La biblioteca, la última frontera del cortejo

2026/10/02

Si el gran semiótico francés Roland Barthes dedicó su célebre Fragmentos de un discurso amoroso a descifrar el lenguaje del enamorado, la reciente aplicación de citas Readme (Léeme) parece proponer la tarea inversa: descifrar nuestro lenguaje para anticipar de quién podríamos enamorarnos. 

La aplicación lanzada en septiembre que pretende poner en contacto a personas con parecidos gustos literarios, ha sido inspirada, entre otras cosas, por una historia que parece escrita para una comedia romántica: Callum Turner y Dua Lipa se conocieron en Los Ángeles, en la fiesta de cumpleaños de un amigo común, y pronto descubrieron que ambos acababan de terminar el mismo capítulo del mismo libro. “Así que estamos en la misma página”, comentó Turner. Oh, très romantique. Lo que une la ficción, que no lo separe la realidad.

Readme

La aplicación lanzada en septiembre que pretende poner en contacto a personas con parecidos gustos literarios

Lo explica de maravilla Gina Cherelus en un artículo en The New York Times, titulado “Una aplicación de citas para gente que ama a la gente que ama a los libro” donde cuenta cómo la supuesta creencia de que dos personas puedan compenetrarse por sus gustos literarios llevó a Banu Guler —fundadora de la aplicación de horóscopos Co-Star Astrology, muy popular en Estados Unidos— y a Emily Segal —escritora y consultora creativa, autora de la novela Mercurio en retroceso, donde aborda alegremente a través de la astrología la tecno cultura actual,— a crear una aplicación de citas dirigida a “personas que leen o que quieren salir con personas que leen”, según palabras de Segal, que también declaró a la revista  Dazed que los libros que regalas a tu pareja, los poemas que alguien te envía o la experiencia de echar un vistazo a la biblioteca de un o una amante después de pasar la noche, son momentos que representan “la oposición radical a esa cultura de las aplicaciones de citas tan transaccional y tan efímera que la gente odia”.

Al parecer, los libros son un nuevo lenguaje de seducción. Antes preguntábamos “¿A qué te dedicas?” y ahora “¿Qué libro tienes en la mesilla?”, como si todo lo tuvieran que solucionar las autoras y los autores. En la introducción de Fragmentos de un discurso amoroso, publicado en 1977, Barthes escribía: “El discurso amoroso es hoy de una extrema soledad”. Por entonces se llamaba desde una cabina telefónica y también se podía conseguir pareja poniendo un anuncio en la prensa. 

La lectura deja así de ser un pasatiempo para convertirse en un mecanismo de selección sentimental

La lectura deja así de ser un pasatiempo para convertirse en un mecanismo de selección sentimentalCASTLE ROCK/NELSON ENTERTAINMENT/COL / Album

Tenemos, de hecho, un precedente histórico bastante literario: The New York Review of Books (La revista de libros de Nueva York) empezó a publicar anuncios sentimentales en 1968, dirigidos a personas con intereses intelectuales y culturales compartidos, mucho antes de que los algoritmos convirtieran el deseo en una sucesión de perfiles. El primero, publicado el 11 de julio de aquel año, comenzaba con un escueto “Wife wanted” (Se busca esposa): “Se busca esposa. Inteligente, bella, de 18 a 25 años, de mentalidad abierta, sensible y afectuosa. Para artista consumado y vida apasionante”.

Aquellos anuncios fueron adquiriendo con el tiempo una libertad y un sentido del humor que hoy parecen casi imposibles de mejorar. Entre los favoritos de The New York Review of Books figura este: “Marido agotado, amigo de los nervios de su esposa y padre durante casi un cuarto de siglo de cinco hijas tontas (exceptuando a las dos mayores), busca viuda rica, titulada y sin hijos, propietaria de una finca para largos paseos por sus jardines”.

Las lecturas se han convertido en una señal de identidad en las aplicaciones de citas.

Después de leer esto, uno comprende que quizá nunca hayamos sido tan sofisticados como creemos a la hora de buscar pareja. Hemos cambiado los anuncios por los algoritmos, pero seguimos llevando al mercado matrimonial nuestras virtudes, nuestras rarezas y nuestras instrucciones de uso. Nuestra época es altamente paradójica: nunca habíamos tenido tantos medios para comunicarnos y, sin embargo, seguimos buscando a alguien que entienda lo que queremos decir.

