Entrevista a Carlos Murguía: las raíces sociales de la ansiedad y la depresión

2026/08/17

Cuando hablamos de ansiedad o depresión, es habitual mirar primero hacia el interior de la persona: sus pensamientos, emociones, vulnerabilidades o formas de afrontar los problemas. Sin embargo, nadie desarrolla su vida psicológica de manera aislada. La familia en la que crecemos, las relaciones que construimos, las condiciones laborales o las dificultades económicas también forman parte del contexto en el que aparece el sufrimiento. Incorporar esta dimensión permite preguntarnos no solo qué le ocurre a alguien, sino también qué está ocurriendo a su alrededor.

El malestar psicológico más allá del individuo

De todo ello hablamos con Carlos Murguía, psicoterapeuta especializado en terapia familiar sistémica y terapia breve sistémica, que trabaja con adolescentes, adultos, parejas y familias. Desde su enfoque, presta especial atención a cómo las dificultades psicológicas se relacionan con la familia, la pareja, el trabajo y otros vínculos significativos, y cuenta también con formación y experiencia en terapia narrativa, ansiedad, depresión, duelo y conflictos familiares.

Carlos Murguía

Carlos Murguía

Maestrante de Terapia Familiar Sistémica, Especialidad en Terapia Breve Sistémica

Profesional verificado

Guadalajara

Terapia online

¿Qué perdemos cuando explicamos la ansiedad y la depresión únicamente como problemas individuales o desequilibrios internos?

Experiencias de maltrato en ámbitos como el familiar, el laboral o el de pareja. Este tipo de abordajes neurocentristas e individualistas terminan convirtiéndose en prácticas que culpabilizan a la persona por injusticias macrosociales y diversas formas de violencia.

¿Cómo podemos distinguir entre un trastorno psicológico y una respuesta comprensible, aunque dolorosa, a un entorno familiar, laboral o social dañino?

En realidad, no son categorías opuestas. Un síntoma es una respuesta comprensible y legítima a un entorno dañino.

Las categorías nosográficas como trastorno de ansiedad generalizada, distimia, depresión mayor, etc., muchas veces invisibilizan circunstancias injustas y maltratantes que viven las personas.

En otras palabras, una categoría psicopatológica, en realidad, no explica un problema individual e interno, sino un problema social en donde se entrelazan el individuo, la familia, la comunidad, las instituciones y los medios de comunicación.

En algunas familias, el control, la crítica o la invalidación se presentan como formas de amor o educación. ¿Qué huella puede dejar esta dinámica en la salud mental adulta?

Secuelas como dificultades amorosas, problemas laborales, ansiedad y depresión. El maltrato presentado como educación o amor es una contradicción comunicacional que termina enfermando a las personas.

¿Qué papel desempeñan la escuela y las experiencias de exclusión, comparación o falta de reconocimiento durante la infancia y la adolescencia?

Juegan un papel comórbido con la familia. O, por el contrario, el alumnado puede encontrar en la escuela un lugar donde conoce amistades y docentes que le ofrecen formas seguras y amorosas de relacionarse, lo cual marca una diferencia positiva frente a las problemáticas que viven en casa.

El agotamiento se ha normalizado en muchos entornos laborales. ¿Hasta qué punto ciertos síntomas de ansiedad o depresión son también una reacción a la precariedad, la sobrecarga y la falta de control?

Lo son de forma clara y directa. Asimismo, las ideologías del exitismo y el individualismo agravan esta situación al responsabilizar al individuo por negligencias y violencias de carácter macrosocial, tales como crisis económicas, desempleo, corrupción y desvío de recursos.

Al tener que responder a estas demandas macrosociales que se traducen en microdemandas individuales, eventualmente el cuerpo no da para más. Son demasiadas horas de trabajo y pocas horas de sueño, demasiados ideales de desempeño y excelencia, y el cuerpo no alcanza. Sin embargo, los discursos dominantes establecen que todo está en la mente de la persona y todo se puede resolver mediante el individualismo y el emprendimiento.

La individualización y la privatización del malestar son estrategias centrales del realismo capitalista, como plantea Mark Fisher. El capitalismo se ha incrustado de tal forma en la realidad que funciona como un velo perceptivo: todo se traduce a la lógica del negocio, el desempeño, el gasto, los KPIs y el retorno de inversión.

Vivimos en una cultura que valora la productividad, la autosuficiencia y la capacidad de «aguantar». ¿Cómo influye este ideal en la forma en que interpretamos y ocultamos el sufrimiento?

Muchos síntomas de ansiedad y depresión son una reacción directa a la precariedad, la sobrecarga y la falta de control. Las jornadas interminables, el poco descanso y la presión por la excelencia terminan agotando el cuerpo. Para aliviar ese cansancio, algunas personas recurren excesivamente a redes sociales, videojuegos o contenido para adultos, lo que puede exacerbar el agotamiento.

Cabe subrayar que la depresión y la ansiedad son, en realidad, formas en que las personas expresan un desacuerdo con sus condiciones familiares y sociales.

