Hace unos meses, un hombre mayor entró a la farmacia de Juana Ruppel porque necesitaba un medicamento, pero no tenía dinero para pagarlo. Ella se lo dio igual. Días después volvió con la plata y un Bon o Bon en la mano. “Juanita, gracias porque me salvaste la vida”, le dijo. La escena podría perderse entre las miles que pasaron durante casi medio siglo por la farmacia San Jorge, en Neuquén. Pero todavía la recuerda y se emociona.

Hubo vecinos que aparecieron con higos porque sabían que le gustaban, otros llevaron damascos, naranjas o pomelos de sus chacras. Llegaron facturas para compartir con las empleadas, chocolates, recuerdos de algún viaje y hasta medio chivito para las fiestas. Pequeñas formas de devolver una atención, un remedio fiado, una madrugada en la que respondió el timbre o tantos años de preguntar por el marido enfermo, el casamiento de una hija o aquel problema que alguien le había contado semanas antes.
“Esa es la mayor cosecha que hemos tenido de nuestra profesión: el cariño de la gente. Lo material va y viene. Eso que te queda en el corazón no se va”, dice. A los 73 años, Juana decidió que llegó el momento de dejar el mostrador. No porque haya perdido la vocación que sino porque quiere disponer de su tiempo. Dormir hasta la hora que quiera. Viajar. Estar con su hija. Disfrutar a su nieto.
La nena y sus frasquitos
Juana creció en un pequeño pueblo del sur de la provincia de Buenos Aires, cerca del límite con La Pampa. Nadie en su familia era farmacéutico. Ella no jugaba con muñecas. Esperaba los cajones de fruta que llegaban del Valle y con esas maderas estanterías en las que ponía los frasquitos que juntaba. “Esa fue mi primer farmacia”, recuerda.
Comenzó a estudiar en La Plata, pero durante el primer año tuvo problemas de salud. Un médico le recomendó abandonar los libros. “Doctor, o soy farmacéutica o no quiero vivir “, le respondió. Continuó la carrera en San Luis y allí hizo una promesa: si lograba recibirse y algún día tenía su propio negocio, llevaría el nombre de San Jorge. Años después cumplió.

Antes de instalarse en Neuquén recorrió Cutral Co y Centenario buscando oportunidades laborales. Pensaba trabajar uno o dos años como regente y después abrir algo propio, pero las propuestas no la convencieron. Huérfana desde muy chica, tenía un pequeño lote de tierra en Buenos Aires que había heredado de sus padres. Decidió venderlo. “Mis padres no me pudieron ver, pero esto va a ser mi farmacia”, pensó.

Tenía 25 años cuando llegó a Neuquén. Recorrió la ciudad hasta que encontró una esquina en Láinez y Carro. “Este es mi lugar, este es mi barrio”, recuerda. Allí abrió San Jorge en 1978. La elección del nombre planteó un pequeño desafío. En aquellos años las farmacias neuquinas llevaban habitualmente el apellido del farmacéutico o el nombre de una calle o un barrio. La inspectora que debía habilitarla no conocía antecedentes de una con nombre de santo. Juana preguntó si alguna norma lo impedía. No existía. San Jorge abrió sus puertas con el nombre que había prometido años antes.
Tiempo después trasladó el negocio junto a su casa. En ese sector había pocos servicios de salud y para muchos vecinos, especialmente los mayores, cruzar la ruta era complicado. Tener una farmacia cerca cambió esa rutina. Pero San Jorge pronto fue bastante más que un lugar donde comprar medicamentos.
Saber el nombre de cada uno
“En una farmacia conocés historias de familia, realidades, angustias”, dice Juana. A ella siempre le gustó atender. “Poner la oreja, el hombro”, define. Recordaba quién se había quebrado un tobillo y preguntaba cómo seguía cuando volvía. Sabía del casamiento de una hija, de una enfermedad o de un problema familiar.

Y, sobre todo, sabía los nombres. La casa estaba detrás del negocio y durante años casi no hubo frontera entre una y otro. El teléfono fijo era el mismo y el timbre podía sonar un sábado, un domingo o de madrugada. Alguien se había quedado sin medicación. Otro acababa de salir de una guardia. Algún vecino todavía no había cobrado y necesitaba llevarse el remedio.
“Ustedes tienen derecho a tocar el timbre los 365 días del año y las 24 horas para una urgencia”, les decía. Y Juanita atendía.
Con los años se incorporó a la farmacia su hija, también farmacéutica. Había crecido prácticamente allí, haciendo los deberes mientras su mamá trabajaba, y finalmente terminó compartiendo con ella el mostrador y las historias de los vecinos.
El tiempo que no vuelve
Ahora esa hija y su nieto están en el centro de la decisión de Juana. Durante 48 años hubo mañanas, tardes, noches y fines de semana dedicados al trabajo. Su hija creció a su lado, pero al mirar hacia atrás Juana encuentra una diferencia que hoy le resulta enorme. “Se crió conmigo, pero no la disfruté.”