En un brillante artículo de The Guardian, “His favourite book was by Jordan Peterson, which was a massive ick” (Su libro favorito era de Jordan Peterson, y eso fue un rechazo absoluto), Emma Loffhagen investiga cómo las lecturas se han convertido en una señal de identidad en las aplicaciones de citas. Una de sus entrevistadas explica que descarta a quienes mencionan determinados libros. La lectura deja así de ser un pasatiempo para convertirse en un mecanismo de selección sentimental. La pregunta ya no es solo qué libros leemos, sino qué creemos que dicen de nosotros y qué prejuicios activamos cuando descubrimos que alguien lee a un autor que detestamos. Cuidado con lo que lees.

La app busca conectar a bibliófilos basándose en sus preferencias de lectura, incluidos sus géneros favoritos y el tipo de lenguaje que les atrae

La app busca conectar a bibliófilos basándose en sus preferencias de lectura, incluidos sus géneros favoritos y el tipo de lenguaje que les atraeCOLUMBIA PICTURES / BRAMLEY, JOHN / Album

Readme busca conectar a bibliófilos basándose en sus preferencias de lectura, incluidos sus géneros favoritos y el tipo de lenguaje que les atrae. Al apuntarse hay que responder un exhaustivo cuestionario sobre literatura para poder ser encajado en uno de los doce arquetipos. Se recomienda escribir sin faltas de ortografía y sin abreviaturas. Es decir: antes de conocernos, la aplicación quiere saber cómo escribimos.

Entre las preguntas del cuestionario están “¿En qué eres sorprendentemente malo?” y “¿Cómo te sientes respecto a tu propia escritura?”. Hemos pasado de redactar un anuncio para encontrar a alguien que compartiera nuestras inquietudes a responder veinticinco preguntas para que una aplicación nos diga quiénes somos. Antes nos describíamos para encontrar pareja; ahora dejamos que una aplicación nos describa a nosotros.

No hay algoritmo que pueda anticipar lo que sucede cuando dos desconocidos empiezan a hablar de verdad

Readme no inventa la idea de ligar a través de la literatura: la digitaliza, la convierte en un test y le añade un algoritmo. Gina Cherelus recuerda que no es la primera aplicación de citas para amantes de los libros, pero su lanzamiento se produce en un momento en que la fascinación por la cultura literaria y todo lo relacionado con los libros ha alcanzado un punto álgido. 

Celebridades como Solange Knowles, Kaia Gerber y la propia Dua Lipa han creado clubes de lectura y bibliotecas virtuales. Las continuas adaptaciones cinematográficas de clásicos como Cumbres Borrascosas y La Odisea también han puesto de su parte. Y en Nueva York, la librería McNally Jackson organiza incluso encuentros para solteros. ¿Cuál será el resultado de esos encuentros? Incierto. Porque la lectura es algo mucho más complejo. Se lo escuchamos a Mary Beard, académica y divulgadora inglesa experta en el imperio romano y cultura clásica, en un video que circula por Instagram : “No puedo soportar la frase 'Me encanta leer'. No soporto cuando en radio 4 en esas mini entrevistas le preguntan por la mañana a alguien ¿cuál fue el primer libro que desencadenó en ti tu amor por la lectura? pienso que esto solo sirve para socavar y subestimar la lectura. Por eso no me gusta esa frase. Disfruto de muchas maneras al leer, tengo pasión por la lectura, pero hoy en día, la lectura es algo más esencial para la humanidad que el simple hecho de decir 'me encanta leer' como quien dice que le gusta el golf o algo por el estilo. Leer trata sobre quién eres y cómo concibes el mundo; si relegamos la lectura únicamente a la faceta del bienestar personal, la estamos subestimando enormemente. Reto a cualquiera a afirmar que se siente mejor después de haber leído a Kafka. No creo que sea así, ¿verdad? Pero eso no significa que no deban leer a Kafka, ¿no? creo que algunos de estos libros no te harán sentir mejor; sino que te hacen ver el mundo de otra manera, y eso no tiene nada que ver con el amor”.

El fenómeno de la literatura como objeto de deseo merece una pequeña reflexión. En Vogue India, Jenna Ryu titulaba un artículo “Book compatibility is the new love language” (La compatibilidad literaria es el nuevo lenguaje del amor) y analizaba la compatibilidad literaria como una nueva forma de intimidad: una actividad solitaria que se ha convertido también en una práctica social y romántica que se exhibe. El libro como accesorio, como capital cultural, como parte de nuestra imagen pública. No es lo mismo leer a Annie Ernaux que fotografiarse leyendo a Annie Ernaux. Y, sin embargo, en Instagram ambas cosas pueden parecer exactamente iguales.

