El traje verde de 135 dólares, el jurado comprado y la trampa del juez que hundió a Al Capone: la caída del capo más temido de Chicago

2026/10/17

Al Capone

Una decisión del juez James Wilkerson desactivó la compra del jurado que había hecho Al Capone mediante el reemplazo completo del jurado el primer día del juicio (AP)

El juez James Wilkerson ya tenía la decisión tomada antes de que el jurado pronunciara una sola palabra. Al Capone llegó sonriente al Tribunal Federal de Chicago el 17 de octubre de 1931 para escuchar el veredicto por evasión de impuestos que terminaría con su reinado mafioso. Al día siguiente, The New York Times retrató la escena: el acusado “sonreía como si sintiera que se había salido con la suya con facilidad”, enfundado en un traje verde chillón de 135 dólares, uno de los que solía lucir en público.

El gánster no dimensionaba lo que se venía. Una semana más tarde, Wilkerson le impuso once años a cumplir en una prisión federal, la condena más extensa dictada hasta entonces por ese delito en Estados Unidos.

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El 17 de octubre de hace 95 años un jurado federal declaró culpable a Capone de evasión de impuestos, en un juicio que había comenzado el 5 de octubre de 1931 en Chicago. Días antes del inicio, el gánster había intentado sobornar a los doce integrantes del jurado original, pero el juez los reemplazó en secreto y evitó así un fallo arreglado de antemano.

Un video animado de Infobae expone detalles sobre el proceso judicial contra Al Capone, quien lideraba el hampa en Chicago. El contenido explica que el acusado intentó declararse culpable para reducir su pena y aborda los cinco cargos vinculados a sus obligaciones fiscales.

El aviso había llegado por un informante clave de la investigación, Eddie O’Hare, quien advirtió que la organización de Capone ya tenía la lista completa de candidatos a jurado y repartía 1.000 dólares, promesas de empleos públicos y entradas a peleas de boxeo para asegurarse votos favorables. Cuando el listado oficial del tribunal coincidió exactamente con el que había conseguido O’Hare, Wilkerson no se inmutó: “Traigan su caso a la corte como estaba previsto, caballeros. Dejen el resto en mis manos”, les dijo a los fiscales.

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La mañana del inicio del juicio, Capone entró con un traje color mostaza y sonrió a cada uno de los jurados que creía comprados. El juez llamó entonces al alguacil, le ordenó llevarse ese jurado a otra sala y traer en su lugar al panel completo que estaba asignado a otro proceso. Los hombres de Capone nunca llegaron a esos doce desconocidos.

No era la primera vez que el acusado intentaba torcer el resultado. El 18 de junio de 1931 se había declarado culpable confiando en un arreglo informal con la fiscalía para recibir apenas dos años y medio de cárcel. Wilkerson lo frenó en seco: sostuvo que un tribunal federal no podía quedar atado a pactos entre las partes y que era hora de que alguien le hiciera entender que “resulta absolutamente imposible negociar con una Corte Federal”. Capone cambió su declaración a inocente y el juicio siguió su curso.

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Al Capone
El juez James Wilkerson condenó a Al Capone a 11 años de prisión por el delito de evasión de impuestos (AP)

Todo había comenzado meses antes. El 12 de junio de 1931 un gran jurado lo había acusado formalmente de 22 cargos de evasión impositiva por el período que iba de 1925 a 1929, con una pena que podía llegar a 34 años de cárcel y 80.000 dólares de multa.

Capone jamás había presentado una declaración de impuestos. El gobierno federal, instruido por el presidente Herbert Hoover para “meter preso a ese hombre”, encargó la tarea de ir contra Capone al jefe de inteligencia del Tesoro, Elmer Irey, quien puso al frente de la investigación a su investigador más tenaz, Frank Wilson.

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Wilson con un pequeño equipo se instaló en el edificio del correo de Chicago y empezó a rastrear cada gasto del capo, porque no tenía cuenta bancaria ni firmaba cheques. Encontraron facturas de camisas a medida, una hebilla de cinturón con diamantes, vajilla bañada en oro, una limusina Lincoln y una factura telefónica de 39.000 dólares. También hallaron el registro de una fiesta multitudinaria organizada la noche de una pelea de boxeo de peso completo.

Capone había comprado en 1928 una mansión en Palm Island, Florida, rodeada por un muro de hormigón de tres metros desde donde dirigía sus negocios junto a una lancha de casi diez metros. Esa vida de lujo, sin ingresos declarados que la explicaran, se convirtió en la prueba más contundente del La organización de Capone facturaba unos 60 millones de dólares al año en actividades ilegales. El propio capo solía responder a los periodistas con una frase que repetía como mantra: “Soy solo un hombre de negocios que le da a la gente lo que quiere”.

