11 de julio, 2026 - 06h30
Si el Mundial 2026 podría ser la batalla final entre el periodismo tradicional y los nuevos creadores de contenido que pululan en una diversidad de plataformas tecnológicas, usando la jerga futbolera diré que los tradicionales llegan a la fase final pidiendo alargues, mientras los de la nueva era mantienen sus audiencias informales, basados en su gran capacidad de desarrollar polémicas que luego logran viralizar.
En los últimos años ha sido mucho el terreno perdido por el periodismo profesional, el académico. En el caso del deportivo, se autocalifica como “especializado” sin saber a ciencia cierta dónde se especializó más allá de la experiencia que da el diario peregrinar por entrenamientos y camerinos, llevando a cabo coberturas en un formato establecido por mucho tiempo al que ahora se le ha agregado un video telefónico. Amplios despliegues de equipos a las sedes mundialistas en las que jugaba Ecuador hemos visto, a ratos hasta con dos o tres periodistas reportando desde la misma ciudad, sin que quede claro cuál era el rol del uno y del otro, sino enviando un mensaje de poder, teniendo los derechos de transmisión o no. Una actividad masiva propia de otras épocas, propia de productores que crecieron en el derroche logístico y parecerían no querer salir de ahí.
Y no solo el despliegue numeroso llamó la atención, sino lo poco preparados que algunos de los trasladados a las sedes se mostraron, como ya había ocurrido en otros mundiales, en que no parecen tener a mano material de contexto sino que se dedicaron a improvisar hasta en lo más mínimo. Nunca podré olvidar al que desde Tottori, vía satélite, en 2002, dedicó minutos a describir el rico helado que estaba comiendo. Ahora hemos escuchado a los narradores locales anunciar el “himno nacional de la república de los Estados Unidos de Norteamérica”, mientras otros se ensañaron con la mujer que arbitró el partido entre Ecuador y Alemania, y cuyas decisiones polémicas eran resaltadas con un “¡así no, mujercita!”, a grito en cuello, en tiempos en que la igualdad de género ha ganado duras batallas.
Y frente a esto, el trabajo quizás no más informado, tampoco más contextualizado, pero si orgánico de creadores de contenido que han actuado como “agente libre” en la mayor vitrina deportiva del mundo y que han logrado captar audiencias porque el evento se dio propicio para algo en lo que son expertos: la polémica. Trump e Infantino contra el resto, por la tarjeta roja anulada; la alineación debida o no de Ronaldo o James en sus respectivos equipos, cuando era evidente que no llevaban el mismo ritmo que sus compañeros; o la tiranía del VAR, que se convirtió en el dios de las decisiones arbitrales, a ratos hasta insólitas en lo que a marcar fuera de juego o penales se trató.
Dicho esto, es preocupante que el periodismo “especializado” de deportes no haya dado muestras de una preparación más profunda; de utilizar los recursos justos para la tarea encomendada y empatizar con una audiencia pragmática que valora más el regalo que la envoltura; de aprovechar el gigantesco interés de la audiencia que capta eventos como este, para imponer de una vez el valor del dato bien logrado y bien trabajado, por encima del show. (O)