Me ha pasado alguna vez que me gustaba más la biblioteca de alguien que su conversación, y otras veces ha sucedido lo contrario. “Estaban tan de acuerdo en todo que era una vergüenza”, decía el narrador de Rayuela. Pero Rayuela era una novela, claro. La pregunta es otra: ¿hasta qué punto nos enamoramos de una persona y hasta qué punto nos enamoramos de la imagen que proyecta su biblioteca?

Compartir los mismos gustos literarios no siempre implica que la relación vaya a durar

Compartir los mismos gustos literarios no siempre implica que la relación vaya a durarGetty Images

Alain de Botton lleva buena parte de El curso del amor a explorar precisamente esa tendencia a idealizar a la persona amada y a construir relatos sobre ella. No nos enamoramos solamente de alguien, sino también de las historias que contamos acerca de ese alguien y de nosotros mismos. Tal vez por eso la compatibilidad literaria resulte tan seductora: porque nos ofrece la ilusión de que podemos descubrir quién es una persona antes de que empiece el verdadero trabajo de conocerla.

Roland Barthes lo sabía bien. El amor está hecho de signos, interpretaciones, silencios, frases a las que concedemos una importancia desproporcionada. ¿Qué significa que alguien nos envíe un poema? ¿Qué interpretamos de una cita literaria? ¿Cuánto hay del otro en lo que creemos entender y cuánto hay de nosotros mismos? Si Barthes dedicó un libro entero a descifrar el lenguaje del enamorado, Readme parece querer hacer algo todavía más ambicioso: utilizar nuestro propio lenguaje para anticipar con quién deberíamos enamorarnos.

No sé hasta qué punto el amor compartido por los libros puede asegurar una convivencia armónica

No sé hasta qué punto el amor compartido por los libros puede asegurar una convivencia armónica ni si una aplicación podrá hacer mucho contra el hartazgo que producen las aplicaciones de citas. Jane Austen ya sabía que el problema no consistía únicamente en encontrar a la persona adecuada, sino en aprender a mirar de otra manera a la persona que teníamos delante. Y en Antes del amanecer, Jesse y Céline se enamoran hablando: preguntándose cosas, discrepando, cambiando de opinión, descubriendo el mundo del otro. No hay algoritmo que pueda anticipar lo que sucede cuando dos desconocidos empiezan a hablar de verdad.

Como me suelen gustar las películas que empiezan en una librería, recuerdo también la de Hugh Grant en Notting Hill, santuario del encuentro romántico literario. Es la fantasía del meet-cute (encuentro romántico casual): dos personas que se encuentran entre libros y descubren una afinidad que parece escrita de antemano. Pero quizá el amor no consista en encontrar a alguien que haya leído exactamente los mismos libros que nosotros, sino en encontrar a alguien con quien podamos hablar de los libros que no hemos leído, de los que odiamos y de los que quedan por descubrir.

Quizá los libros no sirvan para encontrar pareja, pero quizá sirvan para reconocer a alguien con quien merece la pena seguir hablando

Quizá los libros no sirvan para encontrar pareja, pero quizá sirvan para reconocer a alguien con quien merece la pena seguir hablandoCanon EOS R

Emily Segal, una de las creadoras de Readme, cuenta que poco después de conocer a su pareja le regaló un ejemplar dedicado de Las pequeñas virtudes, de Natalia Ginzburg. Es un gesto pequeño y, precisamente por eso, quizá diga más del amor que cualquier algoritmo: un libro que pasa de ser un objeto cultural a convertirse en parte de la memoria de dos personas.

Y quizá aquí, la imprescindible Natalia Ginzburg tenga otra vez algo que decirnos. En el ensayo que da título al libro escribe que las grandes virtudes “provienen de un instinto en el que la razón no habla, un instinto al que me resultaría difícil poner nombre”. Y añade: “Y lo mejor de nosotros está en ese mudo instinto”. Quizá eso sea precisamente lo que ningún cuestionario puede medir: aquello que nos atrae de alguien antes incluso de que sepamos explicar por qué. El mudo instinto.

Quizá los libros no sirvan para encontrar pareja, pero quizá sirvan para reconocer a alguien con quien merece la pena seguir hablando cuando ya hemos dejado de estar de acuerdo. Porque, al final, una biblioteca puede decirnos mucho de una persona. Puede decirnos qué ha leído, qué quiere parecer, qué le interesa, qué recuerda y hasta quién querría ser. Pero todavía no puede decirnos qué ocurrirá cuando cierre el libro y se siente frente a nosotros. Y ahí, por suerte, el algoritmo todavía no sabe nada.