Fundamentos
El reto de preservar el centro de la ciudad sin convertirlo en un espacio urbano fantasma.


Uno de los atractivos culturales en América Latina lo constituyen los llamados “centros históricos”, donde antaño se asentaron los poderes políticos, comerciales y religiosos, con sus principales edificaciones emblemáticas. Alrededor de ellos fueron desarrollándose construcciones que son la viva muestra de los estilos arquitectónicos de la época, así como testimonios de la vida social de un pasado ya distante. No todos los centros históricos han logrado ser preservados, pues los terremotos, la reurbanización, el abandono o los sucesos políticos han dejado su marca indeleble.
Los centros históricos siempre representan un reto. Cómo asegurar la preservación de sus edificaciones, pero también cómo no convertir estos espacios urbanos en verdaderos barrios fantasma. La ecuación para resolver ese dilema no es sencilla, pero algunos han logrado encontrar una fórmula. Hay países que han convertido sus centros históricos en verdaderas joyas, combinando la preservación del patrimonio cultural con el desarrollo turístico, recuperando además los espacios para los locales. Existen ejemplos como Cartagena, cuyo amurallado recinto histórico es una muestra de cómo compaginar lo antiguo con el desarrollo comercial, o el casco viejo de la ciudad de Panamá, que de ser un oscuro y abandonado barrio se ha convertido en apenas 15 años en un centro pujante de hermosas edificaciones tanto nuevas como restauradas, todas respetando un mismo patrón arquitectónico.
Escribo esto porque es tiempo de abrir una discusión seria, responsable, propositiva sobre el centro de la ciudad. Nuestro centro histórico combina edificaciones antiguas y construcciones bellísimas en un entorno que difícilmente puede catalogarse, en algunas de sus partes, como espacio seguro, limpio y atractivo para recorrerlo un fin de semana por la tarde o noche. Aun cuando ha habido esfuerzos admirables de personas de la cultura o empresarios que han invertido para restaurar comercios históricos o las calles peatonales, no dejan de ser esfuerzos aislados. No podemos negar la realidad que salta a nuestros ojos: que grandes bloques de nuestro centro histórico se encuentran en literal estado de abandono. Esas no son las ruinas que hacen interesante un centro histórico; son sencillamente paredes derruidas pintadas con grafitis o refugios para delincuentes. Eso no es preservar inmuebles; es simplemente congelarlos para atestiguar su paulatina destrucción.
¿Por qué no acometer un proyecto de gran magnitud para recuperar el Centro Histórico? Esto requiere de un comité gestor con personalidades referentes, con la participación de entidades privadas comprometidas con la cultura nacional, pero también de una generación de urbanistas que tengan una particular sensibilidad cultural a la vez que una visión de desarrollo turístico comercial. Supone una revisión exhaustiva de la normativa que hoy premia el deterioro en nombre de una pretendida preservación. Requiere un diálogo diferente entre autoridades municipales y culturales para que una mano de pintura o un trabajo de restauración no sea ocasión de condenas legales, sino parte de una estrategia de recuperación. Supone el concurso de los residentes de los barrios del centro para que el proceso sea de beneficio para todos.
¿Quién ha dicho que no podemos recuperar el Centro Histórico para convertirlo en un espacio seguro, iluminado, restaurado en su esplendor, con una vida social y cultural muy activa? Es tiempo de sacar de la alacena de las antiguas vajillas la tacita de plata que fuimos y que podemos ser.
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