Juan Andrés Fontaine: “Büchi tuvo que ganarse la confianza de Pinochet, empresarios y civiles para hacer las reformas económicas de los ‘80” - La Tercera

2026/08/02

Con 30 años recién cumplidos se convirtió en actor y también espectador de primera fila de los claves cambios que realizó el gobierno militar en la segunda mitad de la década de los ’80. Juan Andrés Fontaine no sólo ocupó el cargo de director de Estudios del Banco Central durante ese periodo, sino también llegó a ser asesor del ministro de Hacienda de entonces, Hernán Büchi, quien fue el impulsor las reformas económicas liberales de los últimos años del régimen, caracterizadas por la creación del Banco Central (BC) autónomo, una brusca baja de aranceles, privatizaciones y ajustes del gasto público, entre otros.

“Büchi tuvo que ganarse la confianza de Pinochet, empresarios y civiles para hacer las reformas económicas de los ‘80”, relata el ex ministro de Economía y Obras Públicas, quien lanzará el libro “El gran impulso: cómo la economía chilena despegó entre 1985 y 1989”, donde destaca el liderazgo de Büchi en las reformas y la continuidad que la Concertación le dio a estas políticas a partir de 1990. Editado por Faro UDD, el texto será presentado el 6 de agosto por el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, y el académico de la Universidad de California (UCLA), Sebastián Edwards.

¿Corrieron peligro las transformaciones de Büchi a propósito de las dudas que surgieron con el modelo tras la crisis del ‘82?

-Así es. La administración de Büchi comienza en 1985 cuando la economía estaba sumida en una profunda recesión, con una gran caída de los ingresos, un gran aumento del desempleo y una crisis financiera. Esta crisis se arrastraba desde, incluso, fines de 1981 y había sido producto de una sucesión de impactos como una fuerte alza de la tasa de interés en el mundo y una fuerte caída del precio del cobre. Y había una gran crisis de la deuda en toda América Latina, con una salida de capitales fuerte y una interrupción de los pagos de deudas externas en toda la región. Eso desata una gran crisis macroeconómica, financiera; los deudores quedan arruinados, los bancos también y, finalmente, viene la intervención de los bancos en el ‘83.

Entonces, este gran experimento, que tiene una inspiración liberal, pero que en realidad tiene elementos que después pasan a ser parte de muchos programas económicos de distintos países, lo que hace es abrir la economía, ordenar las finanzas públicas, liberar los precios y privatizar empresas. Esas medidas y ese modelo parecían naufragar en ese momento.

Incluso, hubo artículos desde afuera que hablaban del fracaso… Acá hubo críticas iniciadas desde la oposición política, desde la disidencia. Entonces, muchas críticas a estas reformas, que se iniciaron a mediados de los ‘70, se vieron “validadas”. Había una sensación que el modelo había muerto.

Por lo tanto, fue más difícil llevar adelante estos cambios...

-Sí. Büchi fue extraordinariamente visionario y valiente en reencauzar la política económica de algunas desviaciones que había tenido y también en profundizar el avance del modelo.

03 septiembre 2025 Juan Andrés Fontaine economista y político chileno Foto Pablo Vásquez R. Pablo Vásquez R.

Por razones obvias, en ese momento no había una oposición política a la cual convencer. Además, sabemos que el mundo militar era muy apegado a lo estatista, a lo nacionalista. Cuando ocurre la crisis del ‘82, ¿hubo desconfianza de parte del mundo militar respecto a esta nueva fase de transformaciones?

-Efectivamente, una dictadura no enfrenta una oposición política. Como dices, y lo planteo así también en el libro, la inspiración liberal de las reformas económicas que construyeron el modelo era muy ajena a la visión nacionalista y proteccionista típica de la formación militar, la que ponía acento en la protección de las industrias estratégicas, en más gasto público, en la restricción de las importaciones para tener más reservas internacionales para, eventualmente, defender la soberanía.

Entonces, todos esos planteamientos hicieron que el avance del modelo, ya desde mediados de los ‘70, fuera muy complejo. Hubo muchas concesiones que ir haciendo. Hubo permanentemente una discusión interna del gobierno, de los militares, también de los empresarios. Había sectores civiles, ya sean empresariales, profesionales, cercanos al gobierno militar, que eran muy críticos de todo lo que se estaba haciendo por parte de los economistas. Entonces, todas esas críticas, cuando se produce esta crisis, se ven validadas. Había intentos de volver atrás permanentemente. Había instituciones como Cieplan, por ejemplo, que eran muy críticos.

¿Entonces, Büchi tuvo que convencer y despejar las dudas de Augusto Pinochet y la Junta Militar sobre las reformas?

