
(Captura YouTube Google)
Un cohete Falcon 9 despegó desde California con el primer satélite del proyecto Suncatcher, la iniciativa con la que Google busca explorar si es viable instalar centros de datos en órbita con una capacidad similar a los que hoy operan en tierra.
La compañía se convierte así en la primera gran tecnológica en poner en marcha un proyecto de este tipo, aunque no es la primera en enviar servidores en miniatura al espacio para estudiar su viabilidad.
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Suncatcher es el nombre del proyecto de investigación a largo plazo con el que Google explora la posibilidad de enviar al espacio centros de datos equivalentes a los que existen en la superficie terrestre.

El gran objetivo del lanzamiento reciente es comprobar si los chips de la empresa resisten las condiciones del espacio exterior sin fallar, en particular ante el impacto de una tormenta solar.
La tecnología que viaja a bordo es propia de Google: cuatro chips llamados unidades de procesamiento de tensor (TPU), el componente básico sobre el que se apoya toda la inteligencia artificial de la compañía. Este primer prototipo equivale en potencia a solo una de las miles de unidades de procesamiento que integran hoy un gran centro de datos en tierra.
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Si los resultados son positivos, Google prevé lanzar otros dos artefactos similares en 2027 para empezar a probar su sistema de comunicación entre satélites.
La compañía calcula que este proyecto de investigación puede demandar unos 15 años de desarrollo, el mismo tiempo que le llevó avanzar con los coches sin conductor desde sus inicios en 2009 hasta los 500 mil pasajeros semanales que transporta en la actualidad su filial Waymo.

El satélite fue desarrollado en colaboración con la empresa espacial Planet Labs y tendrá una vida útil de un año.
Seguirá una órbita diseñada para que sus paneles solares miren siempre al Sol, lo que permite aprovechar al máximo la energía disponible. Aun así, el dispositivo solo generará una energía equivalente a la que consume un microondas.
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Con esa capacidad limitada, los chips a bordo podrán ejecutar operaciones sencillas y comunicarse con Gemini, la inteligencia artificial terrestre de Google, durante periodos de unos 15 minutos cada vez.
Por qué las grandes tecnológicas quieren servidores en el espacio
Las grandes compañías tecnológicas ven en el espacio un lugar privilegiado para desplegar servidores a gran escala, en parte para evitar los impactos sociales y ambientales que estas infraestructuras generan en la superficie terrestre.
Elon Musk, de SpaceX; Sam Altman, de OpenAI; Jeff Bezos, de Amazon, y Jensen Huang, de Nvidia, coinciden en que el futuro de la computación pasa por llevar servidores a la órbita terrestre. Se trata, sin embargo, de un objetivo todavía lejano, y ninguna de estas empresas plantea replicar en el espacio lo que hoy existe en tierra.
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La idea no es construir réplicas de los enormes centros de datos terrestres, algo inviable con la tecnología actual y de un costo muy elevado. El plan apunta a crear redes de cientos de satélites conectados por láser, capaces de realizar grandes tareas de cómputo, archivar datos de máximo secreto o funcionar como red de seguridad si los servidores terrestres fallan.
Ahora bien, en el mejor de los escenarios, esta capa espacial funcionaría como complemento de los servidores en tierra, nunca como sustituto.
Antes del lanzamiento de Google, la compañía Starcloud ya había puesto en órbita, en noviembre de 2025, un satélite con una unidad de procesamiento gráfico (GPU) de Nvidia, y tiene previsto un segundo lanzamiento para octubre. La diferencia con el proyecto de Google radica en que esta última utiliza tecnología propia, desarrollada internamente para sostener sus propios sistemas de IA.
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Una de las principales ventajas de los servidores espaciales es que no requerirían las grandes cantidades de agua que hoy se usan en tierra para su refrigeración, ya que la temperatura media en el espacio es de menos de 100 grados bajo cero.
Sin embargo, el vacío impide que el calor generado por la computación se disipe de forma natural. Esto obliga a equipar los satélites con sistemas adicionales para radiar ese calor, lo que limita por ahora la capacidad de cómputo que puede alcanzarse en órbita.
El proyecto enfrenta además otros retos tecnológicos sin resolver, entre ellos los fallos en los chips provocados por la radiación espacial, la rápida obsolescencia de los procesadores y el costo de enviar al espacio una gran flotilla de satélites equipados con inteligencia artificial.
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