3 de octubre, 2026 - 06h30
Los resultados de la prueba PISA han vuelto a poner sobre la mesa el impacto de la tecnología, y ahora de la inteligencia artificial (IA) en la educación.
Como profesor universitario en distintos niveles y, al mismo tiempo, estudiante de doctorado, puedo afirmarlo con certeza: sus efectos no se limitan a la escuela ni al colegio. También están transformando la vida universitaria y nuestra manera de aprender.
Durante años se nos exigió a los profesores incorporar las nuevas tecnologías. Los libros, las copias y el papel fueron declarados obsoletos; las aplicaciones en línea para “gamificar” la experiencia educativa se impusieron como una necesidad, casi siempre sin mayor debate.
Hoy, la palabra clave en cualquier entorno, educativo, productivo o personal, es automatización: que la IA trabaje mientras uno hace cualquier otra cosa. La oferta es tentadora. Pero conviene preguntarnos: ¿qué nos entrega y qué nos quita?
No voy a detallar aquí los procesos cognitivos que activa la mente cuando leemos un libro físico o escribimos a mano. Quiero detenerme en algo aparentemente más trivial: la experiencia.
Leer exige concentrarse y apartar las distracciones del entorno.
Exige lidiar con el cansancio, especialmente en el ámbito académico, cuando el texto es difícil, la lectura avanza con lentitud y sostener la atención se convierte en un desafío.
También exige enfrentarse al aburrimiento. Hay libros que no interesan y, aun así, deben leerse, porque no todo aprendizaje tiene que ser entretenido.
Leer rebasa el goce estético de una novela y también la utilidad, la novedad o la veracidad de un texto científico.
Puede ser una experiencia aburrida, frustrante, monótona, bella y satisfactoria; precisamente por eso nos forma.
La IA amenaza con arrebatarnos esa experiencia. En segundos, un modelo de lenguaje procesa un texto y responde casi cualquier pregunta que le formulemos.
El problema no es solo que podemos dejar de aprender.
Es que renunciamos al acto mismo de enfrentarnos a un texto, demorarnos en él, dudar e interpretar.
Durante mucho tiempo se sostuvo, con cierta ingenuidad, que llevar tecnología y aplicaciones al aula permitiría democratizar el acceso al conocimiento. No medimos suficientemente las consecuencias. Hoy, colegios y universidades de élite no solo aplican restricciones más severas al uso de dispositivos electrónicos, sino que la consigna vuelve a ser el papel.
La pandemia aceleró en las universidades los procesos de educación virtual y la incorporación de recursos tecnológicos en las aulas.
¿Podemos volver a la hoja, al lápiz y a la conversación pausada sobre un texto? ¿O los profesores que se resistan a convertir cada clase en una sucesión de aplicativos digitales seguirán siendo evaluados de manera deficiente y etiquetados como anticuados?
Si la educación renuncia al esfuerzo, a la lentitud y hasta al aburrimiento, quizá gane eficiencia, pero perderá profundidad. (O)