21 de agosto, 2026 - 07h30
Las guerras tienen una geografía propia, pero sus consecuencias no respetan fronteras.
El estrecho de Ormuz está a miles de kilómetros de Ecuador. Pero lo que allí ocurre puede llegarnos –o ya está llegando– a nuestros puertos, campos, estaciones de servicio y, finalmente, al bolsillo de cada familia. No hace falta ser economista para advertirlo.
Cada semana, al llenar el tanque de mi vehículo, la realidad me lo machaca.
Ecuador produce y exporta petróleo y podría suponerse que la subida de su precio nos beneficia. Pero la realidad no es tan sencilla: exportamos crudo, pero importamos grandes cantidades de combustibles a precios internacionales.
En los primeros cinco meses del año las exportaciones petroleras aumentaron 16,4 %, mientras las importaciones de derivados crecieron 37,9 %. La balanza sigue siendo favorable, pero menor que un año antes (Banco Central del Ecuador).
El petróleo caro puede aumentar los ingresos por exportaciones y obligarnos, al mismo tiempo, a importar combustibles más caros.
Mientras la crisis de Oriente Medio presiona los mercados energéticos, el Gobierno acaba de anunciar los precios de extra, ecopaís y diésel. Esta vez bajan ligeramente. Pero, si la crisis se prolonga, difícilmente estaremos aislados de sus consecuencias.
Y el combustible es solo el comienzo. Antes de la guerra, cerca de un tercio del comercio marítimo mundial de fertilizantes atravesaba Ormuz, hoy severamente restringido. Con el conflicto, los precios de la urea se dispararon, aunque posteriormente retrocedieron. Ecuador importa urea y, aunque los principales proveedores no pasan por Ormuz, la compramos en un mercado mundial afectado por lo que allí sucede.
Para un país agrícola no es asunto menor. Banano, cacao, arroz, maíz y otros productos necesitan fertilizantes, combustibles y transporte para llegar a sus mercados.
Ormuz tampoco es el único punto vulnerable. Los ataques alrededor del estrecho de Bab el-Mandeb amenazan otra gran ruta comercial. Y cuando navegar se vuelve peligroso, aumentan seguros y fletes, se modifican rutas y el transporte se encarece. Alguien termina pagándolo.
La pregunta no es solamente cuánto más recibiremos por cada barril de petróleo, sino cuánto terminará costándonos cuando su mayor precio recorra toda la economía.
Desde la atalaya de un abogado hay otro aspecto. Los países pequeños tenemos especial interés en que las relaciones internacionales no sean gobernadas por la fuerza. La libertad de navegación, la solución pacífica de las controversias y el derecho internacional también nos protegen.
Nos interesa que Ormuz funcione normalmente, que los buques mercantes no sean objetivos de ataques y que las diferencias regresen a una mesa de negociación. Hasta ahora no se da el entendimiento esperado y aumenta el riesgo de una confrontación prolongada de graves consecuencias económicas.
Una guerra puede empezar lejos y entrar silenciosamente en nuestra economía. Mis padres me contaban que durante la Segunda Guerra Mundial la escasez llegó a tal punto que hasta los clavos y las planchas de zinc usados se encarecieron.
Ormuz queda lejos. Sus consecuencias, no. (O)