… y de muchos más. El convencimiento también era necesario con los dirigentes empresariales. En el libro cuento el episodio de cuando me tocó asistir a la Sofofa para explicar nuestra política arancelaria. En la administración inmediatamente anterior, los aranceles habían subido a 35%, lo que era contradictorio con el propósito de abrir la economía. Cuando llegó Büchi a Hacienda, anunció la rebaja de los aranceles hasta 15% en tres etapas. Cuando me invitaron a conversar con la directiva de la Sofofa, me encontré con una reacción adversa y con la opinión de que esto era el fin de una industria nacional muy golpeada por la recesión. Me pintaron un cuadro futuro lúgubre, un colapso de la industria. Eso fue el año 1985. Pero, un año después, en la cena anual de la Sofofa, Hernán Briones (empresario y expresidente del gremio), quien había sido uno de los críticos en esa reunión de 1985, me toma el brazo a la pasada y me dice: ‘Juan Andrés, tenías toda la razón. Este 1986 es el mejor año de la historia en la industria nacional’. Es decir, un año más tarde la evaluación fue exactamente la contraria. Pero Büchi tuvo que ganarse la confianza de Pinochet, empresarios y civiles para hacer las reformas económicas de los ’80… y también hubo que convencer a los mercados.

¿Cómo fue la relación entre Büchi y Pinochet?

-Conozco pocos detalles y en el libro no me adentro en eso. Lo que me tocó ver en algunas reuniones es que Büchi gozaba de un enorme respeto, porque se le sentía como alguien de enorme conocimiento del funcionamiento real de los distintos mecanismos del sector público y privado. Pero eso no quita que sus propuestas eran vistas en general con bastante temor, porque iban muy contrapelo de lo que había sido la tendencia de la política económica chilena durante décadas. Fue un cambio tan fuerte que todas sus propuestas fueron miradas con lupa.

En su libro asegura que hubo cosas que resultaron bien, otras que fallaron y otras que quedaron pendientes…

-En lo que se falló, y extiendo bastante ese análisis en el libro, fue la política cambiaria previa al periodo de Büchi y el marco regulatorio del sistema financiero bancario. La experiencia de la crisis nos enseñó que había problemas en eso; eso se corrigió en la segunda mitad de los ‘80 y ha seguido corrigiéndose en las décadas siguientes. En materia de mercado laboral también hubo avances muy significativos en crear un sistema más flexible, pero creo que fue insuficiente; las consecuencias de eso lo estamos pagando hasta hoy. Nuestra legislación laboral no es realmente flexible y eso hace que operemos con tasas de desempleo más altas de las que deberían.

También en esa época también hubo cuestionamientos a las privatizaciones hechas a fines de los ’80…

-Hubo dos olas de privatizaciones: la de los ‘70 y la de los ’80. La de los ‘70 se concentró en aquellas empresas que habían sido expropiadas o requisadas por el gobierno de Salvador Allende. Las privatizaciones de los ‘80 abarcaron algo de eso, pero también mucho de lo que eran empresas que habían sido creadas por el Estado, correspondían a la flor y la nata del Estado empresario, como Endesa y otras. La gran excepción fue Codelco, que siguió siendo 100% estatal.

En las privatizaciones se utilizaron varios mecanismos como el capitalismo popular. No eran fáciles estas privatizaciones entonces, pero los mecanismos usados para atraer capitales funcionaron bien. Todas esas empresas de servicio público como las eléctricas, las telecomunicaciones y, más tarde en los ‘90, las sanitarias, fueron grandes impulsoras del crecimiento de la productividad de Chile. En eso tuvo mucho que ver el cambio desde manos públicas, burocráticas, llenas de dificultades, de presiones y de falta de financiamiento, a manos mucho más eficientes del sector privado.

03 septiembre 2025 Juan Andrés Fontaine economista y político chileno Foto Pablo Vásquez R. Pablo Vásquez R.

¿Cómo se fraguó la idea de tener un BC autónomo, un paso inédito para los países en desarrollo en aquella época?

-Tan inédita fue la decisión, que los únicos bancos centrales independientes del mundo en ese momento eran el de Estados Unidos (Reserva Federal) y el Bundesbank (Banco Central de Alemania). Para nosotros la experiencia del Bundesbank fue muy interesante, porque era un caso parecido al nuestro en cuanto a que Alemania había tenido hiperinflación, venía de una muy mala tradición monetaria como la que teníamos nosotros. Por eso mucho de lo que de lo que se puso en la Ley orgánica del BC se tomó de la experiencia alemana. Después estaba también el Banco Central suizo que también era independiente. Y para de contar. No había bancos centrales independientes en el mundo en desarrollo.

