La estadística vuelve a poner al tránsito en el centro de la escena en La Plata, Berisso y Ensenada. En lo que va de 2026, 46 personas perdieron la vida como consecuencia de siniestros viales, una cifra que, aunque se encuentra por debajo de la registrada durante el mismo período de 2025 -cuando se contabilizaban 51 fallecidos-, continúa mostrando la dimensión de un problema que se repite año tras año.
El comportamiento de los últimos años permite dimensionar la magnitud del fenómeno. Para el mismo tramo de cada año, en 2024 se habían registrado 40 muertes, mientras que en 2022 fueron 43. El registro de 2023, con 59 fallecimientos, aparece como el más elevado de la serie.
Así, 2026 se ubica por debajo de algunos de los peores registros, pero lejos de representar un escenario alentador: detrás de cada número hay una vida perdida y una familia atravesada por la tragedia.
La distribución territorial de las víctimas también permite observar dónde se concentra el problema.
La Plata reúne 39 de los 46 fallecimientos registrados este año, mientras que Berisso contabiliza 4 y Ensenada 3. La Ciudad entonces, por su extensión, densidad urbana y volumen de circulación, concentra la gran mayoría de los episodios fatales.
Pero hay otro dato que resulta especialmente significativo: 28 de las 46 víctimas eran motociclistas, es decir, alrededor de seis de cada diez fallecidos. Los automovilistas representan 9 víctimas, los peatones 5 y los ciclistas 4.
La elevada participación de las motos en las estadísticas no puede analizarse únicamente desde la conducta de sus conductores.
Las motocicletas se multiplicaron en las calles durante los últimos años y forman parte cada vez más importante del sistema de movilidad urbana.
Son utilizadas para trasladarse hacia el trabajo, estudiar, realizar repartos y servicios de delivery, y también como una alternativa frente al costo y los tiempos del transporte público. A mayor cantidad de motos circulando, aumenta la exposición de este tipo de usuarios al riesgo vial.
Sin embargo, existe un elemento que atraviesa buena parte de los siniestros: la anomia vial, entendida como la pérdida de respeto por las normas básicas de convivencia en las calles.
Velocidades excesivas, adelantamientos indebidos, cruces de semáforos en rojo, maniobras imprudentes, circulación entre vehículos, uso incorrecto de los carriles, falta de casco o su utilización de manera inadecuada y conductores que utilizan el teléfono celular son algunas de las conductas que incrementan el peligro.
En el caso de las motos, la vulnerabilidad es todavía mayor. A diferencia de quienes viajan dentro de un automóvil, los motociclistas prácticamente no cuentan con una estructura que absorba parte de la energía de un impacto.
Un choque que para un automovilista puede terminar en daños materiales puede convertirse para un motociclista en lesiones graves o directamente en la muerte.
El fenómeno, además, no se explica solamente por los grandes corredores o las rutas. Buena parte de los episodios ocurren en calles y avenidas urbanas, donde conviven automóviles, motos, bicicletas y peatones en un espacio reducido y donde las infracciones cotidianas pueden tener consecuencias irreversibles.
La estadística también obliga a poner el foco en una cuestión central: el problema vial no es exclusivamente de infraestructura ni exclusivamente de los conductores.
Es un fenómeno complejo en el que intervienen el estado de las calles, la iluminación, la señalización, los controles, las condiciones de los vehículos, el consumo de alcohol y otras sustancias, la velocidad y, especialmente, el comportamiento de quienes utilizan la vía pública.
Con 46 muertes en lo que va de 2026, la Región vuelve a enfrentar un problema que se repite año tras año. La diferencia entre 46 y 51 víctimas respecto del mismo período de 2025 puede parecer positiva en términos estadísticos, pero todavía no alcanza para hablar de un cambio de tendencia.
Mientras las calles continúen convertidas en escenarios donde las normas son frecuentemente ignoradas, la tragedia vial seguirá siendo uno de los flagelos más graves que atraviesan a La Plata, Berisso y Ensenada.
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