Entre la gloria y el ostracismo en Francia: crónica de los últimos días de San Martín, un prócer de carne y hueso

2026/08/17

José de San Martín en un daguerrotipo de 1848, a los 70 años. Es la única fotografía del Libertador

José de San Martín en un daguerrotipo de 1848, a los 70 años. Es la única fotografía del Libertador

En su retiro en las afueras de París, donde pasaba desde Semana Santa hasta el día de los difuntos, el viejo general José de San Martín no era ni en los sueños de los más fanáticos, el Padre de la Patria, rótulo con que el país lo honraría demasiado tarde, después de años de indiferencia e ingratitud, cuando sus huesos regresaron a su país luego de treinta años de haberse ido de este mundo.

Militar de cuna correntina que había hecho la guerra primero en el ejército español, y que una vez enfrascado en darle la libertad a América, había liberado Chile luego de superar la locura de cruzar los Andes. Le había dado la independencia al Perú, y que cuando pretendió continuar la campaña, el egoísmo y la mirada cortona del gobierno porteño, abstraído en sus luchas contra los caudillos del interior, le cortó definitivamente la ayuda, lo que lo llevó a acercarse a Simón Bolívar, a fin de unir voluntades. Pero la ambición del venezolano era la de acaparar la gloria y San Martín, eludiendo la escena latinoamericana de vanidades y egos, hizo las valijas y con unos pocos incondicionales, partió para no volver.

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El cruce de los Andes fue una gigantesca operación que se estudia en academias militares en el mundo
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En Mendoza fue rodeado de intrigantes y de espías y tenía el dato de que atentarían contra vida en su viaje a Buenos Aires. El tiempo precioso que le hicieron perder le impidieron despedirse de su esposa, devastada por la tisis. Cuando por fin llegó, encargó una lápida para la tumba de Remedios, que había sido esposa a los 14, madre a los 18 y que moriría a los 25. Recogió a su hija, malcriada por su abuela, y partió a Europa.

Quiso regresar en diciembre de 1828 para irse a vivir a su chacra en Mendoza, alejado de la vida pública, y el alma se la vino al piso cuando comprobó que todo lo que había contribuido a levantar había quedado en la nada.

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Cómo habrá sido el golpe emocional, que se negó a desembarcar. En su escala en Río de Janeiro se enteró que un viejo subordinado, Juan Lavalle, valiente hasta la médula pero con escaso talento para la política y fácilmente influenciable por los políticos unitarios, había derrocado al gobernador Manuel Dorrego. Al arribar a Montevideo supo que el atribulado Dorrego, que solo pedía que lo dejasen abandonar el país, moría fusilado sin saber por qué, y que el caos se había apoderado de Buenos Aires.

Esposa a los 14, madre a los 18. La corta vida de su esposa María Remedios, fallecida a los 25 años. Hasta último momento pidió verlo
Esposa a los 14, madre a los 18. La corta vida de su esposa María Remedios, fallecida a los 25 años. Hasta último momento pidió verlo

Insistieron en ofrecerle el gobierno pero se negó, bajo la convicción de que no tomaría partido ni por uno ni otro bando. Además, aseguró que no servía para gobernar. La prensa oficialista lo maltrató: “Nos abandonáis, general…” escribieron. En carta a su amigo Bernardo O’Higgins reflexionó que “el que se ahoga no repara en lo que se agarra”.

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Dejó a su hija Mercedes Tomasa - nacida en Mendoza en medio de la preparación del Ejército de los Andes- en un internado en Gran Bretaña y se estableció en Bruselas, una de las capitales más económicas de entonces.

Cuando en Francia la revolución de julio de 1830 determinó la caída del borbón Carlos X y el ascenso al trono de Luis Felipe I de Orleans, se mudó a París, un poco por insistencia de su amigo Alejandro María Aguado, a quien conocía cuando ambos revistaron en el ejército español. Aguado, de muy buena posición económica, sería su benefactor en tiempos en que San Martín le encomendaba a su viejo camarada O’Higgins que le ayudase en las gestiones para cobrar la parva de sueldos atrasados de los tiempos en que peleaba por la independencia.