Esta idea se vino desarrollando de a poco. En los ’70 ya estaba dando vuelta y por eso en la Constitución de 1980 se dice que habrá un organismo de este tipo de carácter independiente, pero no se define ahí en qué consiste la independencia. Büchi fue siempre un convencido de esto y no tenía ninguna duda de que había que ir en la dirección de crear en Chile algo lo más parecido posible a la Reserva Federal.

El modelo de los ’90

¿Por qué cree que la Concertación en los ‘90 no solo adoptó la esencia del modelo, sino también, en algunos casos, lo profundizó?

-Todos fuimos sorprendidos con el hecho de que los rasgos esenciales del modelo fueran mantenidos a partir de 1990 por el gobierno del Presidente Aylwin y los gobiernos que vinieron. En varias áreas no solamente fueron mantenidos sino también profundizados.

Todo esto sorprendió porque muchos de los que estuvieron a cargo de tomar esas decisiones habían sido muy críticos en su momento. Eso pudo ser explicado por razones políticas: eran opositores al gobierno del general Pinochet y, en consecuencia, metían todo en un mismo saco de críticas. Pero también tenían críticas genuinas a la velocidad o intensidad de las aperturas de los mercados, de la liberalización de tasas de interés y otros precios, incluso la autonomía del BC. El debate respecto de la propuesta de autonomía del BC fue tremendamente apasionado. Hubo críticas fuertes que hacían pensar que una vez que llegaran al gobierno harían borrón y cuenta nueva, y eso no ocurrió.

Hubo espacio para percibir los beneficios. Los economistas profesionales sabían muy bien que había tendencias favorables detrás de las cifras y que había que ser muy irresponsable para echar por la borda con cambios. Los resultados que hubo fueron consolidando esta reforma. Cada vez que se adoptaron medidas promercado los mercados celebraban; eso va creando una base política para avanzar en esa dirección. Una economía bien abierta es una economía que se autodefiende de las malas políticas muy rápidamente.

¿Quiénes fueron los actores clave de la Concertación para que no se desmantelaran las reformas?

-El ministro (de Hacienda) Alejandro Foxley de todas maneras. Fue el gran líder y fue secundado por ministros como Edgardo Boeninger y por su equipo economistas como José Pablo Arellano, René Cortázar. Más tarde estuvo el ministro Eduardo Aninat, bajo la presidencia de Eduardo Frei, y Nicolás Eyzaguirre… podría mencionar muchas más personas.

03 septiembre 2025 Juan Andrés Fontaine economista y político chileno Foto Pablo Vásquez R. Pablo Vásquez R.

Usted comparó al actual ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, con Hernán Büchi por el interés en lo fiscal y los cambios profundos. ¿En qué se parecen y que difieren ambos personajes?

-Se parecen en la confianza que manifiestan en la capacidad de las personas y de los emprendedores de hacer uso de su libertad económica para crear bienestar y progreso. Eso se traduce en una intención de ambos de reducir la carga tributaria y regulatoria sobre el sector privado.

Lo que está haciendo el ministro Quiroz es retrotraer esa sobrecarga tributaria y regulatoria que se fue introduciendo en los últimos años y que es la gran causa de por qué este despegue de entre mediados de los ‘80 y mediados de la década pasada, cuando el ingreso per cápita que se multiplicó por tres aproximadamente en términos reales, se nos frenó. Lo otro que comparten es un conocimiento muy de detalle de cómo funcionan los mecanismos de la economía, la microeconomía. En relación a lo que difieren, puedo decir que Büchi tenía una larga y detallada experiencia en el sector público…

Muchos dicen que Quiroz es la persona ideal para los profundos y, a veces, impopulares cambios que requiere el país hoy, dada su personalidad. Ha dicho que su “rol no es ser simpático ni ser popular”. ¿Está de acuerdo?

-Es la persona adecuada para conducir en este momento las riendas de la economía chilena por su trayectoria, formación, conocimiento y personalidad. Pero lo que está haciendo es sentar las bases para algo tan popular como es que vuelva a crecer el empleo y los salarios; eso exige una personalidad, una fuerza, para llevar adelante las medidas, y también una gran capacidad para persuadir; ambos atributos los tiene Quiroz.

¿Quiroz está dando una batalla cultural con todas sus reformas?

-Estimo que sí. Ha transmitido con elocuencia que el desafío de hacer crecer al país exige un esfuerzo de austeridad y eso también se vio en el periodo de Büchi en mucho mayor grado todavía. También exige un cumplimiento y un apego estricto a la ley, al pago de las obligaciones… Esas son señales importantes que podríamos llamar culturales y que son necesarias para que Chile vuelva a crecer.