Flavio Mendoza, íntimo: las heridas que no sanan, su deseo de volver a ser padre y el límite que impone su cuerpo

2026/08/16

“Mi cabeza quiere, mi cuerpo no”. A los 54 años, Flavio Mendoza empieza a reconocer un límite que durante años se negó a mirar: después de llevar su cuerpo al extremo con acrobacias, entrenamientos y espectáculos, ya no puede exigirle lo mismo. Tiene ocho hernias de disco, una operación de ligamentos cruzados y artrosis en una rodilla, entre otras lesiones que lo obligaron a convivir con el dolor.

Pero el freno no llega solamente desde lo físico. Flavio reconoce que su obsesión por el trabajo también es una manera de no quedarse quieto y evitar aquello que todavía no sabe cómo resolver. Le cuesta descansar, estar desocupado y quedarse solo con sus pensamientos. En terapia intenta encontrar algunas respuestas y admite: “Hay partes que me doy cuenta de que no están sanadas”.

En lo personal, también atraviesa un momento de replanteos. Cuenta que volvió a vincularse con alguien de su pasado y que una decepción reciente lo hizo llorar a escondidas, en la ducha, para que su hijo no lo viera. Habla de sus heridas de infancia, de la relación con Dionisio y del deseo de darle una historia diferente a la que él vivió. También confiesa que quiere volver a ser padre.

Mientras acaba de estrenar La cúpula en Puerto Madero, prepara un nuevo espectáculo junto a Ariel Diwan para el verano en Mar del Plata y avanza con Siete auras, que podría ser el último show en el que lleve su cuerpo al límite. Entre el escenario, el amor, la familia y las heridas que todavía intenta sanar, Flavio habla con Infobae sobre el éxito, el dolor y la necesidad de aprender a bajar un cambio.

—No parás, hacés un espectáculo tras otro. ¿Cómo estás con La cúpula?

—Muy bien. Recién debutamos. Yo decía el otro día: “¿Cómo es parir?”. Esto es parir. Ya salió, ya nació, ya está el bebé andando. Ahora hay que ayudarlo a reacomodar cosas. Fue una experiencia de redoblar la apuesta como creador, productor y director, de animarme y arriesgarme. No sé por qué lo hago. Siempre, cuando estoy en el baile, digo: “¿Por qué me meto en esto?”. Pero también es lo que amo.

—¿Quién es Flavio cuando no está en el show, cuando se apagan las luces y está solo en tu casa?

—Soy la persona más tranquila y común del mundo. Me gusta mucho estar en casa, disfrutar con mi hijo y con mis amigos. No soy de salir tanto. Soy de reunirme en casa, comer pizza o empanadas, o que alguien haga un asado porque yo no sé hacer. Y nos quedamos ahí.

—¿Qué te pasa por dentro cuando estás solo?

—No puedo dejar de pensar en qué puedo hacer. Tengo esta cosa, que ya hemos hablado en terapia: no puedo quedarme tranquilo. Puedo estar un día en casa, pero si al otro día tengo media tarde libre empiezo a ordenar un placard. Tengo que ocuparme en algo. No puedo irme de vacaciones y tirarme 15 días en la playa sin hacer nada.

—¿No podés porque no lo disfrutás o porque te genera angustia?

—Creo que un poquito de angustia. Pienso “me lo merezco, tengo que estar tranquilo”, pero no sucede. Hay algo que sé que no está bien, lo asumo, aunque todavía no termino de encontrar qué es. El otro día estaba armando con mi hijo la copa del Mundial y, cuando me di cuenta, habían pasado dos horas. Ahí sentí que mi cabeza se relajó un poco.

—¿Cuándo fue la última vez que lloraste sin que nadie supiera?

—Hace un tiempito. Me sentí decepcionado. Creo que una de las cosas que más me hacen mal es cuando alguien me decepciona. Fue alguien que quería mucho, tuvo una mala actitud y sentí que no estuvo a la altura de bancar lo que tenía que bancar. Lloré mucho en la ducha.

—¿Fue una decepción amorosa?

