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El tonto del verano es más molesto que el de invierno. Al ser el estío época de actividades al aire libre, resulta inevitable coincidir con él más de la cuenta. Hay días de canícula en los que los bobos parecen mayoría social. Pero es sólo un espejismo. Sucede que el zopenco lo es durante todo el día y que uno solo hace el trabajo de mil. En el litoral, el rey de los lerdos es el que surca el mar en moto náutica como si condujera un coche con matrícula andorrana. Incapaz de entender o cumplir las cuatro reglas básicas de navegación y de cortesía, este motorista acuático es un especialista en amargar el correcto navegar de los demás. En tierra, su equivalente sería un tontaina entrando a gritos en el cine a media película o el cabezón que llama a gritos al camarero en un restaurante de gente educada. Más que el titulín , a estos botarates debiera exigírseles una prueba de inteligencia para navegar. Si así fuera, el mar enmudecería de golpe, y muchos lo agradecerían.

Hay también el corto picajoso que no navega. Este intenta gobernar con mano firme la convivencia que cree amenazada en la arena. ¿Niños con palas? No. ¿Un fumador? Menos. ¿Alguien que ha ocupado con su toalla el cuadrante que él considera de su propiedad? ¡Llamen a la policía! ¿Otro que ha levantado al caminar un grano de arena que ha acabado en su toalla? ¡Dispárenle a la cabeza! Tiene la patología de este tonto obsesivo muy mal arreglo, pues solucionarla exige un importante desembolso que no puede permitirse para comprarse una playa para él solito.
De entre todos, el gañán más rutilante es el veraneante crecidito
Pero de entre todos, el gañán más rutilante es el veraneante crecidito. El que cree que pasar unos días de asueto en un pueblo hace de él un misionero redentor procedente de una civilización urbana superior. Nada está plenamente a su gusto. Y se pasa los días dando consejos que nadie le ha pedido sobre cómo deberían ser y organizarse las cosas en el lugar en que él está a lo sumo dos o tres semanas al año. Los lugareños huyen de él como la peste. Y a veces hasta le ponen un mote burlesco del que sin duda se ha hecho merecido acreedor.
Desaparecen todos estos majaderos a finales de agosto. Así que, en el fondo, no son más que un peaje blando soportable con paciencia. Tanto es así que ya se les echa de menos en septiembre, una leve epidemia de lo más soportable. Tanto, que nada más entrar en septiembre ya se les echa de menos, porque el verano sólo dura lo que duran sus tonterías.