Editorial
La llamada de atención es general, pues ninguno de los dos sectores se salvó del retroceso.

Las pruebas Pisa (siglas en inglés del Programa para la Evaluación Internacional de los Alumnos) son un examen mundial aplicado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, con la finalidad de evaluar qué saben y qué pueden hacer con ese conocimiento los estudiantes de 15 años. A diferencia de muchas evaluaciones escolares tradicionales, Pisa no mide tanto la memorización de conceptos, sino la aplicación de tales conocimientos en situaciones de la vida real para resolver problemas concretos en un entorno cambiante. En otras palabras, mide el desempeño de la formación educativa de los adolescentes en Guatemala y otros 90 países: participan más de 700 mil estudiantes en representación de una población juvenil de 33 millones.
Primero, la mala noticia. Guatemala salió mal en la prueba Pisa practicada en 2025. La verdad es que en exámenes universitarios de admisión suele notarse la deficiencia y a menudo en las pruebas para optar a una plaza laboral: para muchos jóvenes, la comprensión lectora, habilidad matemática y razonamiento científico constituyen un desafío babélico porque persisten prácticas docentes desfasadas, metodologías memorísticas y, con frecuencia, inadecuados formatos de evaluación. A ello se debe sumar el largo tiempo dedicado a redes sociales, videojuegos y otros recursos digitales, por no mencionar el uso de inteligencia artificial para aparentar resultados en ciertas tareas.
Sí, seguramente hay planteles con excelentes resultados, pero la media como país es desastrosa. Guatemala obtuvo 337 puntos en Lectura en 2025, frente a 374 en 2022; 334 en Matemática, frente a 344; y 351 en Ciencias, frente a 373: un retroceso que constituye un reto nacional.
Valga decir que por mucho tiempo las brechas educativas se asociaban por las diferencias entre educación pública y privada, pero, según Pisa 2025, los estudiantes de planteles estatales puntearon mejor que los de centros privados. En todo caso, la llamada de atención es general, pues ninguno de los dos sectores se salvó del retroceso. Si bien otros países también tuvieron esta contracción de rendimiento, no debemos caer en el consuelo de los tontos.
Hay jóvenes que no saben diferenciar un milímetro de un mililitro, o ignoran cuántas pulgadas tiene un pie. En las carreras universitarias abundan los aspirantes a carreras “sin matemáticas”, a pesar de la saturación laboral que enfrentan; mientras tanto, las ciencias en general tienen menos candidatos, pese a que cuentan con mejores espacios para insertarse, con mejores pretensiones salariales. De inicio, la primera gran medida nacional es que las familias incentiven el valor de los números, el potencial de la ciencia y el amor a la lectura comprensiva, como parte de una gran renovación silenciosa de intelectos jóvenes.
Queda claro que la férula sindicalera del sector público nada ha ayudado a la superación de la calidad educativa y se deben erradicar sus oportunismos politiqueros, para bien del futuro de la Nación. En el sector privado se necesita apretar las tuercas de la supervisión, eliminando conflictos de interés y fortaleciendo la formación de los docentes. La educación no puede seguir siendo un negocio de cuotas, uniformes y útiles que se hace de la vista gorda ante las aptitudes críticas. La muestra de siete mil estudiantes de 408 establecimientos es lo suficientemente amplia como para que nadie quiera lavarse las manos de la debacle, porque el futuro del país no se erige con diplomas, sino con mentes vivas.