29 de agosto, 2026 - 07h00
Encuentro una contradicción enorme en el diálogo, intenso y amargo, que ha generado la fallida transferencia de un jugador de fútbol de élite, en la liga española y en el mundo, que ha manifestado su deseo de irse al equipo de sus sueños y no se le es permitido porque existe un contrato que debe cumplir a rajatabla. Y digo contradicción porque al tratarse del deporte que más pasión, desbordante a ratos, genera, no pueden quedar al margen de la discusión las emociones, las sensaciones y los deseos de un ser humano cuyo desempeño en la campaña va a depender en buena medida de su estado de ánimo.
Me refiero a la novela mediática que, como para no perderse un capítulo, ocurre ahora mismo en las redes sociales con Julián Álvarez, aquel que, aún mostrando acné, se convirtió en la dupla ideal de su ídolo de siempre, Messi, en el Mundial de 2022, que ganaron en Qatar; y que luego de un meteórico ascenso merecido por la versatilidad en el juego de la selección argentina, ahora se ha convertido en el objeto del deseo de muchos equipos, entre estos el que él idolatró igual que a Messi, desde pequeño, el Barcelona catalán. El jugador asegura que parte de su arreglo era que si había interés por el Barça, le darían facilidades, cosa que se contrapone con los 500 millones de euros (sí, ¡500!) que exige su club para la rescisión del contrato que está firmado hasta 2030. Hasta el momento de estas líneas, seguía la incertidumbre.
Y me dirán los abogados que él firmo voluntariamente, que los contratos se respetan. Es cierto. Que él pudo ser titular y seguirlo siendo en su equipo. También es cierto. Que tiene al menos una década más para brillar, dada su edad. Verdadero. Pero la experiencia periodística me ha enseñado que, por más que se parezcan y estén revestidas de lógica, las situaciones deportivas –y futbolísticas en particular– tienen una sobredosis de pasión, de amores y odios profundos y, lo más peligroso, son muy proclives a caer por el barranco de la depresión, que devaluaría en días esa altísima cotización que se exige por el jugador.
Al ser humano Julián Álvarez, que nació pateando una pelota, que ha logrado cumplir su sueño de ser dupla de Messi, que es pieza clave de su selección, con la que marcó un golazo en el reciente mundial, que ahora se quiere ir a cumplir otro sueño, a volver a llenar su espíritu de positivismo para seguir deleitándonos con su juego, se lo nota descompuesto. No lo cosifiquen al referirse a la negociación de su pase como si se tratara de una pieza de colección.
Auge y caída, en minutos, bien podría ser el título de un libro que analice la psicología deportiva, el comportamiento del hincha, del dirigente o del jugador, al que se endiosa hasta el olimpo o se desciende al albañal, si tiene una mala racha. Que salta a la cancha y tratar de rendir, aunque por dentro esté destruido, como debió estar Julián el fin de semana anterior, cuando todo el estadio de su equipo le silbó y le gritaba “¡Fuera!” al entrar al cambio. A veces nos olvidamos de que, por más que los creamos superhombres, ellos tienen los mismos nervios y neuronas que los demás y les aplicamos la del payaso, que ríe y sale a hacer reír, aunque en realidad quisiera llorar. (O)