Qué puede tener un actor como Alfonso Herrera para haberse convertido en apenas unos días en el rostro principal del nuevo éxito –en habla no inglesa—dentro de ese sonoro, aunque muchas veces secreto, mundillo de las cifras de views de Netflix. Veinticuatro años después de destacarse como una de las estrellas juveniles que convirtió en hit ese enlatado dramático titulado “Clase 406”, el ‘Foncho’ hoy le pone rostro a un policía símbolo el triunfo del bien sobre el mal o, más precisamente, a uno de los pocos, pero muy valorados hechos que reflejan cómo la ley sí es capaz de someter incluso a los más temidos delincuentes. Eso es “La captura”.
Dirigida por Chava Cartas, la película de apenas hora y media de duración cuenta el inesperado encuentro de dos humildes oficiales del orden frente al temible Joaquín Archivaldo Guzmán Loera. Fugado (por segunda vez) de prisión apenas un año atrás, uno de los narcotraficantes más sanguinarios en la historia de dicha ‘industria’ del delito se encontró con un final sorpresivo que, por motivos de seguridad, siempre guardará un halo de misterio.

Los números que cualquier súper producción soñaría con lograr en Netfix y cualquiera otra plataforma.
Y es que, más allá de las crónicas del periodista Héctor de Mauleón que sirvieron de inspiración y/o apoyo para Cartas, y del aporte posterior del escritor Bernardo Esquinca, lo que ocurrió aquel 8 de enero de 2016 en Los Mochis, Sinaloa, solo lo saben a profundidad sus protagonistas. Dos de ellos adquieren un rostro a través de Alfonso Herrera y Noé Hernández. El primero interpreta a Arturo Carmona, un agente de la Policía Federal de apariencia fatigado y, además, perturbado por un operativo del pasado en el que las cosas no le salieron según lo planeado.

Los policías Carmona y Rosales en una escena de "La captura".
El segundo actor mencionado da vida a Héctor Rosales, un oficial que apenas había sido cambiado a Los Mochis y en un par de patrullajes se encuentra cara a cara con el temible ‘Chapo’ Guzmán. A un año de jubilarse, el agente del orden parece obstinado en dejar que el tiempo simplemente transcurra. Dicho comportamiento podría resultar habitual o hasta comprensible, pero si analizamos el contexto y las circunstancias (zona altamente violenta, y la posibilidad, aunque remota, de encontrarte con alguien como Guzmán Loera o con algunos de sus lugartenientes) las cosas se pueden tornar sospechosas.
Aunque encaja en el género del thriller, Chava Cartas opta por dotar de cierto dramatismo a su película. El oficial Arturo Carmona tiene dos hijas y, apenas iniciada la cinta, recibe la noticia de que una tercera viene en camino. Consciente de que su sueldo no alcanza, decide hablar con el comisario y solicitarle un pase al turno nocturno, donde hay más operativos y ‘feria’. “Con tantos peligros”, advierte su esposa Isaura (Paola Fernández), absolutamente realista de la zona en la que residen. Dicho cambio, resistido inicialmente, termina concretándose y es en esta nueva etapa que se conforma la dupla Carmona - Rosales.

Paola Fernández es Isaura Carmona, esposa del protagonista.
Ni Herrera ni Cartas han ocultado que esta no es una historia más de la violencia del narcotráfico en México o Latinoamérica. “La captura” es un intento por retratar héroes de carne y hueso en un contexto de pérdida de la esperanza en varias latitudes. Tal vez Carmona representa eso desde el minuto uno de la cinta (porque hasta sueña con su trabajo), pero no es lo mismo ser oficial de policía en ciudades tranquilas que en la Sinaloa que hemos conocido por las noticias a través de los años. Y aunque no ha sido la intención de Cartas mostrarnos un punto geográfico manchado de sangre fresca, le resultó inevitable contar aspectos como los convoyes de lugartenientes del Chapo Guzmán regando miedo por cuanta carretera y puente carezca de policías (o militares), o inclusive la existencia de esos ‘mil ojos y mil oídos’ que --parcialmente-- pueden remitirnos a conflictos más locales, como cuando Sendero Luminoso decía saberlo todo y estar dispuesto a castigar a quien se les oponga.
Los Mochis de “La captura” parece un lugar dividido entre el bien y el mal. Con una farmacéutica honesta y humilde como la esposa de Carmona frente a una cajera de hotel capaz de llamar para delatar a los policías que han retenido al ‘Chapo’. Cada ‘soplo’, pues, podría poner en jaque el pequeño gran operativo que en cuestión de horas tacharía de la lista de los narcos más buscados a Joaquín Guzmán Loera. Esa disyuntiva se ve, por supuesto, también en otras esferas, con policías como Carmona, sometido a presiones altísimas en su día a día, frente a otros oficiales que simplemente dejan pasar el delito en sus narices, por interés económico o simple miedo.