—Sí. Le di una oportunidad a alguien que ya conocía de hacía muchos años. En aquel momento yo estaba en mi momento más mediático, con Stravaganza, y las fotos conmigo hasta le repercutieron en el trabajo. Llegué a llamar a un abogado porque lo querían sacar por estar conmigo. Fue muy fuerte. Pasaron muchos años, seguimos hablando y este verano volvimos a encontrarnos y a tener algo. El otro día, en el programa de Mirtha, me preguntaron si estaba con alguien y dije que sí. Conté un poco la historia, sin nombres. A él lo afectó y no me habló durante 48 horas. Cuando me enteré por qué, fue una desilusión. Lo sigo hablando con él, pero ahora no sé qué quiero porque siento que me llevó nuevamente a un lugar que ya había vivido. No somos unos pendejos. No tengo que ocultar con quién salgo. No estoy haciendo nada malo: es una persona que ama a otra persona y la gente tiene que entenderlo. Si tu familia, la gente que vos amás, no te van a bancar, o si dos boludos te van a cargar, ¿qué te importa? Pero bueno, es algo personal de cada uno.

—¿Te generó inseguridad?

—Me rompió algo de todo lo que venía construyendo. Y además, ahora está mi hijo. Si voy a incorporar a alguien a mi vida, a mi casa y a mi estilo de vida, tiene que ser una persona que pueda afrontar eso. No lo hizo con maldad. Es un problema personal que tiene que resolver, como yo tengo que resolver millones. Pero a mí me lastimó. No sé si me desenamoré, pero hoy estoy lastimado y necesito que pase el tiempo.

—Pero tenés ganas de volver.

—Me parece una persona muy valiosa y merece una oportunidad, pero yo también soy valioso. Merezco que me cuiden. Soy muy fuerte, pero hay muchas cosas en las que no lo soy.

—¿Qué tapa esa obsesión por el trabajo?

—Creo que estoy tapando cosas que no sé resolver. Hay heridas que creo que están cerradas y no lo están. Soy muy vulnerable, vuelvo a recaer, soy muy culposo. Me hago muy rápido cargo de los problemas de los demás. Vos venís con un problema y yo ya me hago cargo. Me lo llevo conmigo. Si a un amigo le va mal económicamente, a mí me afecta. Si puedo ayudarlo, siento que tengo que hacerlo. Por momentos soy una ONG. Y eso pasa factura.

—Ahí aparecen tus hermanas, que ponen un poco de control.

—Sí. Yo nunca manejé dinero porque estaría fundido. Soy de dar y ayudar mucho.

—¿Sentís que pusiste algún espectáculo por encima tuyo?

—Creo que ahora estoy en otro proyecto. Acabo de estrenar La cúpula, que estaremos dos meses en Puerto Madero y salimos de gira. Estoy preparando otro con Ariel Diwan para el verano y después viene Siete auras. Capaz que no era el momento para mí, porque quizás necesito un break. Pero también agradezco que suceda porque siempre busco algo diferente.

—¿Siete auras lo vas a protagonizar?

—Sí. Y encima tengo que subirme al escenario con mis lesiones y todo lo que implica. Yo no hago un espectáculo solamente para facturar. Busco otra cosa.

—¿Qué?

—Que digan “qué bueno que está”, “qué lindo lo que hizo”, “me encantó”. Como persona y como artista necesito eso más que la plata.

—¿Que te quieran?

—Yo me siento querido. Por el público me siento súper querido. El público argentino siempre me abrazó.

—¿Eso sana algo de aquel nene que alguna vez no fue cuidado?

—Sí, muchísimo. A veces siento que el público me da algo que algunos afectos no me dieron. Cuando estoy arriba del escenario nada duele, todo sale bien. En el debut de La cúpula, aunque había cosas que no me convencían porque soy muy detallista, el público estaba tan amoroso que yo decía: “Esto es lo que me calma”.

—Viviste muchos accidentes arriba del escenario. ¿Hay una adicción al riesgo?

—No. Soy re cagón. Le tengo terror. Cuando ensayo algo y escucho un ruido raro en el motor pienso “ay”. Pero sé que es mi arte y que eso también me destacó del resto. Por eso soy muy cuidadoso. En esta obra, por ejemplo, estoy al lado de los técnicos como uno más para que todo salga bien.

—¿Se contratan seguros?

—Sí, de todo. Hasta el espectador tiene seguro. Pero a mí no me importa cuánto pague el seguro. No quiero que le pase nada a nadie.

—¿Hay algo que te dé miedo hoy?

—Las cosas de mi hijo. Y también no poder disfrutar lo lindo que me está pasando. Tengo dos empresas impresionantes, Circo Anima está haciendo un exitazo en el Norte, Aura debuta ahora, estoy armando Siete auras. Para el verano voy a tener las tres compañías más grandes de Argentina y creo que de Latinoamérica. Y a veces pienso: “¿Por qué no puedo dejar de pensar en todo lo otro y disfrutar lo bueno que tengo?”.

—¿Cuándo sentís que un show termina?