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En la capital francesa, alquilaba una casa en el número 1 de la calle Neuve Saint Georges, que en 1835 pudo comprar.

Mercedes, en su adultez. Con su familia acompañó a su padre
Mercedes, en su adultez. Con su familia acompañó a su padre

Nunca estuvo bien de salud. En marzo de 1832, junto a su hija, fueron víctimas de la epidemia del cólera, y demoró en reponerse por problemas gástricos. En la convalecencia, ambos fueron asistidos por el joven Mariano Severo Balcarce, hijo del general Antonio González Balcarce, segundo de San Martín en parte de la campaña de los Andes. Mariano, de 24 años, trabajaba en la legación argentina en París y pronto nació el amor entre los jóvenes. Se casaron el 13 de diciembre de 1832 y esa noche San Martín organizó una cena en Chez Grignon, el restorán de moda de la burguesía parisina para celebrar la unión de su única hija, de 16 años.

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Por 1833 había intentado calmar sus dolencias con baños en Aix-les Bains, en el este francés. “Lejos de hacerme bien que experimenté el año pasado y que me prometí al presente, me produjeron violentos ataques de nervios y me debilitaron al extremo de haber tenido que cumplir más de un mes en el regreso”, escribió.

Para estar cerca de su amigo Aguado, adquirió una casa en Evry sur Seine, una comuna de unos 700 habitantes, a unos kilómetros al sur de París. A la casa -que pudo adquirir gracias a la ayuda del propio Aguado- la llamó Grand Bourg, vecina a la que tenía su amigo. Era una construcción de tres plantas, en un terreno de una hectárea.

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Alejandro Aguado, viejo conocido de San Martín de los tiempos en que ambos combatían en el ejército español, fue su protector y quien lo ayudó económicamente
Alejandro Aguado, viejo conocido de San Martín de los tiempos en que ambos combatían en el ejército español, fue su protector y quien lo ayudó económicamente

Le gustaba caminar por los jardines, pasear con sus nietas María Mercedes y María Josefa y cuidar de las flores, especialmente las dalias. Por las tardes tenía la costumbre de tomar mate con Aguado. A veces el poeta Florencio Balcarce, hermano de su yerno, se quedaba en la casa largas temporadas. Mataba el tiempo limpiando sus pistolas y escopetas, que alternaba con trabajos de carpintería.

Allí lo visitaron algunos argentinos que pasaban por Europa, como Juan Bautista Alberdi, que lo hizo en septiembre de 1843. “Lo esperaba más alto, lo creía un indio como tantas veces me lo habían pintado y no es más que un hombre de color moreno. Al ver el modo cómo se considera él mismo se diría que este hombre no había hecho nada de notable en el mundo, porque parece que él es el primero en creerlo así”, recordó.

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También fue a conocerlo Domingo Faustino Sarmiento, y el viejo general aún recordaba al padre del sanjuanino, el capitán Clemente Sarmiento, quien había conducido a los prisioneros españoles de Chacabuco a esa provincia. Ese 24 de mayo de 1846 estuvieron solos un día entero, encuentro que sirvió como disparador para que Infobae lo presente a San Martín con la fantástica magia de la IA.

Exiliado en Chile, Sarmiento realizó un periplo por el mundo para empaparse de los mejores modelos educativos. En Francia visitó a San Martín
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Fueron otros, como el abogado Florencio Varela, por entonces exiliado en Montevideo y otros que, a su regreso, dejaron deslizar que el general estaba un tanto senil. Es que no toleraban que San Martín haya apoyado al gobierno de Juan Manuel de Rosas en la defensa de la soberanía, cuando una fuerza anglofrancesa bloqueó el Río de la Plata, ni que en su cláusula tercera de su testamento, que firmó el 23 de enero de 1844, le hubiera legado su mítico sable corvo, que lo acompañó en su campaña y que lo había adquirido de segunda mano en esa estancia en Londres cuando pidió la baja del ejército español y preparaba su viaje a América, y que permanecía colgado en su habitación.

