Estado, empresa y sociedad
Podría quedar abierta la posibilidad de un encuentro de los presidentes de China, Estados Unidos y Rusia.


Los presidentes Donald Trump y Xi Jinping se volverán a encontrar el próximo 24 de este mes, en Washington D. C. En mayo pasado comenté en este mismo espacio que la reunión de los dirigentes de ambas potencias se percibe como un esfuerzo positivo para gestionar la tensa relación que mantienen, dado que no ha existido un diálogo estratégico sostenido, esperando que estas reuniones contribuyan a la estabilidad y paz mundial, aunque no sean más que una pausa táctica en su creciente rivalidad por la hegemonía global.
El próximo encuentro llega envuelto en una mezcla de expectativa y escepticismo, no porque vaya a resolver los desacuerdos que separan a Estados Unidos y China, sino porque parecen haber comprendido que, pese a todas sus diferencias, ambos reconocen que el siglo XXI sería demasiado complejo para gestionarlo sin hablar entre sí. La visita incluirá una cumbre bilateral y una cena de Estado, un formato que busca subrayar la importancia política de la reunión.
Durante la última década, la relación entre Washington y Pekín ha transitado de la interdependencia económica a una competencia estratégica cada vez más abierta. Comercio, inteligencia artificial, seguridad tecnológica, inversiones y liderazgo global conforman hoy una agenda mucho más compleja que Taiwán y las sonadas disputas arancelarias. Trump ha adelantado que la inteligencia artificial ocupará un lugar destacado en las conversaciones, un reconocimiento implícito de que la carrera tecnológica se ha convertido en el principal escenario de competencia entre ambas naciones.
Sin embargo, el dato más interesante quizá no esté en los discursos oficiales, sino en los gestos. Xi podría llegar acompañado de una amplia delegación empresarial (de la misma forma como lo hizo Trump), una señal de que China desea proyectar una imagen de apertura económica y preservar los vínculos comerciales con Estados Unidos pese a las tensiones acumuladas.
Los mercados financieros y el resto del mundo observan la cita con atención, aunque no se espera un acuerdo histórico ni una reconciliación estratégica. Lo que buscan es algo más modesto, pero igualmente valioso: previsibilidad. En un mundo marcado por guerras, incertidumbre económica y carreras tecnológicas, cualquier indicio de estabilidad entre las dos mayores economías del planeta será bienvenido.
La paradoja es que ambos líderes tienen incentivos para mostrarse firmes ante sus respectivas audiencias domésticas y, al mismo tiempo, cooperativos frente a los inversionistas y a la comunidad internacional. El resultado probable será una combinación de competencia y pragmatismo: desacuerdos en cuestiones de fondo, pero disposición para mantener abiertos los canales de comunicación.
Además, podría quedar abierta la posibilidad de un encuentro de los presidentes de China, Estados Unidos y Rusia en el Foro de Cooperación Asia-Pacífico (APEC), a celebrarse en la ciudad china de Shenzhen el 18 y 19 de noviembre próximo, en una eventual reunión trilateral de Trump, Jinping y Putin, jefes de los países poseedores de los mayores arsenales nucleares en el mundo.
Mientras se mantengan las comunicaciones y estén abiertos al diálogo, como lo estuvieron los Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría, tendremos viva la esperanza que ninguno usará fuerzas nucleares contra el otro, porque esto sería el fin del mundo, la destrucción mutua asegurada, dado que un ataque nuclear de cualquier bando tiene garantizada la respuesta del otro; es decir, la aniquilación total, tanto del atacante como del atacado. Ojalá así lo entiendan.