Ubicado en el término municipal de Jaca, en la comarca de la Jacetania y a escasos quince minutos tras cruzar el puente de Castiello, se despliega el fértil valle de la Garcipollera. Este rincón pirenaico, articulado a lo largo del cauce del río Ijuez, permaneció deshabitado desde los años sesenta tras la expropiación estatal para reforestar y evitar la colmatación del embalse de Yesa. Aquel éxodo vació de vida humana núcleos como Bescós, Acín y Larrosa, sumiendo a la comarca en un profundo silencio. Sin embargo, el abandono de sus caseríos dio paso a una gran transformación ambiental que convirtió este territorio en un refugio natural protegido. Hoy en día, la zona destaca por sus vastos horizontes arbolados, sus paisajes serenos y una biodiversidad vibrante que atrae a caminantes.
La cubierta vegetal del valle constituye uno de sus mayores atractivos ecológicos, dominada por densas masas forestales fruto del proceso de repoblación. Entre sus laderas destacan extensos bosques de coníferas donde sobresale el pino negro, junto a frondosos abetos, hayas, rosales silvestres, endrinos y zarzas que tapizan el terreno. A pesar del predominio de los pinares implantados a mediados del siglo pasado, todavía es posible contemplar robustos ejemplares de robles centenarios que resisten como testigos del primigenio bosque autóctono. Esta rica variedad botánica no solo dota al entorno de matices cromáticos cambiantes, sino que ofrece cobijo y valor ecológico. El equilibrio entre las coníferas y los vestigios caducifolios consolida un gran ecosistema pirenaico.
Además de su exuberante flora, el territorio alberga una extraordinaria riqueza faunística protegida bajo la figura de Reserva Nacional de Caza. Tras la expropiación, las autoridades introdujeron tres ejemplares de ciervo procedentes de Toledo, los cuales se multiplicaron de forma espectacular hasta conformar una de las poblaciones de venados más importantes de España. Junto a esta emblemática especie, habitan en libertad corzos, jabalíes, zorros, ardillas y diversas aves como los carboneros. Cruzarse con un ciervo mientras se atraviesan las pistas forestales resulta un acontecimiento habitual y fascinante para el visitante. Asimismo, durante las semanas finales de septiembre, el valle se convierte en el escenario del impresionante espectáculo de la berrea nocturna.
El río Ijuez vertebra la orografía de la Garcipollera y modela su fisonomía a través de saltos de agua, remansos y cauces pedregosos de singular belleza. En los meses más calurosos del año, sus aguas cristalinas y heladas se transforman en el destino preferido de quienes buscan aliviar las altas temperaturas estivales. Las pozas naturales repartidas a lo largo de su curso fluvial ofrecen rincones ideales para el descanso y el baño revitalizante en pleno contacto con la naturaleza. Estas piscinas de montaña, esculpidas por la erosión continua sobre las rocas del valle, contrastan con la aridez de otras latitudes. El constante murmullo del agua acompañando el caminar del viajero añade una atmósfera de paz indescriptible, reafirmando al cauce como un pulmón hídrico.
En el corazón del valle, asentado sobre una pradera rodeada por un majestuoso circo de montañas, se erige el histórico monasterio e iglesia románica de Santa María de Iguácel. Este templo medieval, cuyo nombre evoca la felicidad del cielo, contó con el patrocinio insigne de Doña Urraca y del Conde Sancho, tutor del rey Sancho Ramírez. Considerado por muchos un centro de intensa energía espiritual dada su recóndita ubicación, el edificio conserva valiosas pinturas murales y una hermosa reja de forja en su altar. Aunque piezas destacadas como la virgen de Iguácel se custodian en el Museo Diocesano de Jaca, la iglesia permanece como una de las joyas románicas de Aragón. Su romería anual y su valor arquitectónico convierten este paraje en una parada obligada.
Un valle accesible
Recorrer este enclave pirenaico resulta una experiencia sumamente versátil, adaptada a distintas modalidades de transporte sostenible e itinerarios al aire libre. Sus pistas forestales y senderos bien conservados permiten explorar la zona cómodamente a pie, en bicicleta de montaña o a caballo, disfrutando del paisaje a ritmo pausado. Para quienes prefieren la BTT, existen rutas cicloturistas de singular encanto que conectan Castiello de Jaca con la ermita de Iguácel a través de suaves ascensos. Además, el valle ofrece una ruta accesible certificada con miradores adaptados, paneles en braille y áreas recreativas para personas con movilidad reducida. Villanovilla, único núcleo rehabilitado con piedra y pizarra, sirve de partida con su albergue y restaurante típico.
La recuperación patrimonial de Villanovilla y la presencia de la finca experimental del Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria de Aragón en Bescós muestran un valle vivo. En esta estación investigadora se estudian sistemas agroganaderos de montaña para mejorar las prácticas del sector, abriendo periódicamente sus puertas al público general. Así, la Garcipollera combina la memoria histórica de sus pueblos abandonados con la vanguardia científica y la preservación ambiental bajo la figura de Lugar de Interés Comunitario. Ya sea para ascender a los picos de los Bacunes, deleitarse con la berrea o recorrer sus caminos empedrados, este rincón aragonés invita a reencontrarse con la calma y la gran belleza del Pirineo.