—Para mí los espectáculos no cumplen un ciclo porque lo que hago es muy diferente. Cuando llevo Circo Anima al Norte llevo todo. La gente me dice “no se puede creer que trajiste todo porque nadie viene con todo”.

—Para vos es importante que la experiencia sea la misma.

—Soy el único que lo hace. Es muy costoso, pero para mí sería una traición que alguien me vea acá y después me vea en Salta y diga “trajo la mitad”. Me moriría de vergüenza. No lo haría.

—¿Qué es lo que no te deja disfrutar?

—No lo sé. No lo resuelvo ni en terapia. Es como si siempre hubiera un puente que estoy tratando de cruzar. No sé qué hay del otro lado, pero quiero cruzarlo. Tengo 54 años y sé que esta locura no va a durar para siempre. El cuerpo te dice hasta acá. Creo que Siete auras puede ser el final de este tipo de show para mí.

—¿Está la idea de correrte del escenario?

—No. El cuerpo me está corriendo. Mi cabeza quiere, mi cuerpo no. Tengo ocho hernias de disco, una operación de ligamentos cruzados, problemas en el empeine, artrosis en la rodilla. Hice toda una temporada con mucho dolor y muchas infiltraciones. Este tipo de espectáculo ya no está para mi cuerpo.

—¿Tomás mucha medicación?

—No, evito todo. Me banco el dolor. Hago mucha kinesiología, entreno para estar fuerte, pero no quiero depender de medicamentos. Tengo miedo, soy un tipo consciente, por eso hablo del retiro de este tipo de exigencia física. Después puedo hacer comedias y montones cosas.

—¿Estás para salir a cantar por los barrios?

—Sí. Contar mi vida sentado en una butaca lo puedo hacer tranquilamente.

—¿Lo estás pensando?

—No sé si eso, pero hay espectáculos que podría hacer. Cuando hice Un estreno, un velorio, tenía mucho más texto que otra cosa.

—Hay algo de eso que te puede sanar.

—Sí. Vos sabés que hay cosas que sano con los espectáculos. La cúpula, aunque es una carpa y no un circo, tiene un relato. Aparece un guardián de la cúpula que cuenta una historia. Y cuando pensé qué cuento contar, automáticamente me vino El príncipe feliz, el único cuento que mi mamá me leyó. Ella leía novelas de Corín Tellado y nunca me había leído un cuento. Un día apareció un libro de tapa amarilla y me leyó ese. Al final se largó a llorar. Me explicó que el príncipe y la golondrina habían dado su vida para ayudar a otros, algo así como le pasó a ella, que ayudó siempre a todos. Y ahora, después de tantos años, ese es el cuento que elegí para la obra. Es muy loco.

—¿Jugaba con vos tu mamá?

—No me acuerdo. Yo recuerdo jugar solo, estar trepado a un árbol, jugar con barro, con juguetes. No recuerdo que mi mamá me empujara en una hamaca o que mi papá jugara conmigo. Hoy con Dio sí hago esas cosas. Me dice “dale, papá, corréme”, lo corro alrededor del sillón, me pide cosquillas. De momentos así no tengo recuerdos de mi infancia.

—¿Recordás haberlos necesitado?

—Creo que sí. Yo los voy a amar hasta el último suspiro de mi vida, pero tampoco lo hicieron porque quisieran. No pudieron, no supieron o era otra época. Mi papá era un hombre muy bueno, pero faltaba mucho por trabajo. Mi mamá era muy nerviosa y nos pegaba de una manera muy violenta. Ella también terminó yéndose de este mundo sin ser feliz. Yo no quiero eso. Me niego. Y creo que con los espectáculos voy sanando cosas, poniendo algo que digo “bueno, pasó”.

—Hay algo de ese nene que tuvo falencias de cuidado que hoy intentás sanar.

—Sí. Siete auras tiene que ver con la energía. Yo creo mucho en el aura de las personas. Puedo presentir si alguien es buena persona.

—¿Y a mí cómo me presentís?

—Buena gente.

—¿Qué preferís que diga un elenco de vos: que sos el mejor profesional o el mejor compañero?

—No sé. A veces me sentí incomprendido por algunos equipos. Cuando te volvés empresario y tenés que dar trabajo y bancar muchas cosas, siempre podés quedar como el loco o el histérico. Yo invierto, les doy un escenario de la hostia donde pueden expresarse como artistas, pero a veces la gente no entiende que si quiero ensayar más no es porque quiera castigar a nadie, sino porque también tengo que cuidarlos y hacer que el espectáculo salga bien. Entonces, lamentablemente, hay gente que hoy es un número para mí: vos tenés cierto talento, cubrís este espacio, yo te pago lo que tenés que hacer y se termina el contrato. Seguimos o no.

