
Cenar una ensalada suele considerarse el hábito saludable por excelencia para terminar el día. Sin embargo, este gesto aparentemente inofensivo podría ser el verdadero responsable de tus desvelos nocturnos, tus vueltas en la cama y esa molesta pesadez al despertar. La doctora Isabel Belaustegui, licenciada en Medicina y experta en nutrición, lo tiene claro: si buscas un descanso reparador y levantarte con el vientre plano, las verduras crudas deben quedarse exclusivamente para el mediodía.
“Si tienes problemas para conciliar el sueño, para mantener un sueño profundo y reparador, si tienes digestiones pesadas y se te hincha la barriga, entonces por la noche nada de crudo”, aclara Belaustegui en una intervención en el pódcast Maestros de Excelencia. Durante las horas nocturnas, el ritmo circadiano reduce de forma natural la motilidad del intestino y la producción de enzimas digestivas. Por ello, hortalizas como la lechuga o los canónigos se convierten en un reto para el estómago.
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La razón es puramente metabólica. Al contener estructuras de fibra dura y no soluble, estos vegetales requieren un esfuerzo mecánico y enzimático excesivo. Si el organismo se pasa la mitad de la noche batallando para descomponerlos, la fibra termina fermentando en el tracto intestinal, lo que genera gases e inflamación. Este malestar digestivo no solo eleva la temperatura corporal interna, sino que fragmenta el descanso, provocando continuos microdespertares.

Para solucionar este problema, el truco de la experta no consiste en eliminar los vegetales de la última comida del día, sino en cambiar su técnica de preparación. Pasar los alimentos por el fuego actúa como una suerte de “predigestión” que rompe las fibras más resistentes y alivia la carga de trabajo al aparato digestivo.
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Por ello, la doctora propone alternativas mucho más amables para el intestino, como optar por verduras al vapor o hervidas —entre las que destacan el brócoli, la coliflor o las judías verdes—, recurrir a vegetales salteados a la sartén como espinacas, acelgas o espárragos trigueros, o apostar por platos reconfortantes como las cremas de verduras calientes o templadas.
Para completar el plato sin comprometer la producción de melatonina —la hormona del sueño—, Belaustegui aconseja acompañar estas verduras cocinadas con una sola fuente de proteína magra y de muy fácil asimilación. Entre las opciones más recomendadas destacan los pescados blancos (como la merluza o el bacalao), los pescados azules pequeños (sardinas o caballa), el marisco ligero y los huevos preparados en tortilla francesa o escalfados.
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Asimismo, la especialista insiste en reorganizar las comidas para no desperdiciar nutrientes: las ensaladas frescas y platos como el gazpacho deben pasarse a la hora del almuerzo, cuando el estómago trabaja a pleno rendimiento. Además, Belaustegui recalca la importancia de evitar mezclas extrañas o digestiones pesadas en la cena, como combinar lácteos con pescados o carnes de difícil asimilación.
En definitiva, aplicar este pequeño ajuste en el plato de la noche permite liberar al aparato digestivo de un esfuerzo innecesario en su momento de menor rendimiento. Al simplificar la cena con alimentos predigeridos por el calor y proteínas ligeras, el cuerpo puede derivar toda su energía a las labores de reparación celular, garantizando un descanso de calidad y un despertar lleno de vitalidad.
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