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En el interín hizo un viaje a Italia, con la esperanza de encontrar alivio a su ajetreada salud. Llegó a Florencia en noviembre de 1845, de ahí se trasladó a Nápoles, desde donde le escribió a Rosas cuando ocurrió el bloqueo. Cuando llegó a Roma, no fue bien visto por su apoyo al gobernador de Buenos Aires, a quien tenían como un dictador. Estando en la capital de Italia, tuvo un serio episodio con convulsiones y cuando lo hallaron en el piso, lo creyeron muerto.

Con la revolución de 1848, se mudó a Boulogne sur Mer, una ciudad de unos treinta mil habitantes, sobre la costa del Canal de la Mancha, cuyo número crecía en los veranos por los doce mil ingleses que iban a tomar baños de mar o asistían al natatorio de agua caliente que poseía.

Mariano Balcarce, el yerno del Libertador
Mariano Balcarce, el yerno del Libertador

“Para evitar el que mi familia volviese a presenciar las trágicas escenas que desde la revolución de febrero se han sucedido en París, resolví transportarla a este punto”. Se calcula que antes de abandonar la capital, su hija finalmente lo convenció de que le tomasen un daguerrotipo, una genial invención de 1839 y que desafiaba la paciencia de cualquier mortal, ya que requería permanecer varios minutos inmóvil. Los especialistas sostienen que le tomaron dos y que sobrevivió solo uno, en el que las miradas médicas diagnosticaron una artrosis en sus dedos.

Tal vez, su idea original era radicarse en Inglaterra o regresar a su casa de campo de Grand Bourg. Alquiló un segundo piso, con cinco habitaciones en la Gran Rue 105, en una vivienda que pertenecía a Adolphe Gerard, un abogado que además era el bibliotecario de la ciudad. Allí se mudó, para cuidarlo, su hija Mercedes con su esposo y sus dos hijas. En la planta baja el dueño tenía su estudio y en el tercer piso vivía con su esposa y tres hijos.

A los 71 años, San Martín le confesaba al general Ramón Castilla, presidente del Perú, tener una salud enteramente arruinada y estar casi ciego por las cataratas que sufría, sin contar con sus problemas estomacales, que arrastraba desde los tiempos del cruce de los Andes.

Nota Testamentos San Martín
Testamento del general, fechado en enero de 1844. En su cláusula tercera, lega su sable corvo a Juan Manuel de Rosas

En París había consultado a varios oculistas, y todos le dieron el mismo diagnóstico, que sólo podrían operarlo cuando las cataratas madurasen, esto es, cuando ya no viera más. En 1849 el reconocido oftalmólogo francés Jules Sichel intentó una intervención que no tuvo los resultados esperados.

Debían leerle los periódicos y los libros. Le costaba mucho tener que dictar su propia correspondencia, confesó que nunca se acostumbró a ello. Pasaba largas horas hablando con Gerard, quien haría una primera semblanza del argentino en el diario local cuatro días después de muerto. El anciano hablaba francés, inglés, italiano, griego y latín y ambos compartían inquietudes culturales, y su voluminosa biblioteca, la llevó en el cruce de la cordillera embalada en cajones y la repartió entre Mendoza, Chile y Perú.

En junio de 1850 fue a tomar baños a las termas de Enghien-les-Bains, en el norte de París, recomendados para el tratamiento del reuma. El diplomático y periodista argentino Félix Frías, que se lo encontró casualmente, lo vio totalmente lúcido, aunque un tanto melancólico y encerrado en sí mismo.

El 6 de agosto realizó su último paseo, y tuvieron que ayudarlo a descender del carruaje.

La última casa que ocupó San Martín. Está en la ciudad costera francesa de Boulogne sur Mer
La última casa que ocupó San Martín. Está en la ciudad costera francesa de Boulogne sur Mer

Esos días los pasó con molestias que le provocaban arranques de mal humor. El médico insistía en que una Hermana de la Caridad lo cuidase y así aliviar un poco a su hija, pero Mercedes no quiso saber nada.

Se acrecentaron agudos dolores de estómago, que lograba calmar con opio, en dosis mayores a las recomendadas. Tuvo ataques febriles.