—¿Te decepcionaron equipos de trabajo?

—Muchísimo. En la época de Stravaganza tuve en mi casa todo un verano a dos personas accidentadas, pero no en mi espectáculo. Uno había tenido una pelea en un boliche y lo habían apuñalado cerca del corazón. El otro se había lastimado con explosivos. Los tuve conmigo para cuidarlos porque sabía que, si no, iban a salir de joda cuando necesitaban hacer reposo. Yo estuve ahí. Los banqué en un montón de cosas. Hoy trabajan por el mundo, uno en Cirque du Soleil, el otro en México. Pero sí, hubo y seguirá habiendo artistas o equipos que me van a defraudar.

—¿Sos autocrítico? Si te pasás dos pueblos, ¿podés darte cuenta?

—Sí. Con este nuevo espectáculo me descubrí con una paciencia que nunca pensé tener y bancándome cosas que antes no hubiera bancado. Pero también me di cuenta de que me afecta físicamente.

¿Cambiaste porque sentías que tenías que hacerlo?

—Sí, y también porque no quiero que mi hijo me vea gritando todo el tiempo. Antes gritaba y después no me quedaba todo adentro. Ahora muchas cosas me las guardo y me hacen mal orgánicamente.

—¿Y cómo sale ahora?

—Me afecta físicamente. Estuve muy descompuesto todo este último tiempo porque hay muchas cosas que trago y dejo pasar. Desde algo tan simple como que alguien se vaya de un ensayo general cuando estamos preparando un estreno. Se te está pagando, cumpliendo con todo; ya está, que venga el reemplazo, lo haga. Pero hay un esfuerzo extra que a veces las personas tenemos que poner para que las cosas sucedan.

—¿Da miedo invertir tanta plata en un espectáculo?

—No. Me da más miedo la gente que la plata. Encontrar personas que no vean solamente un sueldo, sino que quieran hacer el proyecto y tirar para el mismo lado. Me he quedado 24/7 en un teatro para que un espectáculo saliera y ni siquiera era mío.

—¿Pagás buenos sueldos?

—Sí, pagamos lo que corresponde, lo que se tiene que pagar. Algunas personas piden otras cosas, cada uno arregla su dinero.

—¿Hoy sos más empresario que artista?

—No. Voy a seguir siendo artista. La parte empresarial va a quedar más para mi familia.

—¿Cuál fue la compra que te permitió sentir que habías salido de la pobreza?

Cuando le compré la casa a mi mamá. Ese fue el momento. Y cuando pude ponerla en una obra social porque estaba muy mal de salud y nadie la aceptaba. Que tuviera un techo y cobertura médica fue para mí decir “lo logré”. Cuando después me compré mi casa, hasta me sentía mal porque mis hermanas vivían en departamentos y yo tenía una casa. Tengo esa cosa de querer que todos estemos iguales. Yo digo que salud, estudio, un plato de comida y un techo todo el mundo lo tiene que tener.

—Son derechos universales.

—No puedo entender que un chico no tenga comida o que un viejo no pueda comprar sus medicamentos. Pero no le echo la culpa al gobierno sino a todos, porque hablamos y no sé si hacemos cosas. Estaría bueno decir: un poquito menos para mí, un poquito más para vos.

—¿Milei te gusta?

—Sí. Me parece que hay cosas que está haciendo bien. Por ahí no me gusta cómo se expresa, pero siento que hay cosas que le hicieron mejor al país.

—¿Qué querés que herede de vos Dionisio y qué le deseas de corazón que evite?

Que evite mi demencia por querer que todo sea perfecto. Yo le digo que no quiero que sea abanderado ni que me traiga un 10. No quiero que la pase mal en el colegio porque papá la pasó mal. Quiero que apruebe, que la pase bien, que aprenda. Quiero que sea feliz y que no tenga mis fantasmas.

—¿Sigue durmiendo con vos?

—Sigue.

—¿Por qué te emocionás así?

—Porque no quiero que tenga mis fantasmas.

—Pero él tiene una infancia completamente distinta de la tuya.

—Él es un niño feliz y eso me pone re bien. Le gusta ir conmigo a mis shows. Yo hablo mucho con él y le digo que si le pasa algo, que todo me lo diga.

—Dionisio está creciendo y en algún momento te va a preguntar por las cosas difíciles que te pasaron de chico, vos contaste que fuiste abusado. ¿Estás preparado?

