver la huella del paso del tiempo. Y en Buenos Aires, donde todo recuerda a ciudades como París, Madrid o Barcelona, uno de sus edificios esconde el tesoro más enigmático de la ciudad. En la capital argentina, frente al famoso Obelisco, un lugar destaca por encima del resto: el ‘Chalecito Díaz’. Esta imponente casa que corona la azotea de un edificio en la avenida 9 de Julio fue construida hace 100 años. La vivienda pertenecía a un inmigrante español que odiaba tener que volver a su casa entre el turno de mañana y de tarde en su trabajo. Un chalet de dos plantas y 200 metros cuadrados que fue creado con un único objetivo: dormir la siesta.

Su nombre era Rafael Díaz, y fue uno de los miles inmigrantes que decidieron cruzar el charco a finales del siglo XIX y principios del XX a un país, Argentina, que se había convertido en el lugar de las oportunidades para muchos europeos que lo estaban pasando mal. El largo viaje en barco que duró semanas lo hizo junto a su madre, y poco tiempo después, a los 14 años, comenzó a trabajar en un negocio de telas en la bulliciosa Buenos Aires. “Poco a poco su forma de vender le convirtió en un personaje conocido”, explica su bisnieto, Diego Sethson. Su buena marcha en los negocios provocó que con el tiempo se convirtiera en el dueño de la que por entonces fue la mueblería más grande de toda Sudamérica, la Mueblería Díaz. Y la creó en una calle que todavía no era lo que es hoy, uno de los centros neurálgicos del continente Americano.

Era todavía 1926, diez años antes de que se construyera el icónico Obelisco, cuando Rafael Díaz se enteró de que se está empezando a construir la 9 de Julio y decidió comprar tres terrenos para crear la mueblería. “Era algo muy importante para la ciudad de Buenos Aires y para Argentina, porque se estaba construyendo la avenida más ancha del mundo. Un hecho que indudablemente iba a atraer gente”, explica Sethson. La casa de este inmigrante español que ya empezaba a ser conocido en la capital argentina por ser también propietario de varios cines, teatros y locales en la avenida Corrientes, estaba en Banfield, una localidad a unos 50 kilómetros de Buenos Aires. La lejanía provocaba grandes quebraderos de cabeza para este empresario, que decidió que en el proyecto de la mueblería habría algo que solucionaría su problema: un chalet en el tejado.

“Para mi bisabuelo el chalet se convirtió en un sitio para comer con su familia y dormir la siesta sin tener que volver a casa. Mi madre me contaba que cuando subían a la casa del tejado y se ponían a jugar en el piso de abajo siempre les decían que no se podía molestar al abuelo mientras dormía. No sé si era porque era muy cascarrabias, pero insistían en que necesitaba descansar”, afirma entre risas Sethson. Además, Rafael Díaz vio en esta curiosa construcción una oportunidad de dar a conocer su tienda. “Servía también como un artilugio publicitario que funciona muy bien, porque todo el mundo habla del ‘Chalecito de la 9 de Julio’ y del ‘Chalet Díaz’, encima de la mueblería. Él vio la oportunidad de hacer algo distinto que tuviera que ver con lo que él hacía porque, ¿a dónde llevamos nuestros muebles si no es a una casa?”, reconoce Diego Sethson.

Durante un siglo el chalet fue uno de esos secretos a la vista de todos. Los porteños paseaban por el centro de su ciudad preguntándose que habría entre las paredes de una casa construida al estilo de las viviendas de la localidad argentina de Mar del Plata. La casa de tejado negro a dos aguas y 200 metros cuadrados tiene cinco habitaciones sin contar con el altillo y la terraza, desde la que se puede ver una de las mejores puestas de sol de la ciudad. Unas vistas privilegiadas de Buenos Aires que solo la familia Díaz y los afortunados invitados pudieron disfrutar durante décadas. En 1968 Rafael Díaz falleció y casi tres décadas después la famosa mueblería cerraría para siempre.

Un centenario agridulce

En las paredes del ‘Chalecito Díaz’ todavía cuelgan algunas fotos o cuadros con recuerdos de lo que fue la época dorada de la casa. De la mueblería ya solo queda un cartel antiguo que se mantiene en la fachada y que se puede apreciar desde la calle Sarmiento. De los años de gloria de aquellos terrenos comprados hace 100 años por Rafael Díaz no queda nada. Muchos de los pisos de este edificio se alquilaron, aunque tras la pandemia algunos quedaron vacíos y hoy se usan para algunas actividades culturales.

La familia Díaz siguió creciendo y cada vez tuvo más complicado poder mantener el legado de Rafael. El ‘Chalecito’ se mantuvo cerrado durante mucho tiempo, a excepción de un breve período de tiempo en los últimos años que albergó visitas turísticas para dar a conocer su historia. Un intento de mantenerlo vivo que, sin embargo, duró menos de lo deseado. Hoy no solo vuelve a ser un lugar cerrado al público, sino que este año se ha puesto a la venta.

“Queremos vender todo el edificio, incluido el chalecito”, dice Sethson con nostalgia mientras introduce la llave en el ascensor que sube hasta la casa. Ya arriba, y ante la puerta del chalet, reconoce que “hoy  Argentina vive otras cosas y los edificios de esta índole se tienen que transformar”. “Nosotros tratamos de armar un gran polo cultural en todos los pisos porque hay un auditorio de los años 70 y otros lugares muy bonitos, además del chalecito, que podría ser un buen rooftop”, agrega. El bisnieto de Rafael Díaz explica cómo se hizo cada vez más complicado encontrar un punto en común entre todos los descendientes, y aunque se intentó, reconoce sin animadversión que ya son la cuarta, quinta y, a veces, sexta generación, y que “cada uno tiene otros sueños, necesidades y objetivos”, por lo que finalmente se ha tenido que abandonar cualquier proyecto común.

Pese a todo, espera que el comprador “se apropie de esta gran historia y sepa disfrutarla”, porque afirma, mientras mira desde una de las ventanas el Obelisco, que la casa representó la consecución del sueño de su bisabuelo: “Es como la famosa frase del sueño americano pero, ¿por qué no el sueño sudamericano? Esta casa representa que cuando una persona viene con un sueño, proyecciones y ganas, lo puede conseguir”.