Fanta, vodka y matemáticas en la ciudad de Avicena, por Raimon Portell

2026/07/30

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La ventana apenas puede abrirse por su parte superior, cinco dedos. Es todo el aire que entra en el compartimento del tren. Y me ha tocado la cama de abajo de la litera. Así que no me queda otra que resignarme y esperar que la noche atenúe el aliento ardiente que mana del desierto.

El supervisor me entrega las sábanas. Son ocho horas de viaje, a toda marcha, hasta que las primeras luces nos dejan por fin en Jiva.

Entre murallas de barro y destellos azules, la antigua fortaleza abre sus puertas antes del amanecer

Pegando traspiés, con la piel pegajosa y las sábanas estampadas en la cara, me dirijo hacia el hotel. Entro en la ciudad amurallada por la puerta este. Dentro, en los edificios históricos, impera el ladrillo. Su disposición dibuja un tejido que alterna ritmos y dispone franjas o destellos de azulejos. Resulta imposible no fijarse, pero no me detengo. Tiempo tendré más tarde, cuando la ciudad despierte y abran los comercios. De momento, solo el eco de mis pasos resuena por las calles vacías.

Y por fin alcanzo el que debería ser el minarete más imponente del Asia Central, pero que no se culminó, quedando un tambor circular donde se suceden franjas añiles y turquesas. Vela la entrada de la mayor madrasa de la ciudad, ahora reconvertida en el hotel donde me alojaré, aunque más tarde, porque debo esperar hasta el mediodía a que la habitación esté disponible.

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Se impone, pues, la misión de encontrar donde desayunar. Y así salgo por la puerta oeste, convencido de que, si en la ciudad amurallada todavía duermen, en la ciudad nueva estarán más despabilados.

La misión resulta más ardua de lo previsto. Callejeo sin rumbo y al fin doy con una tetería llena de uzbecos. Se sientan sobre tarimas, frente a mesas bajas, y con alegría ingieren huevos, somsas (pastelillos rellenos de carne) y cuencos de una suculenta sopa, como revelan las lunas de grasa que navegan por su superficie. Después de una mala noche, mi estómago se ha despertado remilgón y, como no domino su idioma, entro en la cocina a repasar las cacerolas, hasta que me sacan del aprieto dos palabras que me sé en ruso, chay y jleb, y el dibujo de una abeja. Así, me sirven té, pan y miel. Todo un festín.

Estatua de Al-Juarismi, el ‘padre del álgebra’, ante las murallas de la ciudad uzbeka de Jiva

Estatua de Al-Juarismi, el ‘padre del álgebra’, ante las murallas de la ciudad uzbeka de JivaREDACCIÓN / Terceros

Ya recompuesto, el paseo sin destino pasa junto un edificio oficial. “¡Museo! ¡Museo!”, me llama la atención una mujer. La sigo y ella misma me conduce hacia una puerta lateral. Entramos en una sala, enciende el aire acondicionado y las luces, y me deja empapándome de la historia del entorno. Aquí nació el filósofo Avicena y el matemático al-Juarazmi, del cual derivan nombres como algoritmo y álgebra, ahí es nada. La rica cuenca del río Amu Daria era el mítico Jorasán que Gengis Kan arrasó.

Y por fin puedo regresar a mi madrasa. La habitación es digna de un doctor en teología. Lo constato antes de que me hagan salir, porque falta arreglar no sé qué. Lo aprovecho para ir a comer. El destino, fuera de las murallas, es un restaurante popular que he localizado por la mañana y ahora está lleno de lugareños. Pido ensalada y shashlik (pinchos de carne marinada asada sobre carbón). 

Al ver la Fanta que me traen como bebida, el hombre que dirige la mesa de al lado me invita a vodka. Brindamos por Uzbekistán y sus amables gentes. Y sigue otra ronda, y la petición que pongan más alta la música, para que podamos bailar. Nos marcamos unos pasos, y saludo a la audiencia, que se ríe a mandíbula batiente. Y consigo alcanzar mi habitación, antes de que me abata la siesta.