El Mundial de la FIFA: la mayor feria deportiva, comercial y política de la historia

2026/08/02

Cuando la pelota comienza a rodar, el mundo cree asistir únicamente a un campeonato de fútbol. Es una ilusión. El Mundial dejó hace muchotiempode ser unsimpletorneo; hoy es la mayor feria comercial y política con etiqueta deportivaenla historia de la humanidad.

Ni las caravanas que cruzaban la Ruta de la Seda, ni las legendarias ferias de Champaña —donde Europa descubrió el comercio moderno—, ni los mercados de Alejandría —adonde llegaban barcos cargados de trigo, papiros, vino y especias—, ni siquiera la sagrada Olimpia —que durante siglos congregó a los griegos alrededor del deporte— reunieron jamás semejante concentración de riqueza, culturas, intereses políticos, tecnología y poder económico.

La diferencia es que aquellas reuniones congregaban a decenas de miles de personas. El Mundial de fútbol reúne a miles de millones frente a las pantallas y a millones en los estadios, aeropuertos, hoteles, restaurantes y calles de las ciudades anfitrionas. Ningún acontecimiento periódico posee semejante capacidad de convocatoria.

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Durante un mes, el planeta cambia de capital. Las conversaciones de Tokio, Buenos Aires, Quito, Lagos, Madrid o Nueva York terminan desembocando en el mismo tema. El idioma puede variar, pero las emociones son idénticas. Un gol provoca la misma explosión de alegría en cualquier continente. Una eliminación produce el mismo signo de tristeza. Tanto es así, que una ecuatoriana fue despedida de una cadena de televisión hispana de Estados Unidos, cuyo mayor porcentaje de audiencia es de origen mexicano, por haber celebrado la caída de la selección azteca ante Inglaterra.

Pero bajo esa fiesta late otra realidad, mucho menos romántica: el Mundial también es el mercado más grande del deporte. La FIFA dejó de ser únicamente la administradora de un campeonato; se transformó en una de las organizaciones deportivas con mayor capacidad de generar ingresos del planeta.

La FIFA, liderada por el ambicioso comerciante suizo Gianni Infantino, obtuvo ingresos récord gracias a la Copa del Mundo de 2026. Las cifras más recientes indican que alcanzó recaudaciones totales cercanas a los 15.000 millones de dólares. De ese total, casi 9.000 millones de dólares provinieron directamente del Mundial 2026 (derechos de televisión, patrocinios, venta de entradas y hospitalidad, entre otros).

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Las principales fuentes de ingresos fueron los derechos de televisión, por 3.900 millones de dólares; las entradas y paquetes de hospitalidad, por más de 3.000 millones de dólares, y los patrocinios y acuerdos comerciales, de 2.800 millones de dólares.

A modo de comparación, la edición de Sudáfrica 2010 tuvo ingresos aproximados de 4.200 millones de dólares. Brasil 2014 produjo alrededor de 4.800 millones de dólares. Rusia 2018 obtuvo cerca de 6.400 millones y Qatar 2022, aproximadamente 7.500 millones.

El crecimiento se explica por tres factores principales: el aumento de 32 a 48 selecciones, el incremento de 64 a 104 partidos y el enorme mercado comercial de Norteamérica, que permitió vender derechos de televisión, patrocinios y hospitalidad a precios sin precedentes.

El balón sigue siendo redondo, pero el negocio adquirió dimensiones colosales. Como las antiguas ferias, el Mundial es también un inmenso intercambio cultural. En las calles se mezclan idiomas, canciones, gastronomías, costumbres y símbolos nacionales. Un aficionado japonés conversa con uno argentino; un marroquí intercambia fotografías con un mexicano; un ecuatoriano comparte una mesa con un escocés. Lo que parecía una simple competencia deportiva termina convirtiéndose en una celebración de la diversidad humana.