Sin embargo, el 16 amaneció de buen ánimo. Comentó con Mercedes el elevado número de bañistas que se habían ahogado, por la cantidad de gente y los escasos bañeros para controlarlos. Para ello, un lord inglés anunció que regalaría a la ciudad un bote a hélice para ayudar en el auxilio de los veraneantes. La ciudad había sido adornada porque al otro día llegaría la embarcación.

Ese sábado 17 se levantó sereno y fue a la habitación de su hija como hacía habitualmente para que le leyera los diarios. No tenía fiebre aunque disimulaba sus ataques de dolor con una sonrisa frente a Mercedes, para que no se preocupase. Decía que “era la tempestad que lleva al puerto”.

José de San Martín
En su austero lecho de muerte, con las Hermanas de la Caridad rezando

Esa mañana su yerno partió a realizar un trámite. Al mediodía, almorzó frugalmente, como hacía habitualmente. Lo había ayudado a vestirse el peruano Eusebio Soto, su fiel sirviente. Acompañaba a San Martín desde 1822, cuando tenía diez años. Con los años, Soto se transformó en el hombre de extrema confianza en la familia, se adaptó a Europa y hablaba el francés en forma fluida. En 1840 se casó con Lorenza Bustos, criada de los Aguado.

A las dos de la tarde, lo sorprendieron fuertes dolores de estómago. Recostado en la cama de su hija, lo revisó el doctor Jordán, quien vivía cerca y asistía a la familia hacía tiempo. En un primer momento, el médico no le dio demasiada importancia, ya que eran ataques que ya había sufrido con anterioridad.

A las tres de la tarde, el propio general presintió el fin. Sintió una convulsión y con gestos, ya que casi no podía hablar, le pidió a su yerno que alejase a su hija y falleció. La tradición cuenta que tanto su reloj de bolsillo como el que estaba en la sala, se pararon a esa misma hora.

Josefa Dominga, nieta de San Martín. Destinaría la residencia familiar de Brunoy a asilo y a hospital durante la Primera Guerra Mundial
Josefa Dominga, nieta de San Martín. Destinaría la residencia familiar de Brunoy a asilo y a hospital durante la Primera Guerra Mundial

Durante el 18, fue velado. Por la mañana se redactó el acta de defunción, que certificaba que San Martín, de 72 años, cinco meses y 23 días de edad, había fallecido el 17 a las tres de la tarde. Firmaron el acta Adolphe Gerard y Francisco Rosales, encargado de negocios de Chile. Ese mismo día fallecía, a los 51 años, el reconocido novelista y dramaturgo Honoré de Balzac.

Colocaron un crucifijo sobre su pecho, otro en una mesa entre dos velas, mientras dos hermanas de la caridad rezaban.

El 19, luego de ser embalsamado, fue colocado en un féretro. El 20, a las 6 de la mañana el cortejo partió hacia la iglesia de San Nicolás. Acompañaban al carruaje con sus cuatro faroles encendidos y tapados con crespones negros, su yerno Balcarce; a su derecha Darthez, amigo de San Martín y a la izquierda Francisco Javier Rosales, encargado de negocios de Chile. Los seguían José Guerrico, Adolphe Gerard y Seguier, vecino de Boulogne. Nadie más.

Gerard, el dueño de casa confesó que “su pérdida deja en ella un vacío que se reproduce en nuestras almas, y que no se llenará pronto”.

En San Nicolás hubo un rezo y partieron hacia la catedral, ubicada en la zona alta de la ciudad. Fue depositado en una de las bóvedas por indicación del abate Haffreingue. Sería provisoriamente, porque la intención fue la de cumplir su último deseo, de reposar en Buenos Aires. La familia creía que en pocos meses se cumpliría ese trámite. Pero el tiempo pasó y en 1861 fueron trasladados al sepulcro de los Balcarce, en Brunoy, donde la familia residía en el Petit Chateau, un palacio que había pertenecido a la realeza francesa.

