El rol del “outsider” en las elecciones

2026/09/22

Nota bene

¿Qué está detrás de nuestra preferencia por las caras nuevas?

Algunos votantes latinoamericanos muestran una preferencia por las caras nuevas, o los candidatos outsiders, quienes se presentan como alternativas a la clase política tradicional. Quizás el ejemplo más claro en Guatemala fue la elección del empresario y comediante Jimmy Morales como presidente, en octubre de 2015. Morales supo aprovechar el descontento por la corrupción que permeó hasta los más altos niveles, como ilustró el caso de defraudación aduanera conocido como La Línea, mientras que su contrincante en la segunda vuelta, Sandra Torres, de la Unidad Nacional de la Esperanza (UNE), era conocida como parte prominente de la clase política. Otras figuras que han empleado el discurso antiestablecimiento con éxito son Javier Milei (Argentina), Nayib Bukele (El Salvador) y Abelardo de la Espriella (Colombia).

La preferencia por el outsider es reflejo de un malestar profundo con tres aspectos del statu quo político. Primero, denota un rechazo a la clase política como tal. El presidente Trump, por ejemplo, habló de drenar el pantano en Washington, D. C., y el presidente Milei usó la palabra “casta” para referirse a todos aquellos que usan el poder del Estado para conseguir privilegios. Estas frases captan una desconfianza hacia el gremio: muchos operadores son vistos como acomodados, mediocres o corruptos, enfocados en proteger sus intereses particulares e inconmovibles ante los problemas sociales.

Segundo, el funcionamiento de los gobiernos deja mucho que desear. El 60% de los latinoamericanos desaprobamos la gestión de nuestros gobiernos. (Latinobarómetro) Solamente cinco de los 18 presidentes evaluados en la encuesta de CB Global Data pasan con 50 puntos, y el presidente Arévalo ocupa el último lugar, con una opinión favorable del 28.2% de los encuestados. Quisiéramos que la administración pública cumpliera con sus obligaciones básicas y rindiera unos resultados mínimos, a sabiendas de que las promesas de campaña son eso, ofrecimientos vacíos.

Tercero, hemos perdido la fe en las instituciones. Los latinoamericanos desconfiamos de los partidos políticos, los diputados, los jueces y magistrados, la policía, las municipalidades y hasta de los tribunales electorales y la democracia como sistema de gobierno. Basta con analizar el índice de calidad institucional (ICI) para constatar que muchos países han sido incapaces de construir y mantener instituciones confiables, que protejan nuestras vidas, la libertad y la propiedad privada.

De ahí que luzca razonable castigar a los políticos de carrera en las urnas y fincar nuestras esperanzas en una “cara nueva” que ofrece una renovación, una independencia de compromisos y componendas, y hasta una mayor capacidad gerencial y técnica. No obstante, el outsider tiene que superar una curva de aprendizaje mayor. Puede ser cooptado o resultar tan ineficiente como sus antecesores. Puede convertirse en un caudillo autoritario.

El ungido no puede ser un llanero solitario, pues se enfrentará a la burocracia arraigada. Debe reunir a un equipo dispuesto a ejecutar un plan integral de reforma, que impida su aislamiento y compense por su falta de experiencia en la administración pública.

Quizás debiéramos prestar más atención al marco institucional que al candidato en sí, sea outsider o no. Mientras las reglas del juego y las instituciones impongan incentivos perversos en los actores, ni siquiera un ángel cosechará frutos socialmente benéficos. ¿Podemos crear un escenario en el cual quienes acceden a puestos de poder, sean ángeles o bellacos, tengan el incentivo de actuar en consonancia con las expectativas ciudadanas?