Eso mismo ocurría hace más de 2.000 años en Olimpia con los Juegos Olímpicos. El Mundial heredó ese espíritu, pero lo multiplicó hasta una escala planetaria.

La diferencia fundamental radica en la tecnología. Los antiguos necesitaban semanas para llegar a Olimpia. Hoy bastan unas horas de vuelo. Ellos dependían de pregoneros para conocer los resultados; nosotros los recibimos en tiempo real desde cualquier rincón del planeta. Aquellas ferias terminaban cuando los comerciantes desmontaban sus puestos. El Mundial continúa viviendo durante meses en las redes sociales, las plataformas digitales, los documentales y las campañas publicitarias.

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Por eso resulta insuficiente afirmar que el fútbol mueve multitudes. Lo que realmente mueve es al mundo. El Mundial representa la rara ocasión en que la economía, la política, la cultura, el turismo, la tecnología, los medios de comunicación y el deporte confluyen en un mismo escenario. Ningún otro acontecimiento periódico reúne semejante diversidad de intereses.

El Mundial sigue hasta hoy y seguirá mañana. Nadie más codicioso y ávido de dinero que Infantino. Los ojos abiertos de Infantino se fijan en un futuro de dinero amontonado con 64 selecciones y 128 partidos jugados en 45 días. La reforma significa 24 partidos más, lo que equivale a más venta de entradas, más derechos de televisión, más patrocinio, más turismo y más consumo en las ciudades sede.

Cada partido que añade la FIFA no solo ofrece 90 minutos más de fútbol; también incorpora millones de dólares al mayor mercado itinerante del deporte mundial.

La última gran agitación responde a otra estocada de Infantino: su fracasada idea de privatizar la Copa del Mundo; esto es, vender el mayor mercado mundial de ingresos y negocios a un grupo de magnates ante los que se presenta como el sumo sacerdote del negocio futbolístico, aunque su imagen universal es la de un cortesano del dinero y del poder.

En las antiguas ferias, el mercader más hábil no era necesariamente el que vendía más, sino el que conseguía un lugar en la mesa de los príncipes. El fútbol contemporáneo parece haber recuperado esa tradición con Gianni Infantino rodeado de multimillonarios accionistas del Mundial.

La UEFA (entidad que agrupa a los 55 países de Europa) amenazó con no participar en ningún torneo si la FIFA mantenía su intención de privatizar la Copa del Mundo. Ese boicot simbolizó una batalla que puede resumirse como un choque entre dos filosofías: la FIFA de la expansión infinita con más selecciones, más partidos, más mercados y más ingresos, y la UEFA del patrimonio deportivo y el fútbol como identidad colectiva antes que producto financiero.

Fue, en el fondo, una vieja disputa con ropaje moderno: la que siempre existió entre el mercader y el ciudadano, entre quien ve un valor económico y quien defiende un valor cultural. Para la UEFA el Mundial no es una mercancía. La Copa del Mundo no pertenece a una empresa ni a un grupo de inversionistas. Pertenece —según esta visión— a generaciones de futbolistas, aficionados y países que la han construido durante más de un siglo. Por eso sostenían que “el Mundial no está en venta”.

Otro argumento era el temor a que el dinero privado mandara sobre el deporte. A la UEFA le preocupaba que presiones de fondos de inversión o grandes capitales privados no protegieran la tradición del fútbol, sino que buscarán maximizar ganancias: más partidos, más torneos, más explotación comercial y más decisiones tomadas por rentabilidad y no por criterios deportivos. Expuso que nadie posee la “autoridad moral” para vender un patrimonio que se debe custodiar para el futuro.

Quienes prefieren mantener lo poco que queda de transparencia en el negocio más rentable del mundo le ganaron, por ahora, la batalla al codicioso Infantino —y a sus seguidores, como Alejandro Domínguez, líder de Conmebol—, que fue forzado a recular en su deseo de crear una filial para comercializar el Mundial. ¿En el futuro el fútbol pertenecerá a los pueblos o a los inversionistas? (O)