—Sí. Yo hablo mucho con él, aunque no de ese tipo de cosas porque todavía no las entendería y tampoco quiero despertarle algo. Por ejemplo, cuando me preguntan por qué no quiero que esté en un espectáculo, para mí subir a un chico a un escenario es un poco un abuso. Una cosa es que estudie y aprenda, pero otra es convertirlo en un pequeño adulto. Van a estar muchas personas en contra con esto que voy a decir pero a mí la verdad esta cosa de ver un nene que se comporta como un adulto no me gusta. No me gusta que les saquen la edad. Si algún día Dionisio quiere trabajar en un espectáculo, tendrá que tener la madurez para decirme: “Papá, quiero hacerlo y me voy a bancar los ensayos, las funciones y la responsabilidad”.

—¿Y las redes sociales? ¿La exposición de los chicos?

—Yo subo cosas en las redes sociales de Dio porque para mí es como un álbum de fotos. Antes nos sacábamos fotos, las revelábamos, las guardábamos. Ahora para mí su Instagram es como un álbum donde voy poniendo cosas.

—Un álbum de fotos que miran millones de personas.

—Es verdad. Pero él no ve nada. No usa celular. Sabe qué es TikTok e Instagram, pero no los mira.

—Vamos a jugar. Quiero que me respondas si lo producís, lo rechazás o le buscás la vuelta. Un show con Messi.

—Sí, recontra sí. Amo a esa familia.

—Un musical de Milei.

—Estaría divertido. Muy Almodóvar. Pero no siendo presidente. Si sos presidente no podés hacer eso. En otro momento, cuando deje de ser presidente.

—Volver a Showmatch.

—Desde otro lugar podría ser. No haría lo mismo porque siento que no doy más para ese lugar. No podría darle lo que quisiera.

—Un show de inteligencia artificial.

—Es el que viene: Siete auras. Te sorprendí. Estamos trabajando con eso.

—¿Qué va a hacer la inteligencia artificial?

—La inteligencia artificial dentro del espectáculo, no te puedo spoilear, pero va a estar bueno.

—Un espectáculo para 50 personas, íntimo. ¿Lo producís?

—Sí. Podría ser un espectáculo mío o de alguien que tenga muchas cosas para contar.

—Dirigir a alguien que no sabe bailar.

—He dirigido a montones que no saben bailar. En la época de Nito Artaza me venía cada patadura. Pero un gran coreógrafo o director tiene que encontrar qué tiene esa persona para que se la vea bien, aunque no sepa bailar.

—¿A qué le decís que no hoy rotundamente?

—A pasarla mal. A sufrir. Y a alguien que no me respete o que no se banque quién soy. Si no pone el pecho por mí sabiendo que soy un buen tipo, le digo que no.

—¿Qué zanahoria está por delante en tu vida personal? ¿De qué tenés ganas?

—No sé si ampliar la familia. Me encantaría. En unos años me gustaría volver a ser papá y poder dedicarme más a eso. Esperarlo como espero a veces a Dio cuando juega al fútbol. Que vengan más niños.

—No un niño, niños.

—Me encantaría, sí. Creo que también me sacaría un poco de esta parte tan estricta del trabajo. Y cuando sos artista podés dedicarles tiempo, pero no quiero que me los críen.

—¿Hay embriones de cuando nació Dio?

—No te voy a decir. Te vas a quedar con la duda. (Risas).

—¿Estamos hablando de corto o mediano plazo?

—Ahora tengo una responsabilidad muy grande con los shows. Cuando estrene Siete auras nos vamos a volver a encontrar y ahí te podré dar noticias.

—Yo creo que vas a estrenar Siete auras y que a los dos meses vas a publicar una ecografía.

—(Risas) Creo que esta vez, si lo hago, voy a ser más prudente. Estoy cambiando un poco mi cabeza con las redes, la exposición y las cosas que cuento. Hay muchas cosas que callo y me estoy guardando. Yo creo mucho en Dios. Yo tengo ganas. Tengo las mismas ganas que tenía el primer día que nació Dio.

—Dijiste más niños. Vas por más.

—Más niños, lo que Dios diga. A veces tampoco es tan fácil. La primera vez tuve una pérdida y fue muy difícil. Uno no tiene en la cabeza que eso puede pasar. Por eso creo que estas cosas hay que guardárselas hasta que todo suceda.

—Con lo obsesivo que sos, mirá si lo vas a dejar en manos de Dios.

—Soy obsesivo, pero en esas cosas también creo que tiene que haber una linda energía para que todo suceda.