¿Existe el riesgo de que discursos como el autocuidado, la resiliencia o la gestión emocional terminen responsabilizando a la persona de adaptarse a situaciones que, en realidad, deberían cambiar?

Más que un riesgo, en la actualidad es una práctica habitual impulsada por la cultura del exitismo y el individualismo. Esto se suma a los ideales de belleza inalcanzables promovidos en redes sociales, donde abundan contenidos centrados en cómo bajar de peso, métodos antienvejecimiento, emprendimiento o preceptos como ser un «hombre de alto valor» o una «mujer de alto valor».

Dicho sea de paso, este tipo de enunciados son reflejo de cómo el discurso del desempeño económico ha atravesado todos los ámbitos humanos. En realidad, no hay mucha diferencia entre ver un producto en Amazon y un perfil de una aplicación de citas.

¿Cómo puede incorporar la psicoterapia el contexto social de una persona sin desatender los factores biológicos, psicológicos y las diferencias individuales?

Las injusticias, la violencia, las crisis económicas y el maltrato familiar terminan afectando al ámbito biológico. La psiquiatría y la medicina en general, por ejemplo, pueden atender esa dimensión mediante farmacología y cirugía. Sin embargo, su práctica no aborda las variables que, finalmente, dañan los organismos.

Los órganos que operan de manera disfuncional no son el origen del problema, sino el resultado final de un entorno maltratante. Por eso, los psicofármacos pueden cronificar el malestar: si las personas solo atienden lo biológico, no se desmarcan de los entornos y vínculos que las han enfermado.

Es por circunstancias como las recién mencionadas que el modelo sistémico busca modificar el entorno antes que preocuparse por la biología. En efecto, un psicoterapeuta puede hacer equipo multidisciplinario con un psiquiatra.

Sin embargo, es importante tener en cuenta que la modificación de los neurotransmisores mediante psicofármacos no favorece la adquisición de habilidades ni transforma los entornos patológicos que enferman a las personas.

Por último, las diferencias individuales. En varios modelos sistémicos se rescata la voz y los posicionamientos de los consultantes. En el modelo de Bowen, por ejemplo, esto se conoce como diferenciación: el proceso mediante el cual la persona se distingue de su familia de origen para vivir de forma congruente con sus propias creencias y sus propios valores.

Por otro lado, en la terapia narrativa, mediante la externalización, las personas exploran las historias dominantes que las han atravesado y que han eclipsado sus propias creencias y valores. Al externalizar, la persona se libera de las relaciones de poder que ha interiorizado y abre nuevas posibilidades, basadas en lo que realmente desea para su vida.

Cuando el origen del malestar está relacionado con la familia, el trabajo o unas condiciones de vida que no pueden modificarse fácilmente, ¿qué objetivos terapéuticos son realistas?

Desde una perspectiva narrativa y crítica de tercer orden, es fundamental no convertir el sufrimiento producido por condiciones familiares, laborales, económicas o sociales en una supuesta falla individual.

Antes de establecer objetivos terapéuticos, necesitamos comprender cómo intervienen en el malestar las relaciones de poder, los mandatos culturales y las condiciones materiales.

La terapia no debe limitarse a enseñar a la persona a tolerar o adaptarse mejor a un contexto injusto.

Por otro lado, procuramos que el problema no colonice su identidad. Aunque las circunstancias no puedan transformarse de manera inmediata, podemos explorar cómo han influido en las historias que la persona construye sobre sí misma y favorecer la externalización de estas narrativas opresivas. Como planteaban White y Epston: la persona no es el problema; el problema es el problema y este se encuentra relacionado con un contexto social.

Los objetivos terapéuticos pueden orientarse a nombrar y desindividualizar el sufrimiento: reducir la culpa y la patologización, reconocer los efectos concretos de la precariedad, la violencia y la desigualdad e identificar capacidades, valores y formas de resistencia que las historias dominantes han eclipsado en la persona.

El acompañamiento terapéutico también puede incluir el acceso a recursos comunitarios, laborales, jurídicos o institucionales.

Si aceptamos que la ansiedad y la depresión también tienen raíces sociales, ¿qué cambios deberían producirse en las familias, las escuelas, las empresas y las políticas públicas para prevenirlas?

La prevención no se reduce a enseñar a las personas a regular sus emociones o tolerar mejor la presión. Necesitamos intervenir en los contextos que producen inseguridad, sobreexigencia e injusticia.

Esto incluye la familia, los entornos educativos, los entornos laborales y el espacio público.

Prevenir la ansiedad y la depresión requiere ampliar los recursos personales y relacionales, pero también transformar las condiciones materiales que generan sufrimiento. El objetivo no es construir personas cada vez más resistentes a contextos dañinos, sino construir contextos más habitables, justos y capaces de sostener la vida. Es por ello que mencionaba el acceso a recursos comunitarios, laborales, jurídicos o institucionales en la pregunta de arriba.

Carlos Murguía

Carlos Murguía

Maestrante de Terapia Familiar Sistémica, Especialidad en Terapia Breve Sistémica

Profesional verificado

Guadalajara

Terapia online