Héctor Hotsifakis cumple en su rol del Chapo Guzmán/ Netflix ©2026
/ Maria Medina / NetflixComentadas las figuras de los oficiales que se encontraron al Chapo Guzmán en la carretera y no lo soltaron más, toca dedicarle unos minutos a los que están en la vereda del frente. Con una caracterización notable, Héctor Kotsifakis parece hecho para el personaje de Guzmán Loera. A su lado, Juan Cruz García cumple cabalmente con el cinismo y atrevimiento propio de un ‘pez gordo’ a punto de ser encerrado en una fría celda (El Cholo). En “La captura”, ambos personajes aparecen desde el operativo de la Marina de México que busca dar con su paradero, aunque falla. Hay, entonces, huida, pero, sobre todo, miedo. El rostro del Chapo y el Cholo va pasando --minuto a minuto-- de la confianza en que “si tú no nos sueltas, otro lo hará” a la aceptación del final de un camino.
En este retrato de héroes de carne y hueso y villanos enmarrocados, sin embargo, no todo es perfecto. Aunque su dosis de thriller neto te engancha, no ocurre lo mismo no cuando el filme salta al drama (para volver a la persecución). Los ida y vuelta entre Carmona y su esposa Isaura (con un teléfono que no pierde batería, y una señal que casi nunca se cae) durante los momentos de mayor tensión lucen a ratos redundantes, afectando la naturalidad de algo que inició muy real.
A media hora del final de la cinta, cansado, pero sobre todo con un miedo que parece obligado a ocultar, el oficial Carmona logra contactarse con su comisario y, luego de que este le ofrezca informar de la captura a la Marina y a toda la cúpula militar mexicana, este le pide, casi en un tono de ruego: “nada más no se demore, porque estar con este cabrón es como estar cuidando al mismísimo diablo”. Ante esto, el superior le responde, con un paternalismo innegablemente tierno: “Ya me imagino, mijo. Ustedes aguanten, por favor. Estense ahí. No hablen con nadie”. Es quizás este cruce de pedidos y ofrecimientos en un momento límite el que mejor refleja la esencia de una cinta como “La captura”.

La Captura. (L to R) Alfonso Herrera as Arturo Carmona, Noé Hernández as Rosales in La Captura. Cr. María Medina / Netflix ©2026
/ Maria Medina / NetflixAunque, claramente, Alfonso Herrera (hoy con 43 años de edad. En “Clase 406” apenas llegaba a los 20) despliega uno de sus mejores roles en la pantalla, construyendo a un oficial abrumado por su realidad, pero incapaz de perder la perspectiva (cuando están por secuestrar a su esposa no se rinde y libera al ‘Chapo’, sino que exige que ‘suelten a su mujer y a sus hijas’), este es solo uno de los elementos que explicarían el arrastre de un largometraje como “La captura”. Desde la humildad del Chava Cartas para contar algo sin apelar a fuegos artificiales, hasta la decisión de inclinarse por un aura ‘poco sangrienta’ en una región donde surgieron productos absolutamente opuestos como “El patrón del mal” y “Narcos 1,2 y 3 (y luego tres más solo en México)”, pasando por la elección del periodismo como base de todo (las crónicas de Héctor de Mauelón en El Universal podrían tomarse como un reconocimiento a un país donde ejercer el periodismo es una actividad en ocasiones mortal) y, claro, finalmente, combinar estas piezas con la habilidad de un escritor como Bernardo Esquinca para garantizar un producto que, desde la empatía, se atreve a cuestionar los relatos ya vistos sobre el poder de arrastre del narcotráfico en un territorio del mundo donde, lamentablemente, a veces la batalla parece perdida.
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