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La fiscalía incorporó al expediente una carta firmada por el abogado de Al Capone que admitía ingresos gravables no declarados
La fiscalía incorporó al expediente una carta firmada por el abogado de Al Capone que admitía ingresos gravables no declarados

El quiebre del caso llegó en el verano de 1930, cuando Wilson encontró tres libros contables incautados años antes en un allanamiento. Las columnas decían “Craps”, “21” y “Ruleta”, y los totales se repartían entre apodos como “Town”, “Ralph”, “Pete” y “A”. Comparando la letra manuscrita con firmas de depósitos bancarios, los agentes identificaron al autor: Leslie Shumway, cajero de una casa de apuestas en la zona de Cicero, en las afueras de Chicago.

Localizado en Florida, Shumway terminó firmando una declaración jurada en la que admitió que recibía órdenes directas de Alphonse Capone. Otro testigo, Fred Reis, se resistió hasta pasar cuatro días solo en una celda repleta de cucarachas en Danville, Illinois; después confesó ante un gran jurado que los cheques que había cobrado representaban las ganancias de Capone en el juego clandestino.

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En abril de 1930, el propio Wilson interrogó a Capone cara a cara. Ante la pregunta de cuánto hacía que gozaba de ingresos altos, el capo respondió sin inmutarse: “Nunca tuve mucho ingreso”. Antes de retirarse de la sala le preguntó al investigador por su esposa y agregó, con tono que no dejaba dudas: “Cuidate bien”.

Meses después, el abogado de Capone, Lawrence Mattingly, le entregó a Wilson una carta en la que reconocía ingresos gravables de entre 26.000 dólares en 1924 y 100.000 dólares en los años 1928 y 1929. Esa carta, pensada como gesto de buena voluntad para negociar una multa, terminaría siendo la pieza más discutida del juicio.

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Al Capone estuvo involucrado en el contrabando y la venta de alcohol ilegal, el juego y la prostitución, entre otros delitos. (Créditos: Netflix)
El agente Frank Wilson rastreó los gastos de lujo de Al Capone para fundamentar la acusación del Tesoro federal

El fiscal Dwight Green abrió el proceso enumerando 23 cargos de evasión impositiva. El primer testigo, un recaudador federal, confirmó que Capone no había presentado declaración alguna entre 1924 y 1929.

Chester Bragg, que había participado de una marcha cívica contra una casa de apuestas en Cicero, contó que Capone llegó al lugar y le dijo: “Yo soy el dueño de esto”. El reverendo Henry Hoover, que encabezó esa manifestación, declaró que el capo le advirtió esa misma tarde: “Esta es la última marcha que van a hacer”.

Shumway calculó ante el jurado que las ganancias de esa casa de apuestas habían superado los 550.000 dólares en dos años. Reis, por su parte, ubicó las ganancias de 1927 en unos 150.000 dólares y reconoció haber firmado cheques bajo el alias “J. C. Dunbar”, con la rúbrica de Capone debajo de esa firma falsa.

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Cuando la fiscalía intentó incorporar la carta de Mattingly como prueba, el abogado defensor Albert Fink protestó que “un abogado no puede confesar en nombre de su cliente”. Wilkerson permitió que se leyera solo para acreditar que la carta existía, no como prueba de su contenido.

La defensa ocupó apenas un día de audiencias. Un desfile de apostadores profesionales aseguró que Capone perdía fortunas en las carreras de caballos y que había perdido unos 327.000 dólares en seis años de apuestas.

Ley Seca
La Masacre de San Valentín de 1929 evidenció el uso de la violencia por el control del crimen organizado en Chicago. Al Capone ordenó los asesinatos de sus rivales

En los alegatos finales, Fink admitió que su cliente “podrá ser el peor hombre que haya existido”, pero insistió en que no había prueba de que hubiese evadido impuestos de manera deliberada. El fiscal Jacob Grossman le retrucó al jurado que Capone vivía “como un príncipe repleto de joyas” y gastaba miles de dólares sin pensarlo dos veces.

El jurado se retiró a deliberar y volvió ocho horas después con el veredicto: culpable en cinco de los 23 cargos, según consignó The New York Times. Capone fue esposado y, mientras lo sacaban de la sala, gritó: “Todavía no terminé de pelear”. El diario había descrito además que el gánster ejercía, hasta ese momento, “el control indiscutido de todas las fuentes ilegales de ingresos de la ciudad de Chicago y sus suburbios”.

Una semana después llegó la sentencia: once años de cárcel, una multa de 50.000 dólares, costas judiciales de 7.692 dólares y una deuda fiscal de 215.000 dólares más intereses, de acuerdo con los registros del FBI.

Alphonse Gabriel Capone nació el 17 de enero de 1899 en Brooklyn, hijo de un matrimonio de inmigrantes italianos: su padre, Gabriel, trabajaba como peluquero y su madre, Teresina, era costurera. Lo expulsaron de la escuela a los 14 años por golpear a una maestra, cuando todavía cursaba quinto grado.