Y no quiere que ocurra lo mismo con su nieto. “El tiempo que no diste hoy se fue.” Este año hubo otro llamado de atención. Un serio problema en la columna redujo su movilidad y la obligó a depender de los demás para actividades que siempre había hecho sola. Una cirugía le permitió recuperarse y volver a caminar con autonomía. También terminó de convencerla de que era momento de cambiar.
Quiere viajar mientras pueda hacerlo. Estar con su hija. Disfrutar de su nieto. Descansar. En los primeros días después del traspaso de la farmacia descubrió un pequeño lujo: dormir hasta la hora que quisiera. “Nunca en mi vida lo pude hacer.”

Su título de farmacéutica seguirá vigente. Ella dice que ahora quedará “colgadito ahí”. La vocación, en cambio, difícilmente pueda colgarse en una pared. Empezó cuando una nena acomodaba frascos sobre cajones de fruta y siguió durante 48 años entre recetas, timbres a deshora, conversaciones y vecinos.
Ahora Juanita quiere estar del otro lado de ese tiempo que durante tantos años entregó a los demás.
La hiperinflación y los malabares para que todos tuvieran su remedio
Desde el mostrador, Juana atravesó también las sucesivas crisis económicas del país. Recuerda especialmente la hiperinflación de 1989, cuando las listas de precios podían cambiar varias veces durante una misma jornada y había que volver a marcar los medicamentos.
También hubo épocas de faltantes. Si pedían diez cajas de un remedio para la presión y llegaban apenas tres o cuatro, en la farmacia las abrían y distribuían los blísteres para que varios pacientes pudieran sostener el tratamiento hasta que llegara la reposición.
“Hacíamos malabarismos”, recuerda. La premisa era que nadie acaparara medicamentos mientras otro vecino los necesitaba. “Había medicación para todos”, dice Juana sobre aquellos años en los que cada caja debía administrarse hasta que pasara el temporal.
De calles de tierra y sin cloacas al barrio que ayudó a transformar
Mientras levantaba su farmacia y criaba a su hija, también dedicó buena parte de sus días al barrio que había elegido para vivir. Era 1981. Estaba embarazada de cinco meses cuando comenzó a reunirse con un grupo de vecinos de Barrio Nuevo. Las calles eran de tierra, no había cordón cuneta ni cloacas, el agua llegaba con dificultades y el alumbrado era escaso. “Este barrio no tenía nada”, recuerda.
Empezaron a encontrarse en un jardín de infantes cercano para definir prioridades y reclamar mejoras.
Juana primero fue vicepresidenta de la comisión vecinal y luego la presidió durante unos 15 años.
Eran otros tiempos.

Los autos podían quedar abiertos en la calle, no había rejas y entre los vecinos existía una fuerte costumbre de organizarse para resolver necesidades comunes. El salón comunitario fue una muestra de eso: lo construyeron ellos mismos: “Nos juntábamos los fines de semana a trabajar.” Juana repartía las horas entre la maternidad, la farmacia y la actividad vecinal.
Por la mañana esperaba que el transporte pasara a buscar a su hija, se iba a hacer gestiones al municipio y regresaba a tiempo para abrir el negocio a las 8.30. Con los años llegaron las obras que reclamaban. Cuando consideró que las principales necesidades estaban resueltas, entendió que su etapa en la comisión también había terminado. “Listo, hasta acá llegué yo”, recuerda.
Pero siguió participando. Integró instituciones vinculadas con su profesión, formó parte del Colegio de Farmacéuticos y participó en la creación de la cámara del sector, que este año cumplió tres décadas.
Los cargos son casi un detalle para ella. “No me gusta ostentar títulos”, aclara. Prefiere hablar de involucrarse.

“El que hace es criticado”, sostiene. Cuando alguien cuestionaba el trabajo de la comisión vecinal, Juana lo invitaba a acercarse y participar. “¿Cómo te voy a criticar tu trabajo si no lo sé hacer? Mostrame. Entonces voy a tener derecho a opinar”, dice,
Había llegado a Neuquén con 25 años y al principio sintió el peso de aquella distinción entre los “nacidos y criados” y quienes venían de afuera. Con el tiempo, la ciudad elegida terminó convirtiéndose definitivamente en su lugar.
“Todos los días bendigo haber venido. No veo otro lugar en el mundo que Neuquén para mí.”, confiesa.
Y después de casi medio siglo lo resume en una frase: “Hacé las cosas bien y Neuquén te da. Y Neuquén me dio mucho”.