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Hay una portada del semanario The Economist que tengo presente desde hace 16 años. Ni tan siquiera era madre; tenía 32 años. Se titulaba “La alegría de envejecer (o por qué la vida empieza a los 46 años)”. Ahora, con 48 años, me pregunto si mi vida efectivamente ha empezado ya su etapa más feliz.
Según el semanario británico, la felicidad humana sigue una curva en U, alcanzando su punto más bajo alrededor de los 46 años antes de aumentar nuevamente a partir de los 50. Lo atribuyen a una mayor aceptación personal, a una reducción del estrés y a una mejor gestión emocional. Me atrevería a decirles que, siendo mujer, es aún más cierto. Estamos acostumbradas a sufrir tantos juicios morales, que, a los 48, lo que piensen los demás nos importa cada vez menos. Estamos en esa etapa de plenitud. ¿Pero somos más felices que nunca?
La reforma de la ley de Dependencia pone la política al servicio de lo que hacemos millones de familias
A finales de julio me escapé de vacaciones con mi hija, llevándome un libro maravilloso de Valeria Luiselli, Principio, medio, fin . ¿Les ha ocurrido alguna vez que los milagros de la vida les ponen en las manos un libro que les descifra lo que están viviendo? Mientras mi hija adolescente y yo descubríamos una nueva ciudad, me acompañaba el viaje de la protagonista del libro con su hija a Sicilia y la descripción del dolor por el alzheimer de su madre.
Luiselli estaba poniendo palabras a mi vida: soy hija única de unos padres que cumplirán 89 años la semana próxima. Vivo con el corazón estremecido mientras trato de disfrutar de cada momento con mi hija.

Sé que muchas personas que lean este artículo sabrán de lo que les hablo. Especialmente, esas mujeres que han superado los 45 y aquellas que tienen hijos e hijas que van creciendo, que gozan de ese “principio” tan hermoso que nos cuenta Luiselli, y que a la vez contemplan el “fin” de aquellos padres y madres que hace años considerábamos seres casi sobrenaturales. Y, entre el principio y el fin, nosotras. En el medio.
Nuestros padres y madres sostuvieron el mundo para nosotras, y ahora somos nosotras quienes debemos sostenerlo: para nuestras hijas, para ellos y para nosotras mismas. “Cuando todo esto se les va de las manos a los padres y madres”, dice Luiselli, “y recae en las nuestras, ¿qué hacemos con todo?, ¿dónde lo colocamos?”. Y damos respuesta a esta pregunta como podemos. Simplemente haciendo. Tratando de descifrar el espacio-tiempo del alzheimer, allí donde quedan suspendidos nuestros familiares, en la desmemoria y en la pérdida del lenguaje, con algunos momentos fugaces de conexión con nuestro mundo. “¿Dónde está su mente, en qué corredores intrincados está deambulando?”, se pregunta Luiselli.
Y mientras procesamos el dolor, cuidamos. Somos centenares de miles. En condiciones de enorme desamparo y absoluta desigualdad: en Catalunya un dependiente de grado 3, el máximo, recibe 400 euros al mes. El coste de los cuidados en casa durante 24 horas asciende a unos 4.000 euros mensuales. ¿Se les ocurre, más allá del drama de la vivienda, un factor más claro de inequidad?
Por eso, el 14 de julio, mientras estaba en urgencias con mi padre, cogida de su mano para calmarlo mientras lo examinaban los médicos, fue una gran alegría recibir la noticia de que el Congreso había aprobado la reforma de la ley de Dependencia, con la oposición de Vox. A pesar de todo. Sentí que esa ley era para nosotros, que me hablaba a mí. Allí, en el box, vi en el móvil cómo el ministro Bustinduy anunciaba una inyección de 6.200 millones para los cuidados y una refundación del sistema para que las personas mayores puedan envejecer en casa. Poniendo la política al servicio de aquello que hacemos en silencio y con enormes esfuerzos económicos millones de familias. Para eso sirven los gobiernos. Para mejorar la vida de la gente y para garantizar los derechos de ciudadanía de las personas dependientes y sus cuidadores.
Mi gratitud es infinita. Pero apúrense, Gobierno central y gobiernos autonómicos, en su implementación. Que se note en los próximos meses, porque no nos sobra el tiempo, no les sobra el tiempo a las personas mayores. Y es así como se vence a la extrema derecha: con hechos. Y cuidando de nuestros padres y madres como deberíamos haberlo hecho hace años. Para que la dignidad sea algo que tengamos en el principio, en el medio y también en el fin de nuestras vidas.