El referéndum de Islandia sobre la UE, en vilo mientras continúa el recuento: “Ni el ‘sí’ ni el ’no’ van a arreglarnos”

2026/08/30

Los islandeses votaron ayer a favor de reabrir el camino hacia la Unión Europea, pero lo hicieron conscientes de que ni Bruselas ni el aislamiento resolverán por sí solos los problemas del país. Con un 51,8 % frente al 48,2 %, el "no" aventaja en 3,6 puntos al "sí", cuando solo queda por contabilizar una parte de las papeletas de dos de los seis distritos electorales de Islandia, ambos inclinados ya por el "no".

Entre los autobuses que 'cargaban' y 'descargaban' turistas - por utilizar el vocabulario vernáculo de los taxistas de Madrid - los habitantes de Reikiavik iban entrando y saliendo ayer del Ayuntamiento de la capital islandesa, donde estaba uno de los colegios electorales del referéndum en el que ese país debía decidir si entablaba negociaciones para la entrada en la Unión Europea.

El consistorio está en el corazón demográfico del 'sí', una zona de alto nivel educativo y económico, a la que separa un creciente abismo cultural de la población con niveles de estudios más bajo, dedicada a la pesca y a la agricultura, que votó 'no'. La pugna entre esas 'dos Islandias' era visible en el semisótano de arquitectura industrial del Ayuntamiento en el que estaban las ocho mesas electorales del colegio.

Los partidarios del 'sí' eran conscientes de que la consulta no iba ni a meter a Islandia en la UE ni a solucionar los problemas más graves del país, que para ellos eran económicos. Los pocos votantes del 'no' con los que se encontró este periódico defendían un nacionalismo que se había incendiado debido a la desinformación lanzada por una bien engrasada campaña de los euroescépticos, como la radio Þjóðmál, que dijo que, si el país entra en la UE, podría ser será obligado a exportar su producción eléctrica al continente.

Esas teorías sin ninguna base real encontraron terreno fértil en un país tradicionalmente aislado, emocional y culturalmente cercano a los otros nórdicos (Dinamarca, Noruega, Suecia, y Finlandia) y a Groenlandia, pero que opina que no tiene nada en común con, por ejemplo, Hungría o Polonia, y que mira con suspicacia a naciones como Francia, Alemania u Holanda.

La visión del 'si' no otorgaba propiedades mágicas a la UE. "Nuestro mayor problema es la inflación, que lleva a unos tipos de interés que hacen que sea imposible comprar una vivienda, y eso no lo va a solucionar ni el 'sí' ni el 'no', porque es algo que tenemos que solventar los propios islandeses, y que va a ser doloroso. Desde luego, Bruselas no va a venir a arreglarnos eso", explicaba uno de los voluntarios del colegio electoral, que cobraban un mínimo de 82.000 coronas (583 euros) por una jornada laboral de hasta 18 horas, y que prefería no dar su nombre porque tenía prohibido hablar con la prensa.

Para Gillis, una arquitecta de 70 años que tenía un aire de 'bohemia ártica' gracias a su combinación de pelo blanco semioculto por una boina parisina combinada con el abrigo de rigor para protegerse el frío sol de Reikiavik, "el problema es nuestra divisa nacional, la corona. Para una economía pequeña y un país pequeño, tener una moneda independiente es un problema, no una ventaja. Pero, si queremos entrar en el euro, vamos a tener que hacer un ajuste tremendo. Así que este referéndum no nos quita responsabilidad. Ni dentro ni fuera de la UE nuestros problemas van a solucionarse milagrosamente", dictaminaba. La tesis de que la corona es más un lastre que un activo fue una de las tesis que el Gobierno islandés trató de emplear en la campaña. Y, también, uno de los argumentos de la campaña del 'no', para quienes, en una unión monetaria, Islandia, precisamente por sus escasas dimensiones y su lejanía, solo haría lo que le dijeran.

"Escenarios hipotéticos"

"El 'sí' obedece a la curiosidad de ver qué pueden dar de sí las negociaciones. El 'no', a escenarios hipotéticos salidos de nadie sabe dónde", resumía un trabajador de la floreciente industria del país de producción audiovisual de 32 años que respondía al apodo de 'Oggi', un 'mote' que no puede ser más propio de un pueblo de pescadores como el islandés, ya que significa 'aleta'.

Cabinas de las utilizadas ayer en el ayuntamiento de la capital para referéndum celebrado en Islandia.

Cabinas de las utilizadas ayer en el ayuntamiento de la capital para referéndum celebrado en Islandia.J. NACKSTRANDAFP

No eran solo escenarios hipotéticos. También matemáticas fantásticas, que a veces recordaban a los archifamosos 350 millones de libras (410 millones de euros) que, según los partidarios del Brexit el Reino Unido enviaba a la UE cada semana y que podía ahorrarse si salía de la Unión. Esos 410 millones de euros semanales son 21.320 millones de euros al año, o sea, el 0,6% del PIB británicos. En Islandia, los defensores del 'no' decidieron que eso era demasiado poco y lo llevaron al 1% del PIB, o sea, 50.000 millones de coronas (340 millones de euros).

Ésa es la cifra que la principal organización anti-UE, Afram Ísland (Adelante Islandia) sugirió que el país debería entregar cada año a Bruselas. Fue una estrategia de éxito. Los 50.000 millones de coronas estaban en la boca de muchos de los votantes del 'no' en el colegio del Ayuntamiento de Reikiavik. Algunos de ellos eran lo que la campaña de Donald Trump llamaba en las elecciones estadounidenses de 2024 'votantes de baja intensidad' (o sea, gente que no sigue la política) y, por tanto, habían desarrollado sus propios 'hechos alternativos', por usar la afortunada expresión acuñada por la asesora del presidente estadounidense Kellyanne Conway en 2017.

Un ejemplo de ese grupo era Bjork. "He votado 'no' porque es lamentable que nuestro Gobierno haya tenido que pagar 50 millones de coronas (355 euros con 62 céntimos) a la UE para que nos deje celebrar este referéndum", declaraba sonriente. Para esa artista, "ni el 'sí' ni el 'no' van a cambiar nada", lo que no deja de ser una opinión interesante dado que acaba de votar. Interrogada acerca del origen del disparate de la UE como cobradora de referéndums (probablemente una derivación fruto de su creatividad de los 50.000 millones), Bjork se encogía de hombros y se limitaba a dar la respuesta del votante del siglo XXI, en Islandia, en España o en Nueva Zelanda: "Lo vi en algún sitio en Internet, pero no me acuerdo dónde".