Por fin el general en casa. En 1880 sus restos fueron repatriados y descansan en la catedral metropolitana
Por fin el general en casa. En 1880 sus restos fueron repatriados y descansan en la catedral metropolitana

Una de sus nietas, María Mercedes, que había nacido el 14 de octubre de 1833 cuando sus padres visitaban Buenos Aires, moriría a los 27 años. Su hermana María Josefa nació en Grand Bourg el 14 de julio de 1836 y llevó una vida dedicada a la ayuda del prójimo, al punto tal que finalizada la primera guerra mundial fue condecorada por Francia con la Legión de Honor. Ella permanece enterrada en ese país porque allí es considerada una heroína.

En 1864 una ley cuya autoría fue de Adolfo Alsina y Martín Ruiz Moreno, autorizaba al gobierno a iniciar las gestiones para la repatriación. Habría que esperar otros 16 años, durante el fin de la presidencia de Nicolás Avellaneda, cuando el 28 de mayo de 1880 arribó en el muelle de las Catalinas el vapor Villarino el féretro de dos metros de largo por sesenta centímetros de altura con sus restos, y Sarmiento encabezó la comisión de repatriación. Se había cumplido el pálpito de San Martín sobre el sanjuanino, cuando luego de conocerlo, escribió a Las Heras de que tendría “un porvenir distinguido”: el hombre sería diplomático, gobernador de su provincia y presidente.

Habían sido despedidos en El Havre, por su nieta Josefa, Pepa, quien cedería a Bartolomé Mitre correspondencia y papeles privados de su abuelo. Cuando abrió el Museo Histórico Nacional, donó a su director Adolfo Carranza el mobiliario de la habitación de San Martín junto a un croquis que describía la disposición.

El cuerpo embalsamado del Libertador estaba protegido por cuatro ataúdes, dos de plomo y dos de madera. En la nave central de la Catedral, se realizó un oficio religioso y luego fue depositado en la cripta de los Canónigos, hasta que estuviera listo el sepulcro, que se construía donde estaba el altar de Nuestra Señora de la Paz.

San Martín no descansa en la parte superior del monumento, compuesto por una urna negra. El féretro fue acomodado inclinado, y su cabeza está a la altura de los visitantes, tal cual reseñó el Instituto Nacional Sanmartiniano. La lámpara votiva, en el frente de la Catedral, fue proyectada y construida en la Escuela Nacional de Bellas Artes.

Con una biblioteca dividida entre quienes exaltaban su figura y obra continental y entre los que lo acusaban de haber preferido el exilio europeo a quedarse a pelear por el país, San Martín tuvo que esperar para tener su monumento. En 1862, cuando se supo que Chile había encargado una figura ecuestre del Libertador, acá consideraron que sería un papelón que el vecino país se nos adelantase. Así fue como le pidieron al mismo escultor, Louis-Joseph Daumas, una obra idéntica, pero que antes la entregase a la Argentina. El 13 de julio de 1862 se la inauguró, en el descampado donde instruía personalmente a sus granaderos. Hoy es la Plaza San Martín. La de Chile se la emplazó el 5 de abril del año siguiente, en el aniversario de la batalla de Maipú.

La estatua ecuestre de San Martín, que se levanta en Boulogne sur Mer
La estatua ecuestre de San Martín, que se levanta en Boulogne sur Mer

El 24 de octubre de 1909, en el boulevard Saint Beauve, a unas catorce cuadras de donde vivía, se inauguró en Boulogne sur Mer una estatua ecuestre, la primera en Europa en su homenaje. No se sabe cómo pero salió indemne de los devastadores bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial, ya que en esa ciudad los alemanes habían instalado una base de submarinos. El 15 de junio de 1944 fue uno de las peores jornadas: las 1200 toneladas de bombas que se arrojaron provocaron la desaparición de barrios enteros. Sin embargo, el monumento, salvo marcas de esquirlas, no sufrió daños.

Por años se habló del milagro de la estatua del general, aquel que, pese al ninguneo y a las ingratitudes, de vida solitaria y tranquila, que había liberado medio continente americano, solo deseaba que su corazón descansase en Buenos Aires.