A los 16 conoció al hombre que le cambiaría la vida, Johnny Torrio, un capo que manejaba negocios ilegales en la costa este y que lo sumó a una banda juvenil dedicada a cobrar protección a comerciantes. Entre esos mismos círculos, Capone compartió filas con otro joven que después se volvería célebre en el crimen organizado, Lucky Luciano.

Al Capone
Al Capone salió de la prisión de Alcatraz en 1939 con un deterioro neurológico grave que le causó la muerte en Florida. En la foto al bajar de un tren en Atlanta, Georgia en 1932 (AP)

Como guardaespaldas de otro mafioso, Capone se ganó las tres cicatrices que le dieron su apodo, “Scarface”, en una pelea a cuchillo que no tenía relación con la guerra que decía haber combatido. El 30 de diciembre de 1918 se casó con Mae Josephine Coughlin, que ya esperaba al hijo de ambos.

Capone llegó a Chicago en 1919 para sumarse a los negocios de Torrio, apenas antes de que, el 17 de enero de 1920, entrara en vigencia la Ley Seca que prohibía el alcohol en todo el país. Torrio y su protegido armaron una red de bares clandestinos que se expandió tras la muerte de su principal rival, Big Jim Colosimo.

Para 1924 ya controlaban buena parte de la política local, al punto de haber impuesto a su candidato en las elecciones municipales mediante secuestros y amenazas a votantes. Un año después, Torrio sobrevivió un atentado y decidió retirarse de los negocios, que quedaron enteramente en manos de Capone.

Desde su primera sede en el Hawthorne Inn de Cicero, con persianas blindadas en cada ventana, el nuevo jefe mudó luego sus oficinas a 50 habitaciones del Hotel Metropole, con el alcalde Big Bill Thompson como aliado político. Sus hombres llevaban tarjetas selladas por la ciudad que ordenaban a la policía “brindarle al portador todas las cortesías de este departamento”.

El 27 de abril de 1925, un atentado contra una banda rival terminó por error con la vida de un fiscal adjunto del estado, Bill McSwiggin. Seis grandes jurados investigaron el caso sin lograr una sola acusación formal.

El 14 de febrero de 1929 un auto se detuvo frente a un local de la banda rival de George “Bugs” Moran. Hombres vestidos de policía hicieron entrar a siete de sus miembros, los alinearon contra una pared y los fusilaron con ametralladoras. Capone estaba en Florida esa tarde, según confirmó el FBI, pero nadie dudó de quién había ordenado la masacre. “Solo Capone mata así”, dijo Moran después. A aquel hecho se lo conoció como la Masacre de San Valentín.

Meses antes, al descubrir que tres de sus propios hombres planeaban asesinarlo, Capone los citó a una cena, los ató a sus sillas y les destrozó la cabeza con un bate de béisbol delante de otros jefes de la organización. Los cuerpos de John Scalise, Albert Anselmi y Joseph Giunta aparecieron en un camino de Indiana el 8 de mayo de 1929.

El propio capo justificaba esas muertes con una lógica propia: decía que matar “en defensa del negocio” era apenas una versión más amplia de la legítima defensa que contemplaban los libros de derecho. En 1928, una crónica publicada por The Nation describía que nunca salía sin un séquito de diez hombres armados, bien vestidos y de mirada esquiva, y remataba con una frase filosa sobre sus vínculos políticos: “Solo una cosa impide que Al sea supremo: tiene que repartir los millones de ganancias con sus compañeros, los políticos”.

Johnny Torrio cedió el mando de la red de bares clandestinos a Al Capone en 1925 tras sufrir un atentado (AP)
Johnny Torrio cedió el mando de la red de bares clandestinos a Al Capone en 1925 tras sufrir un atentado (AP)

Agotadas las apelaciones, Capone ingresó a la prisión federal de Atlanta, donde vivía con comodidades impropias de un penal; las autoridades lo trasladaron a la cárcel de máxima seguridad de Alcatraz.

Quedó en libertad el 16 de noviembre de 1939, tras pagar la totalidad de sus multas y su deuda impositiva. Para entonces, una sífilis nunca tratada en la adolescencia le había provocado un deterioro neurológico grave: entró directo a un hospital de Baltimore para recibir tratamiento y después se instaló en su casa de Palm Island, Florida, sin volver a pisar Chicago.

En 1946, un médico y un psiquiatra de Baltimore que lo examinaron concluyeron que tenía la mentalidad de un niño de 12 años. Vivió sus últimos años recluido junto a su esposa y su familia, hasta que murió por un derrame cerebral el 25 de enero de 1947.

Eddie O’Hare, el informante que había ayudado a destapar el soborno al jurado y buena parte de las pruebas financieras del caso, fue asesinado a tiros en una calle de Chicago apenas unos días antes de que Capone recuperara la libertad.